Sociedad

De malas situaciones y feas palabras

por Yasmín Suyay Jalil

18/09/2013

Una invitación a reflexionar acerca de cómo el uso de distintas palabras connotan la presencia de una situación diferente y se convierten en el vehículo que permite exteriorizar sentimientos y pensamientos negativos.

De malas situaciones y feas palabras

Hablamos sin pensar. Decimos sin querer. Las 24 horas nos valemos de la palabra en forma oral y escrita para comunicarnos. Recurrimos a ellas para hacernos entender, sin embargo no recurrimos a los mismos términos. Así como cambia nuestro estado de ánimo y las situaciones en las que nos desenvolvemos, cambian también las palabras que utilizamos. Cuando nos sentimos enojados o  las emociones se intensifican negativamente, latigazos verbales se disparan de nuestra boca casi sin control. Es ahí donde las palabras se pueden volver malas y las malas palabras hacen su aparición.

El  lenguaje responde de manera funcional a distintas situaciones y se ve condicionado por distintos factores.  No elegimos las mismas palabras para hablar en  la oficina que en el gimnasio e incluso expresamos distinto una misma idea según con quién hablemos y la situación alrededor. El lenguaje es, ante todo, una forma de expresión y comunicación que permite externalizar y  dar a conocer lo que sentimos. El desprecio, la bronca, el enojo e incluso el dolor que alguna situación puede causarnos es canalizado habitualmente con malas palabras. Un tono de voz elevado, una mayúscula en el chat, un “mierda” o un “carajo” bien puestos son necesarios para contextualizar una situación que acarrea molestias y no alegría. Sin dudas, están quienes abusan del uso de las malas palabras y hacen de ellas su propio lenguaje. La idea no es justificar lo grotesco o la falta de respeto hacía otros, sino reflexionar sobre cómo el uso de distintas palabras connotan la presencia de una situación diferente.

Tal como decía el Negro Fontanarrosa, las palabras no son malas porque se peguen unas a otras, sino que son el vehículo que permite exteriorizar sentimientos y pensamientos negativos.  Puede que tal vez sea eso lo que nos lleve a verlas como malas, porque acompañadas con caras serias, con tonos de voz elevados y movimientos enérgicos son las encargadas de dar tensión e intensidad a una situación desagradable. Y esto, ese sonar rudo, fuerte y enojado es aquello que les permite cumplir su función. La interpretación y el uso de las malas palabras debe ser entendida en un contexto.

Las palabras surgen y se afianzan en su uso. Pasa con las buenas, pasa con las malas, pasa con todas las palabras porque son necesarias. Sin avalar ser hirientes o extralimitarnos, aquellos términos que pueden sonar grotescos o vulgares tienen un fuerte valor expresivo y comunicacional.  Es así como deben ser usados y comprendidos.