Bienvenidos a bordo

Cambiando la piel

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04/11/2015

Cambiando la piel

Volar incontables veces a Miami por trabajo es inevitable. Aprovechar para hacer compras para uno y para los demás no está mal. Pero sacarle el jugo a esas efímeras estadías pensando en lo que deseamos para nuestras vidas y compartiendo con los amigos es mucho mejor.

Por Jazmín Slat

Tengo muchísimo sueño, sí. Un sueño que no se va ni durmiendo 12 horas seguidas, el agotamiento es extremo.

El vuelo de Miami nos resulta muy cansador porque la proporción entre horas de vuelo y el tiempo que nos queda para descansar a bordo es muy poco, además de que uno de los tramos es nocturno y el tiempo en el destino es de solo 20 horas.

A veces, hay que pedirle a la familia, a los amigos, al trabajo... una tregua. | Imagen: pinterest.com/kimbero911

20 horas para llegar al hotel, instalarnos en el cuarto (eso es: quedarnos un rato con la piernas levantadas para reactivar la circulación, sacarnos con un baño reparador el olor a avión, contactar a nuestros seres queridos y organizar los productos de tocador y el poco de ropa que llevamos), ir a cenar, dormir -sí, con un poco de suerte y viento a favor- en lo posible ocho horas, desayunar, ocuparnos de las compras y encargos de toda la parentela, gente querida y las nuestras, y a lo mejor descansar un poquito antes de tener que ponernos nuevamente el uniforme para ir a volar toda la noche. Así, en un chic chac, se esfumó la estadía.

Hoy estoy de paro. No voy a ir al depósito del hotel a retirar las cosas que algún amigo o familiar compró por internet y me pide hace semanas que por favor le traiga. No. Tampoco compraré nada para mi, porque en realidad no necesito nada, en todo caso algunos productos orgánicos del supermercado pero que también pueden esperar. Tengo sueño, me duelen las piernas, me duele todo el cuerpo en realidad. Y el aire gélido del hotel no me invita a seguir dando vueltas por acá, ¡en cualquier momento me va a empezar a doler la garganta y ya también estoy cansada de estar siempre enferma! No sé por qué en este país usan tanto aire acondicionado. Necesito escapar de la rutina impuesta sin querer. Me da un poco de culpa, pero las ojeras que salieron a relucir cuando me quité el maquillaje fueron la musa inspiradora que dieron paso a la feliz decisión: esta vez voy a hacer lo que se me de la mismísima gana. Perdón familia, perdón amigos, este alma pide tregua. Oh sí, voy a ir a visitar a mi amiga que vive en Miami Beach, a la cual nunca visito por las actividades antes mencionadas.

Mi amiga también volaba, y volaba alocadamente porque su pareja es de Miami, entonces siempre andaba yendo y viniendo. Sin un lugar fijo, siempre en casa de amigos, nómade aquí, nómade allá. Un poco sirena, un poco azafata, un poco nada. Después de ocho años viviendo de esa manera, un día prendió fuego el uniforme, la valija, la cartera, toda la documentación de vuelo, y volvió a la cama. Al otro día mandó un telegrama de renuncia a la compañía. Así, sin más, casi sin pensarlo, en uno de esos impulsos que salen desde lo más profundo de nuestro ser y son como aullidos del alma. Hoy vive feliz con su pareja a tres cuadras del mar y no está para nada arrepentida de la fogata que hizo ese día con las cosas de volar.

Recordar esta historia me saca una sonrisa mientras espero sin fuerzas el colectivo S que siempre tarda en venir. Llegando a su casa me doy cuenta de que estoy en un Miami que no conocía, allá por la 80 y Collins, donde los hoteles parecen escasos. Se empiezan a despejar las grandes torres, los complejos de lujo, las luces de neón, los negocios, los descapotables y las mujeres en mini vestidos y stilettos. Todo ese gran show miamesco, banal y sediento de capitalismo. El colectivo comienza a vaciarse y por primera vez empiezo a sentir que estoy en un barrio de gente común. El barullo de la ciudad ya no me aturde. Finalmente llega mi parada y, mientras camino esas pocas cuadras, puedo sentir hasta el aire un poco más liviano. O seré yo la que se siente más liviana: estoy siendo dueña de mi vida por un par de horas, y esa sí que es una sensación agradable.

Que lindo volver a ver a esa persona a la que uno ha extrañado tanto, reconforta el corazón. Mi amiga me recibe afectuosamente en su hermosa casa -por cierto, una decoración que solo uno puede darse el lujo de tener si vive en Miami Beach-, una ambientación con muebles pintados de colores llamativos, plantas por doquier, libros, instrumentos, más libros, más plantas, fotos, muchas fotos. Una me llama mucho la atención: vestidos medio a lo loco, me cuenta que estaban en el festival Burning Man. Creo que también recuerdo un tigre tallado en madera por ahí al lado de un Buda que sostiene una vela, y una sirena colgando del techo, clara evidencia de su obsesión por esos seres. Cortinas azules con agujeritos que reflejan bolitas de luz por todo el living y sacan todo a flote. Realmente no se sí estoy en una selva tropical o en el fondo del mar. No importa, no esperaba menos de ella.

