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¡Basta de encargos, chaval!

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18/12/2014

¡Basta de encargos, chaval!

Tenía un vacío tan grande que sólo la arena de todo el desierto era capaz de llenar. Y encima tenía que recuperar la valija de mi prima.

Por Jazmín Slat

Hacía frío en Madrid y además estaba muy triste porque había peleado con mi novio antes de irme de Buenos Aires (algo que realmente detesto porque me hace dejar la ciudad muy angustiada y, en cuanto empieza a moverse el avión, fantaseo con la idea de que si llegara a caerse, el último momento de mi pareja sería una discusión). Pero, aquel día, tenía un plan y estaba dispuesta a poner en pausa los problemas y poder cumplirlo a rajatabla: iba a ir al Thyssen-Bornemisza, un museo que aún no conocía. Después, hacer otras cosas que me fastidiaban un poco como por ejemplo contactarme con el amigo del primo del novio de mi prima (lo ven, hasta ya es fastidioso el parentesco) para buscar una valija de ropa de invierno que habían dejado en España mientras se iban de viaje a Tailandia, y me pedían traerla de regreso a Buenos Aires.

 He hecho mudanzas, enviado regalos, libros, discos, ropa de la liquidación de Zara para amigas de la familia... | Imagen: Paper Fashion

Digamos que nada lejos de los típicos encargos que te hacen tus más íntimos pero, también, los no tanto. He llevado y traído de todo: he hecho mudanzas, enviado regalos, libros, discos, cápsulas de Nespresso, remedios que afuera son más baratos, ropa de la liquidación de Zara para amigas de la familia, y etc. Algo de efectivo para algún mochilero al cual sus padres cuidaban a la distancia, equipos médicos que sólo se arreglaban en el exterior; cajas y cajas de ropita de bebe que mis amigas parturientas compraron por Internet y mandaron al hotel de Miami. Todo por puro favor y compasión.

Podría estar el día entero contándoles los encargos de la gente querida. Las personas del rubro, y todos los que tengan un amigo tripulante o piloto, saben de lo que estoy hablando. Una vez, un amigo me pidió cinco camisas: dos a rayitas, dos lisas de tal y tal color y otra de manga corta así y asá; yo las compraba con mi tarjeta, después le decía cuánto me habían costado y, cuando volvía a Buenos Aires, me lo reintegraba. Yo, que en esas semanas estaba volando mucho y no tenía tiempo de hacer mis cosas, le pedí si él a cambio podía ir a pagarme los impuestos, total después le daba la plata, o hasta podíamos hacer un trueque monetario. Sorprendido e indignado, me dijo que no, que cómo iba a perder su tiempo en esas cosas; como si el mío no valiera nada, ¿no? Entonces no hubo camisas aquella vez, ni nada por mucho tiempo.

Otra vez he tratado de dar mi lista del súper a alguien que me estaba pidiendo que le hiciera un favor, y también se negó. Mi intención era buena, sólo trataba de ayudarnos mutuamente. Cada tanto me rebelo, aunque no pasa seguido. Después de todo, cuando sé que estoy ayudando a alguien, me siento gratificada. Si el otro no quiere ayudar, problema del otro; yo no voy a dejar de hacerlo.

¿En qué estaba? Ah sí, la valija de mi prima -que estaba de vacaciones en Tailandia- que tenía que traer de Madrid y cuya movida había vuelto loca a la familia entera.

Aunque, en esta oportunidad, el garrón se transformó en lo mejor que me podría haber pasado en esos días grises. Finalmente y para mi sorpresa, la simpatiquísima novia de otro primo mío estaba en Madrid parando en la casa de una amiga española. Galia, que compartía piso con una italiana quien, además, tenía de visita a su hermana, estaba alojando a una amiga mexicana que estaba de pasada mientras realizaba unos trámites. Cuando nos comunicamos, me invito a pasar la tarde con ellas.

Caminé por Gran Vía las pocas cuadras que había desde el museo hasta la calle Fuencarral, donde estaba parando Cynthia. Toqué el timbre del sexto piso de la puerta número nueve, tal como me habían indicado. La puerta a medio abrir del antiguo edificio dejaba entrever un Madrid hasta ahora desconocido. No era el de un hostel para mochileros como en el que tantas veces me alojé estando de vacaciones, ni era el de un gran hotel como en el que me alojaba la aerolínea: era el de un auténtico piso, como allí le llaman. Pero no un simple piso. Madre e hija -a quienes pertenecía ese hogar- eran Ambientadora de Cine y Decoradora de Interiores, respectivamente. Lo cual da a imaginar el valor artístico de cada rincón de la casa. Un poco más allá, una enorme terraza nos dejaba ser testigos del atardecer que teñía la ciudad, sus pasajes, y sus hermosos edificios de rosa viejo. Eso sí que no lo había visto tampoco.

