Sociedad

Acerca de las generalizaciones y su mala prensa

por Ana Virginia Lona

24/11/2016

El sólo hecho de hacer uso de ellas cuando tocamos determinados tópicos nos convierte en monstruos que odian a la humanidad o en personas increíblemente estúpidas, ciegas ante la complejidad de la realidad. Sin embargo, es necesaria una operación de abstracción para que la comunicación sea eficaz.

Acerca de las generalizaciones y su mala prensa
En una conversación, en la sala o en la cocina, mate de por medio, la generalización es necesaria para que la comunicación sea lo más eficaz posible. | Imagen: listocomics.com

La Real Academia Española define “generalizar” como una manera de hacer “algo público o común”, una forma de tratar algo de manera “general” o tomar lo “común y esencial” de varias cosas para construir un concepto que las contenga1. Etimológicamente, generalizar significa convertir en general algo2.

Las varias acepciones, que dan cuenta del uso de la palabra, en el diccionario de lógica plantean la operación de llegar a una idea que contemple uno o varios puntos en común de alguna otra idea u objeto3. De ninguna manera una generalización implica una creación de un estereotipo: aunque en muchos casos lo sustente, no tiene por qué ser el resultado sine qua non.

El temor a generalizar suele tornar cualquier conversación en un laberinto sin fin: “Los hombres son infieles”, “las mujeres son inútiles”, “los jóvenes están perdidos”, todas frases seguidas de un “ah, pero no todos”, por miedo a que nos digan “no hay que generalizar”.

Ahora, cabe preguntarse, ¿realmente nos creemos capaces de conocer todos y cada uno de los seres humanos que habitan, lo han hecho y lo harán, en cada rincón del mundo y en cada época? ¿Hace falta responder a esa pregunta? Bueno, parece que sí: no, no podemos conocer todo, por lo que debemos abstraer de lo que captamos de nuestros sentidos limitados y de nuestras capacidades cognitivas moldeadas por la cultura, aquello que es común (lo cual no quiere decir que se repita en cada uno de sus formas y en cada momento). Es decir, necesitamos generalizar.

De ninguna manera estamos frente a un estereotipo, en el sentido de la cristalización de una idea u objeto. Un estereotipo es una “imagen o idea aceptada comúnmente por un grupo o sociedad con carácter inmutable”, dice la RAE4. Una generalización no es necesariamente “inmutable”, a menos que convenga que así sea, y eso ya responde a una conveniencia de otra índole que no sea lingüística y cognitiva.

Las generalizaciones no tienen el mismo uso en todos los contextos, pero éste se presenta con matices, en especial si vamos a comparar estos usos en una exposición de los resultados de una investigación en Ciencias Sociales con una charla de café. En el primero de los casos, si se hace un uso bien formulado de lo que se generaliza, es aceptable y hasta necesario. Caso contrario, si asistiéramos a una conferencia donde no se recurra a una generalización, deberíamos contemplar el tiempo que llevaría explicar todos los aspectos que escapan de ella. No nos alcanzarían las horas para esta tarea. Mucho menos la vida, si vamos a explicar, a cada momento, que “no todos los hombres son malos”. Es necesaria una operación de abstracción para que la comunicación sea eficaz.

Por otro lado, en ciertas disciplinas, especialmente las pertenecientes a las Ciencias Sociales, las generalizaciones tienen una función específica y de ninguna manera deben ser tomadas, ni por los propios investigadores, ni por el público en general, como cristalizaciones totalizadoras de la realidad. El investigador que incurriere en ese error, evidentemente se chocará con la realidad y tendrá que repensar su lugar en el mundo. Ciertamente que las generalizaciones en las teorías sociales deben ser formuladas con responsabilidad. Aun así, el público, avezado o no, no puede tomar una expresión como “los franceses” como totalizador, en una clase o en una conferencia, y pretender interrumpir al orador con un “no generalice, señor”. Imagínense la situación en cada una de las circunstancias.

La generalización ha sufrido de muy mala prensa. El sólo hecho de hacer uso de ella cuando tocamos determinados tópicos, unos más que otros, nos convierte en monstruos que odian a la humanidad o en personas increíblemente estúpidas, ciegas ante la complejidad de la realidad. Es un sentimiento muy noble el querer respetar las diferencias y el no querer caer en las tan políticamente incorrectas totalizaciones, pero realmente deberíamos dejar de comunicarnos como lo venimos haciendo porque no hay nada más generalizador que el lenguaje.

Podríamos imaginar lo más cercano a la transmisión de ideas complejas como una transferencia de prácticamente todos nuestros pensamientos impregnados de los cinco sentidos hacia la mente del otro. Aun así, esto sería también una generalización. Si pensamos en un árbol, y hasta si hablamos del árbol que está en el patio de nuestra casa o en la vereda del frente, todo lo que digamos sobre él es una generalización.

En una conversación, en la sala o en la cocina, mate de por medio, la generalización es necesaria para que la comunicación sea lo más eficaz posible. Evitarla cuando hablamos con una amiga para que ésta no insista con el “todos los hombres son iguales” no tiene mucho sentido.

Ni siquiera si nos propusiéramos abarcar a todos los hombres en una frase como esa podríamos hacerlo. Sólo podemos captar determinados aspectos de la realidad y ésta percepción está siempre mediada por la cultura, incluso cuando hablamos de nosotros mismos. Lo que conocemos como “yo”, no es más que una abstracción de lo que un “yo” significa para nosotros y para el mundo.

Para hablar de un “yo”, necesitamos a un “otro”. Uno y otro son abstracciones. Si realmente nos abocáramos a la tarea de no generalizar absolutamente nada, entonces habría que evitar usar el pronombre personal “yo” porque éste es una generalización de toda la complejidad que somos, de todos nuestros cambios constantes a lo largo de nuestra vida frente a cada una de las diversas situaciones, aunque se repitieran diariamente. Evitemos decir “árbol”, “auto”, o cualquier otra palabra porque, al fin y al cabo, todas son generalizaciones.


1. Definición de “generalizar”. Real Academia Española, versión web.

2. Etimología de “generalizar”. Etimologías de Chile.

3. Diccionario de la lógica de Eli de Gortari.

4. Definición de “estereotipo”. Real Academia Española, versión web.