Cultura

Cambios en el Diccionario, ¿adaptación o involución?

por Marisol González Nazábal

28/02/2013

En la publicación de la Real Academia Española aparecen cada vez más modificaciones, algunas razonables pero la mayoría de ellas casi “inadmisibles” para los amantes del idioma.

Cambios en el Diccionario, ¿adaptación o involución?

“Las lenguas cambian de continuo, y lo hacen de modo especial en su componente léxico. Por ello los diccionarios nunca están terminados: son una obra viva que se esfuerza en reflejar la evolución registrando nuevas formas y atendiendo a las mutaciones de significado”. Estas son las palabras que pueden leerse en la versión digital del Diccionario de la Real Academia Española a modo de presentación. Y vaya si la institución cultural está atenta a esas “mutaciones” que a veces nos parecen “aberraciones”.

De esta manera, por el Diccionario de la RAE desfilan cada vez más anglicismos, neologismos y cambios en las reglas ortográficas que harían sonrojar a los más conservadores de nuestra lengua, tantas veces abofeteada por las nuevas tecnologías y las expresiones de las últimas generaciones.

Para empezar a hablar, podríamos traer a colación una incorporación cuasi escandalosa. Nos estamos refiriendo a la de la palabra “alverja” como sinónimo de arveja y a la de “güisqui” como adaptación gráfica de la voz inglesa whisky (o whiskey, en su denominación irlandesa y americana). Y cuando pensábamos que las cosas no podían ponerse peor nos topamos con el término “toballa” como una manera alternativa de llamar a la toalla. Es como si los académicos se esforzaran por agregar a su obra todo aquello que es considerado erróneo en vez de insistir en que las personas se amolden a lo que es “correcto” para la institución. Como si no quisieran quedar anticuados.

Tiempo atrás, el diario madrileño El País publicó una entrevista realizada a Salvador Gutiérrez Ordóñez, lingüista español y miembro de la Real Academia Española (RAE). La particularidad de la misma residía en que los internautas tenían la posibilidad de realizarle las preguntas y quienes participaron no dudaron en hacerle toda clase de planteos relacionados a las modificaciones a las que venimos haciendo referencia.

Una pregunta muy interesante hizo la usuaria Ana: “¿Por qué la Academia es, en ocasiones, tibia? Cuando desaconseja escribir ‘exágono’, es decir, hexágono sin h, pero no lo señala como incorrecto, por ejemplo. ¿No cree que admitir ambas opciones, aun prefiriendo una, ayuda a perpetuar la incorrección?”. A esto, Gutiérrez Ordóñez le respondió que en la incorporación de determinadas palabras al Diccionario manda el uso y que si en el uso de los escritores cultos se registra una doble grafía, este incorpora las dos formas. Para finalizar, agregó que “en muchos aspectos la labor de la Academia no es la de condenar, sino la de orientar y encaminar los usos en determinada dirección”. Esto último respondería de alguna manera a aquello que nos preguntábamos más arriba pero siempre queda la duda de si ponerse firme y mantener ciertas convicciones no sería mejor.

Por su parte, la usuaria Noelia le expresó al lingüista su opinión de que es “injusto” que procedan a cambiar las reglas ortográficas “puesto que durante años hemos tenido que aprender todas las normas y reglas aplicadas, y ahora ya no sirven de mucho”, cuestionamiento que a Gutiérrez Ordóñez le pareció “común y razonable”.”

La última pregunta de la entrevista la realizó el usuario Adharira, quien puso entre signos de pregunta el hecho de que la lengua se someta al yugo de una sociedad que a veces involuciona. Ante esto, el catedrático expresó que “la lengua pertenece a los hablantes y son los hablantes quienes en un plebiscito diario y continuo van aprobando los cambios sufridos por su lengua. Las lenguas son los organismos más democráticos de toda la cultura humana. Los organismos como las academias, diccionarios… tratan de orientar los usos, pero la decisión final siempre corresponde a los hablantes.”

Continuando con los ejemplos de más arriba, la “castellanización” de términos no se detiene en el Diccionario de la RAE y ha decidido que el CD-Rom sea ahora el “cederrón”. Si bien en la pronunciación la palabra no cambia, la forma de escribirla parece ahora de otro planeta. Lo mismo ha ocurrido con “sexi” (sexy), “mánayer” (manager), “castin” (casting) “pircin” (piercing) y “espray” (spray).

Los que usan habitualmente el sitio rae.es sabrán que hay muchos artículos que ya han sido enmendados y que permiten de esta manera anticipar los muchos cambios que contendrá la vigésima tercera edición del Diccionario. Así, si buscamos la palabra “calor”, veremos las siglas U. t. c. f. que significan “Utilizado también como femenino”, es decir que uno puede decir tanto “el calor” como “la calor” y ya no podremos corregir a las abuelitas que lo han dicho de esta manera desde siempre.

Las quejas a tanta modificación se hacen escuchar también a través de las redes sociales. Por ejemplo, el grupo de Facebook Contra la reforma ortográfica de la RAE introduce a su comunidad diciendo: “Hay cosas que podemos dejar pasar, pero nunca jamás escribiremos guión sin tilde!”. Gracias a ellos hemos descubierto que los hispanohablantes ya no debemos escribir con mayúscula inicial las fórmulas de tratamiento y los sustantivos que designan títulos y cargos, y que tenemos que poner sencillamente “el rey” o “el papa”, mientras que si nombramos a un personaje de ficción como “Caperucita Roja”, “Harry Potter” o “Mafalda” sí debemos hacerlo.

Estas acepciones se encuentran prescriptas en el capítulo dedicado a las minúsculas y las mayúsculas en la nueva edición de la Ortografía, elaborada durante ocho años por las veintidós Academias de la Lengua Española, entre las que por supuesto se encuentra la RAE.

En la obra se explica que debido a “la rapidez y economía” que demandan los foros, chats y mensajes móviles se considera válido prescindir de las mayúsculas. De esta manera, también irán con minúscula los sustantivos que designan títulos nobiliarios, dignidades y cargos (ya sean civiles, militares, religiosos, públicos o privados).

Para terminar de espantar al lector, le contamos que también se han incorporado al Diccionario palabras como “obrón” para designar a una obra de gran envergadura, “asín” como sinónimo de así, “cultureta” para referirse a una “persona pretendidamente culta” y “curaltodo” cuya definición es “medicina o remedio para cualquier enfermedad”.

¿El diccionario dejó de ser un “mataburros” para convertirse en una especie de reflejo del vocabulario de moda? ¿Qué opinan? Creo que, en este caso, lo ideal sería mantener firmes las tradiciones de un idioma tan rico y sofisticado como el nuestro y no dar cabida a la cosa popular que tanto mal le ha hecho a nuestros textos pero, sobre todo, a nuestros oídos.