Vida Sana

Cuando la lucha por los alimentos nos necesita a todos

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25/08/2015

Cuando la lucha por los alimentos nos necesita a todos

La producción alimentaria monopolizada atenta contra la soberanía alimentaria, la salud y la diversidad ecológica. Un hecho que no podemos ni debemos ignorar.

Por Ana Virginia Lona

El agronegocio es uno de los más prolíferos del mundo desde que la biotecnología se apropió de la naturaleza para convertirla en una cosa pasible de ser patentada como una creación humana.

El dato no es menor: el patentamiento de semillas, vida animal o cualquier producto que provenga de vegetales y animales -aunque también humanos- es una actividad que atenta contra aquello que nos ha permitido, tanto a la especie como a toda la vida en la Tierra, llegar al punto en el que estamos en materia de supervivencia.

No es habitual ver que el tema se trate en los medios de comunicación masivos y convencionales, sin embargo, en internet podemos encontrar las voces de profesionales, científicos, periodistas, médicos, activistas, entre otros, que han comenzado a indagar sobre las consecuencias del agronegocio y la pérdida de la soberanía alimentaria.

Una de esas voces es la de Esther Vivas. Esta periodista y activista española se ha especializado en la investigación sobre movimientos sociales alternativos, así como también en la industria alimentaria y cómo afecta esta a la soberanía alimentaria.

La obra “El maíz es nuestro” de la artista Favianna Rodriguez expone cómo el cultivo del maíz transgénico en México es un crimen en contra de los agricultores, de la biodiversidad y de la soberanía alimentaria.  | Imagen: favianna.com

La diversidad alimentaria en peligro

Vivas nos explica a lo largo de varias de sus publicaciones, entrevistas, conferencias, clases universitarias y en su columna en el diario publico.es, que la producción alimentaria monopolizada atenta contra la soberanía alimentaria, la salud y la diversidad ecológica.

“Vivimos en una sensación de diversidad, que vamos al supermercado y encontramos una gran diversidad de productos, de vegetales, pero en realidad siempre en un establecimiento y en otro hay las mismas marcas. Y si hablamos de fruta y verdura frescas, las mismas variedades de cultivos. Hay una tendencia a la homogeneización, cada vez comemos más lo mismo (…) Según datos de la FAO1 (…) se ha perdido el 75% de la diversidad agrícola y alimentaria”.2

La pérdida de la soberanía alimentaria implica el paso de los productos de diversas clases, producidos por múltiples manos, a unas pocas que responden a intereses creados, cuya producción se traduce en el monocultivo, práctica que atenta contra la soberanía alimentaria y el trabajo de millones de campesinos, así como también contra la labor de aquellos relacionados directa e indirectamente con la producción de alimentos. Este panorama ha dado lugar a prácticas comerciales que no reparan en la diversidad alimentaria, ni en el equilibrio ecológico, ni en la salud de los seres vivos y de la Tierra.

El alimento no es realmente nuestro: la soberanía alimentaria

La producción industrial y monopólica de lo que consumimos lleva consigo formas oligopólicas comerciales y políticas estatales que avalan que los alimentos, desde hace varias décadas, no salgan del círculo de algunos productores, quienes proveen productos modificados genéticamente para poder ser patentados y vendidos por solo unos pocos.

Uno de los ejemplos más claros es la producción de semillas transgénicas, resistentes a los productos químicos agrícolas elaborados por la misma empresa que las modifica genéticamente. De esta manera, el productor que compra las semillas transgénicas debe comprar también ese herbicida concreto.

El trabajador de campo que no utiliza semillas transgénicas muchas veces se ve atrapado involuntariamente en una cadena de producción y de comercialización, ya que las semillas de campos vecinos pueden ser trasladadas por el viento o por animales. Si la empresa productora de semillas transgénicas encuentra en el campo de este productor sus semillas, lo obliga a pagar por ellas sin importar cómo han llegado allí. Las semillas ya no pertenecen al productor sino a una empresa, a una marca.

La producción de la materia prima monopolizada tiene una fuerte incidencia en la distribución, consumo y costos de los alimentos. Aunque se produzca una cantidad de alimentos como jamás se ha hecho en otras décadas, estos no son accesibles a todas las personas del mundo por sus costos e indirectamente por la falta de trabajo, que se da porque cada eslabón de la producción, distribución y consumo se ve afectado por la utilización de los recursos que son clave para la producción alimentaria como el agua, la energía, la tierra y la mano de obra.

Estos otros aspectos de la monopolización e industrialización de los alimentos también inciden en la pérdida de la diversidad alimentaria. La agricultura ha modificado, durante milenios, la alimentación, la salud, la sociedad, el trabajo de una cultura y una sociedad. Estas son transformadas no solo por el universo de las ideas sino también por cualquier modificación realizada en la práctica agrícola.

El petróleo en nuestras vidas

La salud y el equilibrio ambiental están seriamente afectados por el uso de agroquímicos, así como de aquellos derivados de la petroquímica, la cual es la base de la agroindustria, nos cuenta Vivas. Estos productos son utilizados desde el primer eslabón de la cadena de la producción alimentaria hasta el último, nuestro plato: como combustible de los vehículos que realizan largos recorridos hacia los puntos de venta así como también en los subproductos de la petroquímica utilizados para el empaque de los alimentos.

La dependencia del petróleo afecta de manera sustancial la economía de una sociedad, ya que al estar en manos de unos pocos, el control que estos ejerzan sobre sus costos y distribución afecta a todo aquello que se sirve de sus subproductos.

La mirada hacia nuestro plato

La importancia de tomar conciencia sobre el origen de nuestra comida no solo es una postura bucólica hacia la tradicional producción alimentaria, sino que es una forma de preservar el trabajo, la salud, el equilibrio ambiental y, especialmente, la soberanía alimentaria de cada sociedad.

Reflexionar sobre nuestro consumo implica una postura crítica hacia el estilo de vida que llevamos. Muchas veces eso no es muy placentero, pero evitar la pérdida de la soberanía alimentaria requiere de nuestra observación y análisis.


  1. Food and Agriculture Organization of the United Nations
  2. Fragmento de la entrevista a Esther Vivas en el programa Para todos La2 sobre el libro El negocio de la comida.