Cultura

Corazón mentiroso

por Natalia Coderch

23/09/2014

Hay personas que mienten compulsivamente sobre cualquier cosa. No es que oculten la verdad, sino que no la conocen. Mentir es para ellos un hábito. Lo llevan en la sangre, en lo más profundo del alma, lo tienen tan arraigado que a cada latido que da su corazón, escupen una mentira.

Corazón mentiroso

El mentiroso compulsivo no puede dejar de mentir, cada mentira lo lleva a otra y así se genera una gran bola de estambre que lo sitúa dentro de un círculo vicioso del cual le resulta casi imposible salir. El mentiroso es tan pero tan mentiroso que miente siempre que se le presenta la ocasión. Es complicado al principio diferenciar cuándo está haciendo uso de su artimaña más utilizada, la mentira, y cuándo está hablando con sinceridad, pero a la larga quienes lo rodean terminan dándose cuenta y le "sacan la ficha" rápidamente.

Se te ocurre preguntarle algo al mentiroso, totalmente al divino botón porque ya sabés que te va a responder con una mentira, pero en el fondo resulta divertido ver hasta dónde llega, hasta dónde es capaz de embarrarse dentro de su farsa. Pareciera una suerte de “mentime que me gusta”, un juego en el que ponés a prueba la capacidad para embaucar al fabulador. Y mientras más miente, más te gusta, porque descubrís que no está siendo sincero y es divertido.

Llámesele mentiras blancas o mentiras piadosas, pero mentiras completamente innecesarias al fin. Un mentiroso compulsivo miente por cualquier pavada. Son tan creativos a la hora de la mentira que a veces la gente en lugar de enojarse con ellos, hasta los justifican con un “al menos se gastó en mentir”.  Sus historias están tan bien armadas -casi sin cabos sueltos- que te dejan maravillado, así como la manera en la que se meten dentro del papel que están actuando y cómo hasta casi caes en su cuento.

Quienes comparten mucho tiempo al lado de estos personajes carentes de veracidad pueden llegar a enumerar un largo listado de excusas mentirosas, cuando por ejemplo llegan tarde a alguna cita o no concurren a algún evento. Entre las justificaciones están las relacionadas con problemas de salud, con el tránsito, y obviamente las infaltables excusas referidas al deceso de alguna persona.

- “Me agarró una parálisis facial”. Claramente eso no es real, porque al día siguiente lo ves y está curado milagrosamente, y su rostro tiene más movimiento que un samba.

- “Se me cerró la puerta del tren en la mano”. Muy difícil de comprobar si es verdad: ellos son capaces de mostrar radiografías con un hueso roto, que no es de ellos obviamente, y se aparecen con un súper vendaje con tal de llevar su mentira hasta las últimas consecuencias. Y con la evidencia de la mano vendada y la radiografía, no da no creerles.

-“Chocó el colectivo y tuve que ir a declarar a la comisaría” o “Me agarró una manifestación y estoy varado en el tránsito”. Una excusa casi infalible debido a que es alta la probabilidad de algún accidente o manifestación, por lo tanto resulta imposible desconfiar de este tipo de alegato.

El mentiroso compulsivo es capaz de matar a toda su familia, ficticiamente claro está. Los matan y los reviven nuevamente. “No puedo ir a la fiesta, porque velan a mi tío Pepe que se murió”. A la semana el tío Pepe revive, porque festeja sus 70 años, que es la excusa por la cual “el mentiroso” no puede ir al bautismo de tu hijo. Más que obvio que se olvidó que la semana anterior había “matado” a Pepe. Pobre tío, tiene más vidas que un gato. A los dos meses de “cumplir los 70”, vuelve a “morir” como excusa de por qué “el mentiroso” faltó al trabajo. A fin de año revive nuevamente, porque el tío Pepe hace una fiesta en su casa de la costa para festejar Año Nuevo y por eso “el mentiroso” aduce que no puede salir con su grupete de amigos después de las doce a festejar: “Porque estoy en la costa con mi tío Pepe”, te dice. Y a vos se te llena el cuerpo de dudas y te preguntás “¿Cuántos tíos Pepe puede tener?”, “¿Existirá el tío Pepe”?.

No resulta extraño que el mentiroso compulsivo sea capaz de mentir con cosas tan terribles como una enfermedad terminal o un accidente que dejó a alguien más cerca del arpa que de la guitarra. Siempre queda rondando por la cabeza si ellos registran que están mintiendo, o si ya les es tan natural mentir que no se dan ni cuenta de que lo están haciendo. Mucho más fácil sería decir “Llegué tarde porque me quedé dormido”, o “No voy a tu cumpleaños porque no me quiero perder el Superclásico”, pero NO… mentir para ellos es más sencillo.

A veces el mitómano miente sobre cosas tan pavotas que resultan hasta graciosas: Dejé la camioneta mal estacionada”. WHAT? ¿De qué camioneta habla si su auto tiene más años que Matusalén y Tutankamón juntos? Pero claro, decir camioneta pinta a una 4 X 4 y da mayor status. El clásico caso  del que necesita figurar, hacerse ver, haciéndole creer a los demás que posee algo que realmente no tiene.

Es como cuando en invierno se va a visitar a sus parientes a Claromecó y cuando va caminando por la calle se cae y se fractura tibia y peroné y dice que se accidentó en Las Leñas. Obviamente es mucho más TOP romperte esquiando que caerte cual bolsa de papas en la calle de Claromecó y romperte los huesos haciendo NADA como un nabo total.

En algunos casos “los mentirosos” eligen mentir y se dan cuenta de que están mintiendo, pero otras tantas veces mienten de manera tan asidua y regular que no notan que mienten. En pocas palabras, se mienten a sí mismos, y lo hacen tan bien que hasta se tragan sus propios cuentos. Si tienen perdón o si están muy locos por vivir mintiendo eso queda a reflexión de cada uno, pero que la mentira ya la llevan en la sangre, y muy dentro de su corazón mentiroso, eso sí que es verdad, una que el mentiroso compulsivo parece no conocer. Queridos Pinochos: ya todos sabemos que mienten, y nos divertimos con sus increíbles fábulas, así que tengan cuidado que si la ficción superara la realidad, les podría empezar a crecer la nariz con cada mentirita.