Sociedad

Decime cuál, cuál, cuál es tu nombre…

por Alan Laursen

27/12/2015

Todas las personas tenemos un nombre definido por la familia, la tradición, la cultura, las reglas, y un largo etcétera, que nos inviste de individualidad y por el cual somos reconocidos. Desde nombres impuestos por padres de dudoso gusto hasta los ficticios escogidos para darse a conocer al público, te invitamos a reflexionar sobre el uso social que hacemos de nuestros nombres desde que nacemos.

Decime cuál, cuál, cuál es tu nombre…

Cuando nacemos, los seres humanos somos bautizados. Y no me refiero al momento en el que nos es asignada una determinada religión sino al formal y no menos importante acto por el cual somos asentados en los registros -estatales en su mayoría, eclesiásticos en otras épocas y en algunos lugares en la actualidad- bajo determinado nombre. Es lo que nos da identidad, es aquella denominación por la que seremos conocidos y reconocidos hasta el fin de nuestros días y recordados en la posteridad.

Por supuesto que cada nombre tiene un significado propio -el origen etimológico e histórico del mismo- que poco puede tener que ver con la personalidad de quien lo porta. Pero sin dudas el nombre que llevamos posee la carga del significado que pudo haber tenido para nuestros progenitores: el gusto por ese nombre, una tradición familiar, un homenaje a alguien en particular, y otro sinfín de razones. No fue hace muchos años que el nombre solía ser definido por el santoral, es decir, que llevabas el nombre del santo que se correspondía con el día de tu nacimiento. Por ejemplo, si llegabas a este mundo un 26 de noviembre podías llamarte Leonardo, pero si nacías el 29 tenías altas chances de llamarte Virgilio. Otro aporte desde lo religioso es el significado de “gracia”. Una de las acepciones del término tiene que ver con el nombre de la criatura cuando es bautizado en la pila bautismal (¡nombre de pila!). Por eso, en otros tiempos, cuando alguien quería saber el nombre de una persona le preguntaba, “¿Cuál es su gracia?”.

Aunque el significado del nombre poco puede tener que ver con la persona y su forma de ser -como ya dijimos- hay diversas tradiciones espirituales/religiosas que conciben todo lo contrario y otorgan una relación más profunda entre las personas y sus nombres. Para la religión judía nombrar al niño es declarar para él determinado carácter y características, que marcan su recorrido de por vida. Eso pasa por supuesto al plano de las creencias.

La clase social también puede determinar el nombre de la persona. En Argentina, las clases altas suelen inclinarse más a nombres tradicionales con el cual acompañar el apellido ya de por si denotador de posición social. Llamarte Juan Pérez (con perdón de todos los Juan Pérez) no parece indicar nada respecto a la posición social de la persona, pero llamarte Álvaro Blaquier en el imaginario social inviste al nombre de categoría por más que el mencionado esté en bancarrota y de riqueza solo tenga el pasado de su apellido.

También son numerosos los casos en los que una persona pasa a ser reconocida solamente por un apodo. Quizás todos tenemos un vecino al que llamamos “Coco” durante años pero nunca llegamos a saber a ciencia cierta su verdadero nombre.

En el nombre del Estado

Pero no todo es color de rosa ya que en nuestro país, por ejemplo, hay nombres que se autorizan y otros que no, aunque en estos últimos años el listado de nombres permitidos se extendió y flexibilizó. Desde principios de 2015 el Registro de las Personas de la Provincia de Buenos Aires aceptó nuevos nombres e incluso incluyó determinados apodos como nombres, y tampoco exige que denoten el sexo de la persona ni que sea en castellano aunque tenga equivalente en nuestra lengua. Sin dudas son nuevas reglamentaciones a tono con los tiempos modernos y globalizados, mucho menos formales que años atrás. Recientemente, en la provincia de Santa Fe, el Registro Civil autorizó a una familia a anotar a su hijo bajo el nombre “Lucifer”, algo que poco le gustaría a un sacerdote a la hora del bautismo y que inevitablemente terminaría con el párroco registrando la cabeza de la criatura en búsqueda del número del anticristo. Muchas de estas nuevas “tendencias” en nombres se condicen con la reciente modificación del Código Civil de la República Argentina que flexibiliza este asunto.

¿Doctor Jekyll y Mister Hyde?

Hay personas que durante toda su vida usan un nombre que no les pertenece. No estamos hablando de robo de identidad o una doble personalidad (¿o sí en algunos casos?) sino del llamado “nombre artístico” que los famosos y actores suelen usar en vez de su nombre real por diversos motivos, usualmente porque el que les dieron al nacer no suena demasiado atractivo, comercialmente hablando. De esto hay miles de ejemplos a nivel nacional e internacional: Madonna, Bono, Lady Gaga, Freddie Mercury, etcétera. Pero para ser patriotas y localistas uno de los ejemplos más conocidos es el de Mirtha Legrand, cuyo nombre real es Rosa María Martínez Suárez. Lo cierto de estos casos es que luego de tantos años de utilizar el nombre "ficticio", decir el real para cuestiones más legales y formales debe sentirse un tanto extraño. O tal vez no. Son esas cuestiones en las que uno piensa cuando la mente empieza a volar hacía el país de las cosas intrascendentes.

Incluso los argentinos tuvimos una mujer presidente que usaba un nombre artístico, por así decirlo: María Estela Martínez de Perón, más conocida como Isabel o Isabelita Perón. Este hecho, creo, nos hace bastante únicos en el mundo, aunque esto obedece a que la señora de Perón fue bailarina e Isabel era el nombre bajo el cual se presentaba al público. Algo llamativo para agregar es que tanto Isabel Perón como Cristina Kirchner fueron llamadas en sus presidencias por su nombre de pila, mientras que a los presidentes hombres se los conoce más por su apellido (Alfonsín, Menem, De la Rúa. Solo Kirchner rompió apenas un poco esa tradición cuando se lo llama “Néstor”). Esto también se hace extensivo al mundo del espectáculo. Si te dicen “Mirtha”o “Susana” sabes inmediatamente que te hablan de Mirtha Legrand y Susana Gimenez, y no de otra decena de Mirthas y Susanas que pueda haber en la farándula. Son esos casos en donde el nombre pasa a tener una relación muy fuerte con la persona que lo porta.

Retomando, algunos artistas o personas escogen un pseudónimo solo para hacer pública su obra de manera anónima por motivos diversos: desde la persecución política hasta la timidez, pasando por la vergüenza.

Sea cual sea nuestro nombre, hay muchas personas que están felices con él y muchas otras que reniegan del mismo y no entienden en qué estaban pensando los padres en el momento que lo eligieron. Esa gente que cuando va a votar sufre cuando el presidente de mesa dicta “Pérez, Anacleta Rigoberta”. Si al menos tenés dos nombres y uno de ellos te gusta, zafaste, lo podés esconder la mayoría de las veces. Pero que al votar te lo recuerden en voz alta para toda la concurrencia puede ser traumático si es que ese tipo de cosas te generan incomodidad. El Estado recibe muchas veces pedidos de individuos deseosos de cambiar el nombre que sus padres le han impuesto por considerarse heridos o burlados por la sociedad, especialmente si el apellido no ayuda mucho en la combinación.

En Magna nos gustaría saber si tenés o conoces a alguien que tenga algún complejo o trauma con su nombre.


IMAGEN DE LA NOTA: speakinglatino.com