Sociedad

Carlos Blanco Fernández: “El pánico es la muerte del navegante”

por Marisol González Nazábal

29/05/2014

Con cuatro viajes en solitario a Brasil en su haber y el irremediable deseo de continuar navegando y explorando los mares, este aventurero de 63 años resulta la prueba viviente de que nunca es tarde para plantearse nuevos objetivos ni para cumplir aquellos que en algún momento parecían inalcanzables.

Carlos Blanco Fernández: “El pánico es la muerte del navegante”
"Yo no podría haber cumplido con lo que hice si no tuviera la fe que tengo", asegura Carlos.

Me invita a hacerle la entrevista en su casa. Yo llego puntual (cosa que le sorprende y me lo hace saber, ya que dice que eso no es muy común en estos días) y enseguida me ofrece compartir unos mates. Nos sentamos y me resulta imposible no perderme observando las decenas de fotos y postales que se encuentran bajo el vidrio que protege la mesa. Cada una cuenta una historia distinta y gracias a ellas consigo saber un poco más sobre Carlos. Por ejemplo, que su mujer se llama Susana, que tiene seis hijos, que es abuelo de Jazmín…

Durante más de 40 años fue productor agropecuario -es Ingeniero Agrónomo- y tiene una importante carrera como profesor en la Facultad de Ingeniería de la UNICEN. Sin embargo, poco se habló de aulas y economía y sí mucho de sueños y aguas agitadas en nuestra conversación de tres horas y media.

Con 63 años y un entusiasmo envidiable, Carlos me cuenta de sus aventuras. De cómo comenzó su relación con la navegación. De lo que tuvo que aprender y estudiar para llegar a ser piloto. De las situaciones límites que debió enfrentar.

“Estuve ayer en la marina donde tengo el barco y ahí estaba el capitán Jorge y otros marineros, uno de ellos dice, 'acá no hay nadie que tenga las millas que tiene Carlos'. Ya tengo 11.000 kilómetros en el océano Atlántico”, explica.

Carlos ya realizó cuatro viajes en solitario a Brasil en su velero de 28 pies (8,50 metros) modelo 1992 “de plástico reforzado, muy bien hecho”. El más largo fue desde el 2 de noviembre de 2012 al 6 de abril de 2013. Seis meses. “Ese fue el primero, mi viaje exploratorio -me cuenta-. A propósito no llevé teléfono satelital, para ver si era capaz de soportar la tensión nerviosa de no tener comunicación alguna. Y en el siguiente viaje volví a hacer lo mismo. Ahora que he comprobado que puedo, voy a poner teléfono satelital”. Lo hizo incluso sabiendo que debía recorrer el Golfo de Santa Catarina, una zona de navegación desafiante, difícil de prevenir meteorológicamente, con vientos encontrados, variables, y la confluencia de dos corrientes marinas: la cálida -proveniente del norte- y la fría -con orientación sur-norte, que parte de las islas Malvinas-. “Es conocido como uno de los lugares más peligrosos para navegar ya que son 370 millas en donde no hay ningún tipo de auxilio. Es uno de los lugares donde más naufragios hay en América del Sur. Lo hice cuatro veces en solitario”, agrega.

En esta búsqueda por reinventarse, debió aprender a darse inyecciones él mismo, a pelear con sus propios fantasmas y a saber que el soltar amarras, a veces, puede significar no volver. Pero todo eso que suena tan sacrificado es para Carlos el mayor de los júbilos. “Hasta las facciones me cambian arriba del barco, parezco un tipo de 40 años”, asegura.

“Esta enorme emoción que busqué y alcancé después de 50 años me generó un problema: una altísima dependencia. Hace un mes que llegué y ya quiero volver. No concibo mi próximo verano sin estar arriba del barco. Estoy planeando para después de mi jubilación -me quedan dos años- cruzar el Atlántico en solitario e iniciar un nueva vida a partir de ahí. Después quiero vivir un tiempo en el Mediterráneo, recorriendo las antiguas civilizaciones navegando”. Carlos sabe lo que quiere para su futuro y estoy segura de que va a lograrlo. Antes de empezar a contestar mis múltiples preguntas me dice: “¿Sabes en qué pierdo más tiempo en el barco? Llorando y gritando de emoción”.

¿Cuándo y cómo comenzó su vinculación con la navegación?

La historia empieza más o menos así: tenía 14 años cuando pinté esto (y me muestra un hermoso cuadro que luego describe), no es el único, tengo varios, pero creo que esto es quizás lo que yo tenía en la cabeza. Fijate: un velero con un hombre arriba, solo. En esa época, también hice un bote. Construí un bote con un diseño rarísimo, un catamarán, en esa época no existían, lo cual me llama mucho la atención. No puedo entender cómo se me ocurrió. Hice dos cajones con una planchada arriba y unas toleteras. Y cuando probaba esos cajones para ver si flotaban, vivía en Belgrano entre Alsina y Lavalle, lo llevaba con un carrito de rulemanes hasta el arroyo Tapalqué. Ahí empecé a soñar con el agua. En ese momento remaba en el Club Estudiantes, nadaba… siempre practiqué deportes vinculados al agua.

