Más allá del líquido horizonte

Azafatas: como de otra raza

por Jazmín Slat

17/03/2014

Ellen Church, enfermera de profesión, se convirtió en 1930 en la primera tripulante de la historia cuando convenció a los dueños de la antigua United que debía haber enfermeras a bordo para atender a los pasajeros que siempre se descomponían en los vuelos ya que, en esa época, los aviones no presurizaban bien. La propuesta resultó un éxito y comenzaron a contratarse "para este nuevo trabajo", únicamente enfermeras certificadas. En los años de posguerra, tras haber un faltante de enfermeras para los vuelos comerciales debido a la situación bélica, los dueños de las compañías decidieron contratar mujeres a las cuales instruyeron en primeros auxilios y medicina aeronáutica. Y como volar en aquellos años comenzó a ser algo distinguido y, además, los vuelos eran tan largos que la gente necesitaba de otros servicios, también las prepararon en costumbres de la buena mesa y atenciones protocolares. Una nueva profesión había surgido en el mundo: la de la Azafata. Stewardess, Air Hostess, Hôtesse de l´air...

Azafatas: como de otra raza

Terminando el curso de tripulantes nos aconsejan que, en la entrevista con las empresas, no digamos que queremos obtener este trabajo tan solo porque "nos gusta viajar". Pero qué decir entonces, si todos los que estamos ahí estamos porque queremos viajar. La instructora insiste: ir a Córdoba dos veces en el día para después volver a sus casas no es viajar. ¿¿¿¡¡Cómo que ir a Córdoba dos veces en el mismo día!!??? Sí. Como quien se toma el subte y va a trabajar a una oficina y después vuelve a su casa. Cegados por nuestras ganas de recorrer el mundo nos habíamos olvidado de algo que se llama "Vuelos de Cabotaje". Pero yo quería ir a Roma, a Nueva York, al Caribe... pero no. Hice vuelos nacionales durante siete años. Nunca me imaginé que podían llegar a ser tantos.

Hoy hace algo más de una década que hago este trabajo y en los últimos tres años pude hacer, finalmente, vuelos internacionales. Viajé mucho; incluso estando en cabotaje. Sí. Usé todos los días de vacaciones que tuve, hasta algunas veces, por adelantado. Usé todos los pasajes que pude obtener a través de la empresa, y más. Entre nosotros podemos decir que alguien que trabaja de tripulante tiene la posibilidad de viajar mucho y conocer muchos lugares y culturas diferentes. Tener la casa adornada con cosas raras de aquí y de allá, y la heladera con productos de todos los destinos a los que vamos. Pero no todo es color rosa: hay días en los que no tenemos ganas de viajar, ni de dormir en un hotel 5 estrellas, ni de conocer ninguna ciudad nueva. Hay días que nos queremos quedar en casa, cocinar unos fideitos y dormir en nuestra cama. Regar las plantas, barrer la cocina y mirar una película con nuestro novio. Hacer cosas comunes, como la gente común. "¡Ay nena, pero lo que daría yo por irme esta noche una semana a Barcelona!". Ya lo sé, pero hoy no quiero, no quiero, no quiero.

Hay algo que está claro: es el trabajo que felizmente elegí y nadie me obliga a hacerlo. Pero hay veces que quiero tener la libertad de decir lo que siento, y sentir lo que tengo ganas de sentir, y sin sentirme culpable. No por nada existe una frase trillada entre nosotros: "Volar cabotaje es un trabajo; internacional, un estilo de vida". Un estilo de vida en el que siempre te estás yendo, volviendo, o por volver a irte otra vez. No importa a donde, cuando ni a qué hora, o si es al día siguiente de haber vuelto a casa. Tanto, que las valijas siempre quedan a medio desarmar, y la ropa de verano y de invierno siempre tienen que estar a mano, mezcladas en el placard, ya que quizás en la misma semana podemos ir del verano al invierno y otra vez al verano, y después otra vez al invierno. O salgamos un lunes de Argentina para llegar a Nueva Zelanda un miércoles. Una vez un copiloto cumplía años un martes, y ninguno sabía cuando saludarlo. En el regreso somos compensados por el universo que nos regala un día ya que, si salimos un jueves a la tarde, aterrizamos el mismo jueves, incluso, unas horas antes. Pero, con estos vuelos es cuando más sufrimos a nuestro peor enemigo: el famoso Jet Lag. Volviendo de Auckland, con 16 horas de diferencia horaria, puede llegar a costarnos una semana de completo insomnio. Y, algunas veces, no dormir bien... te vuelve un poco loca.

