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Al otro lado del mundo: Nueva Zelanda

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22/10/2014

Al otro lado del mundo: Nueva Zelanda

Verdaderamente era un paisaje de otra era, como de la prehistoria. Una secuencia de imágenes que no habían sido vistas todavía por el hombre.

Por Jazmín Slat

La empresa en la que trabajamos no hace más vuelos a Oceanía y, hablar de este destino, es una estaca de nostalgia en el corazón de muchos de los que lo amábamos. La resultante era una gran dicotomía: entre la totalidad de los tripulantes, había gente que no quería ir bajo ningún concepto -la posta duraba nueve días contando los dos días de vuelo y a muchos les resultaba muy larga-, para quienes ya las siglas AKL en el plan de vuelo eran motivo de disgusto. En el resto, producía todo lo contrario. Pedíamos esta posta todos los meses y nos emocionábamos en cada aterrizaje.

Piha Beach es una playa de arena negra, de gran belleza y adecuada para practicar surf, que se ubica en la escarpada costa oeste de Auckland. | Imagen: Vane Pintos

Dejo de escribir unos minutos, cierro los ojos, y hasta creo que puedo sentir ese frescor en el aire, esa brisa húmeda que nos acariciaba la cara cuando salíamos del aeropuerto y empezábamos a caminar los 100 metros hasta el transfer que nos llevaba al hotel. Quizás un poco confundidos por no saber qué día ni qué hora era. No importaba. Siempre me duermo en el transfer, pero allí nunca se me cerraron los ojos. Imaginen esto: sacamos todos los edificios, corremos las casas, los autos, las autopistas, la gente y todo lo que no nos guste. Estiramos un manto gigante de pasto sobre un montón de ondulaciones. ¿Es gigante y bien verde? Bueno. El horizonte llega hasta un acantilado rocoso que se enfrenta con un mar bravo, lleno de espuma. En cada loma muchas, pero muchísimas ovejas que forman un salpicón de nubes. Cada tanto, alguna cancha de rugby y tantísimas de golf interrumpen el paso. Unas casitas estilo victoriano por aquí, otras por allá; un puñadito de edificios en aquella zona -solo un puñadito eh-, algunos autos, y muchos veleros. Poca gente, en estas latitudes no existen las aglomeraciones, ni siquiera un lunes a primera hora ni un viernes a las 5 de la tarde. En esta parte del mundo, hay más ovejas que seres humanos.

Entonces ahora sí: Bienvenidos a Nueva Zelanda, bienvenidos a la isla más grande de la Polinesia.

En uno de los viajes que hicimos con Inés -mi antigua compañera de vuelos- decidimos alquilar un auto e ir a pasar la noche a Piha Beach. Habíamos estado hacía unos meses y nos habíamos enamorado de ese lugar. Una localidad de surfers y granjeros. La playa surfera más importante de la isla norte, sobre las costas del Mar de Tasmania.

Cada vez que la visité, me sentí bendecida. Sus arenas volcánicas de color negro brillante, sus cuevas de roca altísima que esconden pedacitos de mar, sus morros voluptuosos, sus árboles de hojas grandes y carnosas, un horizonte brumoso que se esfuma poco a poco. Una hilera de casas con vista al mar, un sol que baja perfecto en el agua, cien mil gaviotas y, un poco más allá, una playa tan larga como la vista en perspectiva nos permite observar. Su pueblo pequeño, en el que, solamente, hay un club social como único punto de encuentro por las noches.

Estábamos acostadas cerca de las cuevas cuando Inés me dijo: “Jaz, ¿no te parece un paisaje de la prehistoria? Tranquilamente puedo imaginarme dinosaurios caminando por doquier”.

Inmediatamente empecé a ver a esos gigantes por todos lados, para nunca más dejar de verlos. Si de algo estábamos seguras era que, todo a nuestro alrededor, era una foto muy antigua.

Siempre me esfuerzo por imaginar los paisajes lejos del paso de la civilización. Esta era la primera vez que me animaba a viajar tanto en el tiempo. Decime, a vos ¿alguna vez te invadieron estas proyecciones?