Más allá del líquido horizonte

Arquímedes y yo

por

23/06/2014

Arquímedes y yo

El autor rememora los días en que comenzó su fascinación por el agua, los mismos que lo encontraron realizando mil experimentos para entender cómo y por qué las cosas flotan.

Por Carlos E. Blanco Fernández

Hace tanto tiempo ya. Aquellos días del tibio, acogedor sol de invierno, aun hoy los recuerdo. Casi como si me tocaran. El empedrado, el farolito de la esquina, testigos mudos del niño que fui, sentado en el umbral de mi casa paterna, mirando el cielo diáfano, cristalino y frío, mientras soñaba. Proyectos, miles de ideas, así como curiosidades y dudas, muchísimas. Como esa que tenía jugando con la escarcha en un balde arrugado, tratando de comprender por qué el hielo flotaba. Recuerdo las caras sorprendidas de aquellos a quienes acudía, en busca de respuesta.

"El agua se transformó en el centro de todo misterio". | Imagen: deepspacesparkle.com

Las horas revisando aquellos libros, aquel verde oscuro de sus tapas y las páginas transparentes que mostraban los nombres de estrellas y constelaciones sobre el contrastante azul brillante que las contenía. Allá estaba ese estante que me llamaba, en el que se erguía tras sus letras doradas “El tesoro de la juventud”. Ya habían recorrido sus páginas las manos de mis padres y abuelos para cuando llegó a las mías. Esopo, sus fábulas, las sabias enseñanzas que aún hoy acompañan mis días. “El libro de los porqués”, en el que trataba de encontrar la explicación de todo aquello que flotaba, en el agua y en mi imaginación.

Hasta que un día… ¡Qué alegría la mía! Conocí a Arquímedes, ¡EUREKA! ¡Qué paso importante había dado! La respuesta a mis dudas.

Así empezó, algunas cosas flotaban y otras no. Trataba de comprender lo que era la densidad y experimentaba agregándole sal al balde, mientras que el stock de sal de la cocina disminuía con la misma velocidad con la que aprendía. Así fue, jugando, cómo el agua se transformó en el centro de todo misterio.

El Club Estudiantes y nuestro arroyo, compañeros de mi niñez, fueron testigos de mi imaginación y experimentos con todo aquello que flotaba. Ya fuera invierno, verano o los días en que las cortaderas con sus bellos “plumones” rompían el reflejo del verde cristal de mi querido Tapalqué. Ese en el que pescaba bajo un árbol que hoy aún existe, apoyado en una piedra que también me acompaña.  Ese que mudó, robusto, grande y… no sé si decirlo así, añejo.

Remando, siempre observando esas barrancas con tantas historias de juegos y picardías. Los sauces, cortaderas y juncos. Los puentes y los fines de semana, las olimpiadas, los días de golf  y de aventuras. Los amores de la niñez, las ilusiones y las promesas de futuro. La vuelta  a casa y el reto o la advertencia, de acuerdo a los giros del reloj. Y los remos que se hundían una vez tras otra, hasta que finalmente avistaba “La isla”… ¡Qué conquista! Había llegado. Una vieja bomba de agua calmaba la sed provocada por la aventura. Y así, antes de que el sol se recortara tras la hermosa figura de plátanos, álamos y sauces, emprendía la vuelta a casa… splash… splash. Los círculos concéntricos se esparcían e iban a dar contra los frágiles juncos que se mecían, acompañándome. Mientras aquel cuerpo ágil y fuerte, con ritmo acompasado, me permitía volver a casa, imaginando el mar…

En los veranos partíamos los cinco, la “familia chica”, a Miramar. Así año tras año mis padres me regalaban la dicha: el mar. La admiración por el océano seguía creciendo.

Durante otro invierno, largo y frío, incentivado y alentado siempre por los mismos guías, comencé a construir un bote “para cruzar el arroyo”.  Hasta aún hoy, no sé porque era tan importante para mí cruzar el arroyo. Probablemente no era atravesar la cinta oscura sino generar un puente hacia mi propio futuro.

El tiempo fue transcurriendo, de la física salte a la química y a la biología, me atrapaba comprender los procesos del nacimiento y crecimiento de las plantas. También, simultáneamente, los nitratos y fosfatos se mezclaban con el aroma de la trementina, uniendo el mundo de las ciencias con  el de las artes. Una mancha tras otras se sucedían ante la atenta mirada de mi querido Maestro. Con mayor o menor brillo, más o menos olas rugientes y barcos escorados, trataba de transmitir en la tela eso que desde muy adentro asomaba tímidamente.

Casi 50 años más tarde, recién ahora he comprendido por qué fue como fue. Sí, tuve esa suerte.