Es domingo por la noche y me tengo que ir a Cancún una semana. Otra vez: no quiero. La angustia dominguera haciéndose amiga de mis pocas ganas de tener que armar la valija hace que se me caigan algunas lágrimas. Mi novio trata de consolarme diciendo que piense que mientras él esté en la oficina, yo voy a estar en la playa leyendo un libro. Tiene razón. Pero es que, lo verdaderamente lindo de viajar es cuando uno lo planea, lo elije y lo comparte con alguien querido. Y esto otro, muchas veces, nos hace sufrir esa especie de desarraigo. Una raza especial somos, no lo puedo negar; pero también tenemos los sentimientos y deseos de todo ser humano: extrañar a nuestros seres queridos cuando estamos lejos, querer darle un beso a esa persona especial en el día de su cumpleaños, que nos den un beso en día de nuestro cumpleaños, almorzar con la familia un domingo cualquiera, ir al cine un sábado a la noche con nuestra pareja, estar ahí cuando se arma una juntada de la nada con amigos, y etc, etc, etc. Ni hablar de disfrutar de estar en casita cuando explotan esas tormentas eléctricas en Buenos Aires. Alguien realmente loco quisiera ir a surcar esas nubes...

Una vez estaba cenando en el avión y un pasajero que me vio me preguntó: "Ah, ¿ustedes también comen?". Y sí, comemos, hacemos pis y nos agarra sueño. Como a todo el mundo. En ese momento me di cuenta de que para la mayoría de la gente, nosotros, los tripulantes, pertenecemos a otra estirpe. La que no sufre de necesidades básicas, ni está sensible por algo y está ahí, despierta y sin pestañear, perfumada e impecablemente maquillada a las tres de la mañana, mientras volamos por la mitad del océano. Tantas veces me pregunté pero qué estoy haciendo acá cada vez que algún pasajero molesto se acerca en la mitad de la noche con algún tema. Pregunta que inmediatamente me olvido cuando luego de descansar lo necesario, salgo a caminar por esa ciudad maravillosa, recorrer sus museos, chusmear sus tiendas, y probar sus cosas ricas. Terminando un sabroso café, suspiro y digo para mis adentros... qué bueno poder estar acá, me siento afortunada.

Como todo lo malo, también tiene su parte buena. A veces cuesta irnos, dormir mal o, directamente, no dormir con tal de acomodar nuestra vida a la del resto de los mortales. Sufrir los cambios de clima, o la angustia de despertarnos en la mitad de la noche sin poder acordarnos dónde era que estábamos durmiendo. Pero, hay que ser sinceras, lo bueno tiene mucho de bueno y es lo que hace que sigamos poniéndonos el uniforme cada semana para ir a volar a algún rincón del planeta. Quien puede ver que nunca estamos en ninguna parte, ni aquí ni allá, que vivimos sin ancla, que no tenemos constancia, ni todas esas cosas de las que suelen acusarnos, se olvidan de algo: no tenemos ancla porque somos ciudadanas del mundo, vamos y venimos por todas las latitudes como si fuera nuestra propia casa, y hasta logramos armar mini rutinas en cada lugar que estamos. Muchos tripulantes a la hora de quejarnos también nos olvidamos de esto. Como de la fortuna de haber visto tantos cielos, tantos horizontes y tantas estrellas tan de cerca. De haber presenciado un hermoso atardecer luego de una fuerte tormenta, arco iris y nubes desde adentro. Una noche de eclipse me tocó volar y pude ver la luna más linda del mundo.

El fenómeno de volar es algo mágico y el hecho de poder estar ahí no puede ser algo menor. Y, después de todo, los pasajeros no son siempre molestos, y siempre es gratificante ayudar a alguien que tiene miedo, o está triste por alguna razón, y ver que se siente mejor gracias a nosotros. Preparar una mamadera para un bebé hermoso, o acompañar a algún abuelito. ¿Qué más se le puede pedir a la naturaleza cuando nos da la posibilidad de volar a diez mil metros de altura y a novecientos kilómetros por hora? Tanta magia. Así que, ¡Bienvenidos a bordo y disfruten del vuelo!