Más allá del líquido horizonte

Conocí a Domingo

por

29/08/2014

Conocí a Domingo

“No tenía calzado. No podía tenerlo, porque sus pies eran parte de esa tierra… eran sus raíces”.

Por Carlos Blanco Fernández

Luego de una noche larga, me desperté por el murmullo de los pájaros. Creía que no estaba lejos, pero no tan cerca. Cerca de un pequeño paraíso. Cinco o seis palmeras  haraganas, apoyadas unas sobre otras, en una playita muy pequeña. Por detrás, la exuberancia, el misterio y el verde natura. Apenas asomándose, una casita blanca. En el patio de entrada, el mar lame la arena.

Hay humo. Surge de la espesura y se abre entre los árboles. De igual manera, una silueta emerge de la foresta. Tras el humo su figura se impone, alta y delgada.

Yo allí, en el barco. Pocos metros nos separan. Como utilizando una excusa, desprendo el bote y remo hasta la orilla. Él, impertérrito, sin adelantar gesto ni palabra… “Bom dia”, digo. Con esa manera que sólo ellos saben, responde de inmediato a mi “portuñol”, con su sonrisa. Amplia, sincera, amable. “O Sr, navega sozinho”. Un tronco de palmera me da asiento, el conversa y cuenta lo que hace: “Cuido las playas”…. y yo observo sus manos, cara y ropa.

"Fue mi antesala a Paraty y sus callejuelas ásperas, tortuosas, caminos de la marea". | Imagen: paratyonline.com

60,70, 80 años, ¿quién sabe? No tenía calzado. No podía tenerlo, porque sus pies eran parte de esa tierra… eran sus raíces. De ellos recibía el mandato, su misión. Recuerdo así cómo El Principito aseaba y cuidaba su pequeño planeta, librándolo de los “baobabs”. Esos son, fueron y serán sus días, hoy aquí, mañana allá…son sus playas.

Su cara curtida, morena. Su sombrero raído, gris, transpirado, con el ala levantada. Nada puede evitar que contemple su vida. Su designio, su misión.

Tez enjuta, oscura, sin luz, pero con brillo. Su camisa abierta ofrece su corazón al cielo. Sus pantalones cortos y viejos son cómodos para sus piernas, para la prolongación de sus raíces. Y sus manos, apoyadas en un rastrillo, con existencia, con savia, que también Dios le dio. Por delante en su playa dos, tres, cuatro canicas gigantes son testigos olvidados del juego de la Creación. A su izquierda…. a su derecha, cielo y selva, a su frente, el mar y yo.

Pocos minutos, ¿cuántos me diste, Domingo?  Todavía percibo su sonrisa, ahí, alta, magnífica, formidable, como una parte del Todo que emana alegría. Fue mi antesala a Paraty y sus callejuelas ásperas, tortuosas, caminos de la marea. Casas pequeñas, simples, valiosas.

¿Cuántas almas aún hoy habitan sus muros? 300 a 500 años de historia destacada. Dolor y sangre esclava. Pasión y codicia del oro.

Recorro, llegan a mí los chasquidos del látigo sobre las pieles oscuras salpicadas con rubíes. Pequeños, grandes, lloran la pérdida de su libertad. Destinos inciertos, tétricos, se tapan con el fulgor del oro. Burócratas reales pasean sus carruajes, mientras observan con desdén e indiferencia.

Allí, aquí, las callecitas que piso y admiro por su belleza y trágica historia mutaron. Hoy, vistiéndose de banalidad y excentricismo.  No sé cómo, pero recorremos y compramos, sin ver los ojos negros pero brillantes, asomados tras las rejas, en el lóbrego y húmedo rincón, a la espera de que los Señores surgidos del horizonte donde nace el sol marquen sus vidas, con la responsabilidad de construir Brasil.