Somos Raros

De carne somos

por

08/05/2015

De carne somos

Aunque las publicidades nos muestren a personas que se aman a sí mismas, la autoconfianza es un preciado tesoro que muchos buscamos desde hace décadas.

Por Bárbara Schtirbu 

Yo no me doy con un caño. Lo mío es más parecido a cachetazos con un ananá sin pelar. Sé que no me pasa a mí sola esto de flagelarse y seguir sobreviviendo cada día con un pedazo menos de uno. El tema es que en algún momento se te termina el cuerpo.

Una vez me dijeron: “Hay que tener AUTO -CRÍTICA”. Y se ve que me lo tomé en serio, porque me compré la concesionaria entera. Tengo de todos los modelos y colores:

El autocuestionamiento

¿Para qué hablé? ¿Por qué miré? ¿Por qué pensé? ¿Por qué respiré?

El autoboicot “Ya fue, voy en calzas y zapatillas, total no va a funcionar”. (Primera y última cita) El autoritarismo Te prohíbo que quieras helado. El autoconvencimiento Así de mal, estamos bien. En una época también manejé un AUTOCONFIANZA modelo '92, hasta que un día me lo robaron y nunca más apareció. "Si hablamos de mí, creo que hasta ahora lo único que no me critiqué son los órganos, porque no los veo". | Imagen: linkita.net

No hay demasiados “mecánicos” que te puedan poner a nuevo cuando pasás muchos años de tu vida circulando así. Igual un par de valientes aceptan el trabajo y hacen su mejor intento. Te levantan el capot, escuchan cómo suena el motor y te tiran cómo viene la mano:

Y mirá, por lo que veo tenés problemas para desacelerar, el freno de mano roto, hace rato no te funciona el filtro, muchos rayones a la vista, la batería agotada y el burro de arranque se te escapó hace rato. Te va a salir cara la cosa, pero capaz vuelve a andar.

Ahora tengo un AUTO-EXIGENCIA 2015 que te lleva a chocar con todo a medida que nada te viene bien: yo veo una foto de Araceli González, y después voy al baño, me miro en el espejo y digo: "¿Por qué?" Hace 20 años que estoy peleada con mi imagen. No es una forma de decir, eh. Son dos décadas hechas y derechas castigándome por lo que no soy. Una noche, cuando tenía 13, nos agarramos feo. Al día siguiente dejé de mirarme con dulzura y me habitaron dos ojos de unas 3500 frigorías cada uno.

Me busco en todos los espejos, en los porteros eléctricos de chapa, en la pantalla del celular apagada, en los anteojos de sol de cualquier persona que pasa, en las tapas de ollas de aluminio. No es vanidad, es una necesidad de reencontrarme, de ver si tengo algo nuevo para mostrarme. Mi vieja siempre me dice: “Cuando sonreís sos otra persona”, y yo (después de hacerla callar a los gritos) lo intento, pero la sonrisa me queda como un estornudo a mitad de camino, y nunca sale. Operación sonrisa frustrada. La gente se corre pensando que le quiero estornudar en la cara. Y tampoco es que quiera tirarme besos como las psicóticas de las publicidades de dentífricos o toallitas femeninas que se andan amando a sí mismas en cada reflejo de vidriera, pero tal vez sí me gustaría lograr una mueca de simpatía para zafar a veces de una lejanía enorme conmigo.

Igual, en general es fuerte ver lo que le pasa a la gente con su imagen: tengo una compañera que cuando se mira en el espejo se queda tan quieta que no sabés si se murió parada. Mi papá se agarra la frente y la estira para arriba, pero cuando las arrugas vuelven al lugar, sufre como Claribel Medina. Mi tía toda la vida estuvo traumada con sus pies. Los mira con asco, como si tuviera 25 dedos en cada uno y decidió no usar sandalias, o peor: sandalias con medias en verano. Una amiga no se pone pollera corta porque dice que “no es para ella”. Y la lista sigue.

Si hablamos de mí, creo que hasta ahora lo único que no me critiqué son los órganos, porque no los veo. Si pudiera, no tengo dudas de que mandaría al intestino grueso a hacer la dieta de Ravenna.

Hablé tan mal de mis tetas que se suicidaron antes de poder comprarme mi primera remera escotada. Calculo que empecé a bardearlas cuando estaba en la panza de mi mamá. En la actualidad tengo el mismo contorno y taza que cuando vine al mundo. De hecho, el mismo cuerpo.

Creo que quedó claro el nivel de auto-defenestración. Ahora lo que me pregunto es: ¿Llega realmente el día de la auto-aceptación (con patente y seguro)?

Siempre admiré profundamente a las personas que se arreglan “a pesar de”. La otra vez vi a esa chica con un “a pesar de” 1,50 cm, súper bien vestida. Aros, pulseras, ropa tan nueva que le colgaba la etiqueta, perfume, celu con fundita animal print. Me hizo sentirme bajita a mí, que mido 1,75 pero me visto como pintor de medianeras. Clara y gran diferencia entre explotar lo mejor de uno e inmolar lo mejor de uno.

En el otro wing tenemos a los que no asumen nada y enarbolan con orgullo la bandera de “Todo me chupa un huevo”. Casos emblemáticos:

El pelado cabeza de rodilla al que le cuelga una trencita de 10 pelos de la nuca y va por la vida como si fuera Slash.

- La sesentona quinceañera que se pone la ropa de la nieta y no se la devuelve.

- El gordo camuflado de atleta. Personaje de gimnasio, que por su porte logra que la gente le mire más las zapatillas de marca y la cadena de oro que la zapán.

Todo esto es válido si se lleva bien. Repito: si se lleva bien.

Es difícil, pero creo que no me van a alcanzar los años para pedirle perdón a mi cuerpo por lo dura que fui, lo mal que le hablé, las miradas que le tiré, y sobre todo por la cantidad de veces que lo ignoré. Lo castigué y lo sigo castigando por lo que es, por lo que no es y, por las dudas, por lo que podría llegar a ser. Poooobrecito cuerpo que lo ataco tanto y no tiene cómo defenderse. El día que las manos se me liberen y hagan la suya, la que me espera.