Terminé el secundario en el año '68, época en que los medios de comunicación eran escasos. Un día le dije a mamá que quería ser marino, aunque ya tenía la valija hecha para ir a La Plata a estudiar Agronomía. Pero en ese momento era complicado, había que entrar a la escuela de oficiales, era una cosa mucho más difícil que ahora. Casi un imposible para una persona que no viviera en Buenos Aires o en Mar del Plata. Y con ese “quiero ser marino” conviví toda mi vida. Y eso que declaré a los 17 años, quedó latente y se cristalizó en mis viajes y cuando el 10 de abril (de 2014) la Prefectura Naval Argentina me entregó el título de piloto, el más alto título en la navegación deportiva. Estoy habilitado para conducir cualquier tipo de embarcación deportiva alrededor del mundo. En la fiesta de la entrega del título hubo una mención especial porque aprobé como alumno libre, algo que no se daba… creo que hubo tres casos en 53 promociones. Lo hice libre, fui allá y enfrenté el examen. Soy una persona que trata de superarse. Siempre trato de hacer lo mejor que puedo. Así que esta es la historia, más o menos tiene 40 o 50 años.

Empecé remando en el Tapalqué y luego en La Plata, remando y aprovechando la menor oportunidad para subirme a cualquier barco, también en un 470 de un amigo en la laguna Blanca Chica y con otro amigo que es un marino y hace 27 años vive en su propio barco… siempre aprovechando la ocasión que se daba para subirme a uno, porque es un núcleo bastante cerrado.

¿Qué tipo de embarcación es el Wisdom (sabiduría) y por qué decidió llamarlo así?

Bueno, en enero del año '76 las Naciones Unidas me becaron para representar a Latinoamérica, por lo que tuve la oportunidad de vivir en Nueva Zelanda trabajando para esa organización en producción de ganado bovino en zona de alta montaña. Mientras estuve allá, mi director de investigación era el Dr. Kevin O´Connor, un hombre súper inteligente, de trascendencia internacional. Yo tuve la gracia de haber sido su ayudante. Y le debo haber caído bien porque un día como gran premio –en esa época tampoco se utilizaba mucho- me invitó a pasar un fin de semana con su familia en su casa. Y cuando íbamos en su Toyota azul –todavía me parece que lo veo- rumbo a su casa, hablando de cómo era mi vida y de qué pensaba hacer yo a futuro me dice “Charlie, you are a wise man” (Carlos, sos un hombre sabio”). Cuando me dijo eso me quedé bastante impactado. Ese señor marcó un antes y un después en mi vida.

Cuando volví a casa en Argentina en septiembre del '76, un día conversando con mamá le conté lo que me había dicho esta persona y me contestó “te voy a decir algo para que nunca lo olvides”, algo que dijo mi bisabuelo don Ascensio Camelino: “Saber vivir es la clave porque vivir cualquiera sabe”. Y agregó mamá: “Para que nunca te olvides lo que es 'wisdom'. Es el arte de saber vivir”. Por eso mi barco se llama así, por eso lo tengo, hay una etapa de la vida en la que uno tiene que asignar prioridades, “saber vivir” es una de ellas.

¿En qué se basa a la hora de elegir la ruta de navegación?

Hay ciertos datos que son importantes. En el mar, al igual que en el aire, hay rutas, caminos. Uno de los riesgos es la colisión con las grandes embarcaciones porque ellos van a una velocidad promedio de 25 nudos –casi 50 kilómetros por hora- y yo voy a 5 nudos.

Otro de los grandes problemas de los navegantes solitarios es el de controlar los fantasmas que surgen de la falta de sueño y el temor. Hay que tener un gran control mental, porque tu mente se puede convertir en tu propio enemigo.

Además, Brasil tiene las flotas pesqueras. Las que salen al mar tienen hasta 50 barcos y las redes hasta diez kilómetros, así que navegando corres el riesgo de pasar por encima de las redes.

El "Wisdom" es un velero de 28 pies (8,50 metros) modelo 1992.

¿Cuáles son las rutinas que debe cumplir para prepararse antes de emprender un viaje de varios meses?

En concreto, lo primero que hay que hacer es revisar el barco. No me ayudo con ningún especialista, hago todo solo, porque es la única manera de entender lo que está ocurriendo cuando estoy solo en el mar.