Una caña (como le llaman a un vasito de cerveza) y otra y otra… tabaco para armar, algunos snacks y, más tarde, un plato de pastas. Ya no estaba triste, o a lo mejor sí, pero la fuerza interior que sentía en ese momento era inmensa. Era la energía femenina de esas mujeres de culturas todas tan diferentes, sus anécdotas, sus sueños y las conversaciones que no tenían un centímetro de desperdicio. Me regocijaba en esas historias que me abrazaban y nos abrazamos, nos dábamos apoyo. También nos divertíamos y nos inspirábamos, como dignas protagonistas de un aquelarre.

Me dio pena levantar campamento a las dos de la madrugada, hora en la que tuve que irme para no perder el último metro. Me dio pena, también, ver cómo cambiaba la escenografía de ese Madrid mientras yo volvía al de siempre, al de las cercanías de mi hotel. El único aliciente era que habíamos quedado en hacer planes para el día siguiente, ya desde la hora del almuerzo.

Encendí las luces de mi cuarto en el séptimo piso, me saqué la ropa y me metí en las sábanas de esa cama gigante, toda para mí. Siempre blanca, siempre perfecta, siempre tan igual a esas otras donde duermo en tantos hoteles del mundo y que, sin embargo, en nada cambian. Extrañaba el aquelarre y a ese puente humano que había tejido sin darme cuenta. Un puente largo y con miles de ramificaciones que llegaba hasta Argelia. Luna, proveniente de México, estaba en Madrid a la espera de la renovación de la visa argelina. Había estado un mes en el desierto de la República Árabe Democrática de Saharaui, filmando un documental en el campamento de los exiliados, sobre las danzas de sus mujeres. Lo que nos contaba eran cosas que no se escuchan todos los días y que valen tanto la pena para abrir la cabeza y absorber otras realidades. Cynthia, la novia de mi primo, estaba haciendo un curso intensivo de español para poder dar clases en otros pueblos del mundo. Estaba planeando realizar sus prácticas quizás en Honduras, quizás en México, quizás en Alemania, quizás… vaya a saber uno dónde. Una nómade de pura cepa que no se cansa de darle vueltas al globo. Galia, pues que si hay una madrileña, es ella. De su mano, y entre cortas paradas con sabor a cañas, pinchos y tapas, recorrimos todos los rincones de arte contemporáneo de Madrid, esos donde nunca llegan los turistas porque son exclusivos del circuito under. Su terraza, su piso y sus paseos abrieron una ventana que tenía cerrada y que me encantó abrir.

Las palabras de Luna me dejaron pensando, preguntando, mirando todo lo que tenía en mi interior. Cuando le pregunté por qué se había ido a Saharaui, me dijo que luego de una profunda tristeza que tuvo en el pasado, llegó a la conclusión de que sólo toda la arena del desierto iba a llenar el vacío que tenía por dentro. En este caso, utilizaba su vacío no sólo para llenarlo con la energía de esos paisajes sino, también, para involucrarse en esa causa, conocer a su gente y producir un documental, algo que le dejaría a la humanidad.

Momentos antes de partir, en el transfer que nos lleva al aeropuerto, me quedé repasando ese día, y el anterior, y el anterior. Y me surgió esta pregunta: ¿Qué hacemos con los vacíos, las angustias, y las desilusiones? ¿A dónde va toda la pena, qué riegan las lágrimas? La energía transformadora de la creación de esas mujeres me había hecho reaccionar. Pero, sobre todo, su valentía y determinación. ¿Y si todos usáramos nuestras tristezas para hacer algo productivo? Estoy segura de que viviríamos en un mundo mucho más pacífico, elástico, divertido y creativo.

Algo quise empezar hacer con mi angustia y, en un ratito que tuve libre en el avión, empecé a escribir estas letras. Un poco para aliviar las penas y, otro poco, deseando que estas historias puedan inspirar a que alguien, algún día, pueda transformar los pesares en grandes ideas.

A esta altura se estarán preguntando qué paso con la valja. La cuestión es que no la pude traer: el amigo del primo del novio de mi prima no estaba en Madrid justo esos días. Es así gente… la locura familiar continúa.


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