Todo el ambiente en su conjunto me reconforta y me siento feliz de estar ahí: en un hogar y no en un hotel, tomando un té de bienvenida y no haciendo compras por ahí, cansada, ya sin saber que comprar. Me invita a dormir y no lo dudo ni un minuto. La promesa es ir a tomar mate a la playa por la mañana, antes de volver al hotel, a la realidad, al avión, al traqueteo.

Tal cual lo prometido, al otro día vamos a la playa y me encuentro con un paisaje inesperado: una playa casi desértica, donde uno puede permitirse hacer un poco de yoga y olvidarse de todo tipo de consumismo. Una playa para relajarse y hablar sin apuros. Tocar temas del corazón, y de todas esas cosas que nos amargan un poquito. No importa la densidad de la charla, los amigos siempre suavizan la existencia y yo me quedo contenta porque, a ella que hacia mucho no veía, hoy la siento contenta y en paz. Doy un gran suspiro y decido meterme al mar por última vez. Dejo que las olas rompan justo en medio de mi cara y me llenen de espuma, limpien todas las malas vibras, la mufa y el malestar de la cotidianidad. Me quedo tendida boca arriba, con las manos y las piernas estiradas y trato de jugar a ser parte del mar, flotar, dejar que mi cuerpo se funda con el vaivén de las olas. El ejercicio enseguida produce su efecto y ya puedo sentir una nueva energía correr por mi cuerpo, y me felicito para mis adentros por haber ido hasta ahí en lugar de quedarme donde siempre.

En Av. Collins y la 78, Jazmín encontró una playa "para relajarse y hablar sin apuros".

Pero mientras vuelvo al hotel, me empieza a invadir una especie de tristeza. Una tristeza rara: una mezcla de felicidad por estar volviendo a casa y una gran dosis de pena por saber que al poquísimo tiempo, de modos inevitables, voy a tener que partir de nuevo.

Es algo que vengo sintiendo hace un tiempo y hoy recién estoy pudiendo despejar y ver con claridad, y no es casual que me pase después de haberla visitado. Estoy sufriendo mi estilo de vida, mi trabajo, el aire presurizado del avión, las noches en vela que no puedo recuperar ya ni con curas de sueño. Extraño mucho mi casa, a mi novio, a mi familia, a mis plantas que ya están casi secas. A esas cenas con amigos que se arman espontáneamente y a las que nunca puedo ir. Extraño lavarme la cara en mi baño por la mañana y usar mis toallas aunque estén un poco gastaditas. No me importa si la cama de este hotel está cubierta con sábanas de mil hilos egipcios, ni si la almohada es de plumas. Ninguna cama es más cómoda que la mía, porque ahí puedo entrecruzar los dedos de los pies con Augusto.

Estoy entrando al hotel y juro que pagaría por abrir la puerta del cuarto, y al entrar que sea mi hogar. Este es otro sentimiento que vengo teniendo desde hace tiempo. Viene y se va esporádicamente, pero últimamente es casi constante. La semana pasada cuando estaba por abrir la puerta del cuarto en Nueva York, sentí lo mismo. No me importaba estar en la Gran Manzana, yo solo quería estar en mi departamento de Villa Crespo.

No sé si esto que siento se irá algún día, o si voy a olvidar este malestar y seguir mi vida de siempre, quizás sea producto de que estamos volando muchísimo y me siento totalmente explotada. Por otro lado, tampoco sé si algún día voy a poder cambiarme esta piel de azafata. Pero hoy, más que nunca hoy, me voló este sentimiento y yo eché a volar la imaginación.

Un poco cansada me doy un baño, me pongo el uniforme nuevamente, me peino, me maquillo, junto las cosas de tocador y las meto otra vez en la valija. Un poco a las apuradas trato de hacerme un café en la cafetera que hay en la habitación para tomar con los últimos preparativos. Teniendo en cuenta que voy a estar 24 horas en Buenos Aires y después voy a volver a venir a Miami -sí, claro, trabajando-, pienso irónicamente que sería muy útil no guardar mis cosas y dejarlas en el hotel, ¿no? Pero como no quiero llenarme de bronca y malas vibras, decido tomar el café, pintarme los labios de colorado y volver a jugar a la azafata unas horas más. La noche va a ser larga y es mejor arrancar con buen humor.

Mientras camino por el aeropuerto, puedo notar la mirada de la gente, siempre curiosa, siempre expectante, siempre entrometida. Quizás se pregunten lo que estoy pensando…y es ESTO. Pienso en esto y me miro la piel, algo me dice que está empezando a cambiar.