Luego hay que hacer una planificación de los elementos que vas a necesitar. Hay dos limitaciones básicas arriba de un barco: la energía y el agua. Para lo último, cuando llueve recojo agua y la sumo a las reservas. También llevo comidas conservables y pesco, tengo una parrilla externa así que si el día es bueno aso lo que pesco y sino fileteo los peces, los salo y los comprimo en una prensa y después que están dos días en la sal los cuelgo en la proa del barco para que el agua de mar les pegue, así que quedan como si fueran bacalao. He pescado, anchoas, doradas, pez espada…

¿Qué clase de problemas se plantean luego de varios días de navegación?

El problema más serio es poder controlar el sueño, sobre todo cuando te tocan tormentas con vientos de hasta 90 kilómetros, como me tocó recientemente. Me ha pasado, en una situación de estas, cuando todavía no tenía todo el equipamiento que tengo ahora llevaba un timer de esos para hacer tortas y lo ponía cada 15 minutos, me lo metía en el bolsillo porque ya a lo último no sentía el ruido, tenía que sentir que algo se movía para despertarme. Y, tirado en el piso, donde duermo porque es el punto más bajo para no golpearme, cada 15 minutos reaccionaba y tomaba el control de la situación y me volvía a acostar. Así durante toda la noche, cuatro o cinco días así. Y ahí descubrí algo de la mente -por lo menos de la mía-: el primer día ponía el timer cada 15 minutos y reaccionaba, al segundo día mi cabeza era mi principal enemigo, tenía que ser consciente de que mi cabeza me traicionaba, el cansancio te desubica de la realidad. Como el primer día no pasó nada, al segundo, el timer lo ponía cada 30 o 40 minutos. Al tercer día el cerebro ya no tiene alarmas, entonces ya no escuchas el timer ni cada 15 ni cada 40 minutos. Pasas de largo. Y esa falta de control a la que llegas en lugares de tráfico de grandes buques es una de las causas por la que los barcos desaparecen en el mar. Las olas son otro riesgo. La secuencia de las olas en el Río de La Plata es cada tres segundos, en el mar es cada ocho a diez segundos. Y si una ola te toma con el barco atravesado, puede tumbarlo y se termina la aventura.

Una vez iba navegando a motor lentamente cerca de la costa, saliendo de Santos (Brasil), no había viento, y enganché un aparejo de pesca de noche, me di cuenta cuando se paró el motor, se enredó todo en el eje de la hélice. El problema era que el efecto de las corrientes me llevaba hacia la costa y no tenía tracción, porque no había viento. Es decir, no tenía motor y no tenía viento. Estuve como una hora pensando qué hacer, porque la noche es la hora del ataque del tiburón, pero no podía avanzar. Así que después de mucho pensar tuve que bucear –soy buzo-, meterme en el mar, solo. Así que bajé en una oscuridad absoluta. Tengo linterna sumergible y equipo de buceo pero cuando bajé y vi lo que era decidí no ponerme el equipo porque uno pierde sensibilidad, entonces podía engancharme en el equipo de buceo y ahogarme, porque era un embrollo de anzuelos. Así que me metí ahí abajo, estuve una hora y media en apnea, subiendo y bajando, en una mano el cuchillo y en la otra la linterna. Fue una situación muy fea, hasta que logré liberarlo. Vencer el temor es el problema. El pánico es la muerte del navegante.

Se ve que tiene una estrecha relación con Brasil, ¿Qué lo vincula con ese país?

Por turismo he viajado antes, pero después tuve la enorme suerte de vincularme desde el punto de vista académico. Ahora ya tengo una relación muy grande con Brasil.

Hábleme del libro que lanzará allá.

Cuando yo iba ascendiendo en el primer viaje, mi amigo el Dr. Sergio Perussi, una persona muy conocida en Brasil en el nivel académico que está vinculada a la Universidad de San Pablo, me dijo que la institución tenía interés en que yo dé una conferencia (Sonho, Visão, Ciclo de Vida e Inovação - A experiência de um velejador solitário do Atlântico Sul) para más de 300 empresarios sobre mi experiencia, sobre lo que estoy haciendo. Dada mi formación académica y experiencia profesional, se le ocurrió que haga un paralelismo entre la vida de un emprendedor y la vida de un navegante solitario. Y ahí arrancó la idea. Hemos escrito un libro sobre la planificación, la organización, la administración de los recursos, la puesta en marcha… un libro donde él hace la puesta pura de conceptos académicos, de teoría pura, y yo hago el desarrollo del caso de un emprendedor haciendo el paralelo entre mi experiencia como navegante solitario y el inicio de una actividad emprendedora.

El libro está en edición, aparentemente se publica a fines de julio en Brasil. Hasta ahora el nombre propuesto es “Soltando amarras. Lecciones de emprendedorismo de un navegante solitario”.

Me parece que este libro va a entusiasmar, les he contado a algunos alumnos y les llama la atención la forma en que está descripto. Aparentemente ha gustado porque Sergio me acaba de decir que tenemos que hacer un segundo libro.

Un gran navegante argentino fue sin dudas Vito Dumas, ¿toma en cuenta las experiencias que él vivió? ¿o tiene algún otro referente?

Para mí es un ídolo, me cautiva su valentía. Él navegaba en los años '30, fue un navegante que dio la vuelta al mundo. En este sentido tengo una contradicción: cuando alguien me pregunta sobre lo que he hecho y le parece que es algo importante, me siento totalmente empequeñecido frente a mi modelo de comparación. Sólo me parece que es importante cuando pienso en el mar… no es fácil estar ahí.

Poco antes de partir, Vito Dumas justificó su viaje alrededor del mundo con esta frase: “Voy en esta época materialista, a realizar una empresa romántica, para ejemplo de la juventud”. ¿Qué le sugiere esa frase?

Exactamente eso… ¿cómo hago yo para motivar a mis alumnos si no vivo los mismos sueños que ellos? ¿qué respeto pueden tener por mí si doy el mensaje y resulta que después me siento a tomar mate con mi esposa en la plaza? Creo que mis alumnos me respetan por ser distinto y por las experiencias vividas. Mi mensaje es que se puede volver a nacer después de los 60 años, se puede volver a tener un proyecto, se puede iniciar algo nuevo, se puede olvidar lo pasado y recomenzar una nueva vida. Ese es el mensaje y eso fue lo que la Universidad de San Pablo me pidió.

Puedo hablarle a mis alumnos con la autoridad que da hacer las cosas, fui y volví, acá estoy. Incluso a mis hijos, creo que cuando yo no esté, a pesar de las criticas que puedan hacer, se van a dar cuenta de que fui un creador. Que fui más allá de ciertos convencionalismos a pesar de que soy una persona conservadora. El hecho de que soy muy respetuoso de las instituciones, que valoro la ética, la moral, los principios en general, es lo que me ha sostenido hasta ahora.

Yo no podría haber cumplido con lo que hice si no tuviera la fe que tengo. Nunca me sentí sólo en el mar. Si no tuviera fe me hubiera ahogado, hubo momentos en los que me entregué en el mar, creí que moriría y surgí de las cenizas por la fe. Eso ya me ha pasado varias veces en la vida, debí pasar por situaciones muy difíciles de enfrentar por no ceder a lo que pienso. Y en este caso por luchar en la naturaleza. Mi fortaleza está en la fe. He escuchado algunos que dicen que pueden hacer lo que yo hago. Puede ser, pero les voy a creer cuando pasen un día y su noche solos en un barco a 100 millas de la costa. El problema radica en responder a las propias preguntas que la cabeza les va a generar en soledad.

Seguramente su familia y amigos teme por usted cuando viaja ya que ha debido enfrentar situaciones de vida o muerte, ¿qué papel juegan ellos en las decisiones que toma en referencia a sus aventuras? ¿Analiza los riesgos que conlleva cada viaje antes de volver a embarcarse?

He tratado de hablar con ellos de manera tal de demostrarles la importancia que tiene para mí lograr esto. Ellos, con su comprensión, también han hecho esto posible, porque hay que bancarse a un tipo como yo, no es tan fácil.

Si yo no hubiera tenido esa comprensión, también lo hubiera hecho, te soy sincero. Ellos lo saben. Pero tuve la comprensión, es decir, cuando salí al mar no tenía la carga de que mi esposa o mis hijos estuvieran puteando porque me fui. Yo me fui con la preocupación de ellos, pero no con la enemistad por lo que hacía.

Si no hubieran estado de acuerdo lo hubiera hecho igual, no me queda mucho hilo en el carretel para tener el estado físico que exige hacer esto. Pilotear un barco en el mar es muy exigente, para hacer lo que yo hago normalmente van de dos a cuatro personas en un velero pequeño.

Teniendo en cuenta que es Ingeniero Agrónomo y productor agropecuario además de navegante, ¿cómo le gustaría que lo recordaran?

Como navegante, aunque sé que no va a ser así, porque toda mi vida estuve asociado al sector agropecuario. Pero no es lo que a mí me interesa, para mí la plenitud de mi vida es esta. El haber cumplido con esto fue gracias a una conjunción de cosas: que la familia está bien, aprendí a pilotear un barco, resolví la cuestión económica, aprendí a vencer mis miedos… cuando solté la amarra ese 2 de noviembre no dije nada, pero yo no sabía si volvía.

Hay dos palabras importantes: soltar amarras y llegar. Lo demás es verso.