Sociedad

Decir o no existir, esa es la cuestión

por Yasmín Suyay Jalil

27/07/2018

Las pantallas y conexiones digitales cambiaron nuestros días y las relaciones con los demás. Yasmín Jalil nos invita a reflexionar sobre esas publicaciones que hacemos -o no- en nuestras redes.

Decir o no existir, esa es la cuestión
Nuestra identidad digital puede ser diferente a nuestra identidad madre, la del mundo corpóreo. | Imagen: revistavirtualpro.com

Desayuno en mi escritorio ya con la notebook prendida. Repaso qué hacer, miro las “noticias” en mis redes y encuentro algunas notas: “¿Qué decimos cuando no decimos nada?”, un artículo que habla de la comunicación no verbal, las posturas y los gestos. De rebote roza la discusión de responder o no responder frente a ciertos ataques y adversidades; y es ahí donde me hace pensar más allá.

Hoy la era digital nos tiene en constaste conexión. Estamos quietos, sentados, caminando, almorzando, pero siempre “conectados”. Facebook, Instagram, Twitter, Linkedin (¿Happn o Tinder?), abrimos todo junto, los e-mails incluidos. Siempre hay algo que ver, siempre algo nuevo que aparece para leer y mirar. Estamos ahí una gran parte del día mientras hacemos otras cosas. Estamos, ¿pero quién sabe que estamos conectados? ¿Quién sabe dónde y viendo qué?

La era digital hoy nos obliga a hablar para existir. Tenemos que expresarnos: en una publicación, una foto, con un like, compartiendo algo o en un comentario. Ver, solo ver, no alcanza. Incluso -y sobre todo- en los chats como WhatsApp. Para estar tenemos que decir. Más allá de lo que en sí mismo digamos, más allá del propio contenido. La sola presencia –pasiva- no alcanza para estar y sobre todo “conectar” con los otros (nuestros amigos, seguidores, contactos).

Hacernos un usuario en cualquier red social es voluntario y nos hace existir en ese mundo. Es nacer por propia elección. Nuestras costumbres, pensadas o no, irán formando nuestra identidad digital, así como sucede en el mundo corpóreo.

Sin embargo, el silencio digital es mucho más profundo que en un encuentro cara a cara, donde los tímidos e introvertidos co-existen: en una reunión se ven, se notan, están presentes aunque conservando su propio ritmo.

En el mundo digital, puede que muchos queden cómodos en esa postura de observar y elegir no hablar. Sin embargo, eso no alcanza para conectarnos, para que se sepa que existimos, para que los otros sepan lo que creemos, lo que vemos o lo que no.

Pero el mundo digital va más allá. Los diarios y revistas digitales también nos piden existir. Nos dan la posibilidad simple de comentar ahí mismo, o de compartir la nota en redes -para que así podamos mostrar lo que pensamos, y marcar que lo leímos-. Leer e informarse es un hecho pasivo, que antes tal vez surgía en una charla, pero que hoy compartimos y del que opinamos por distintos canales.

Sin embargo, esta expresión digital no sólo se trata de existir, sino también de cómo lo hacemos. Por ejemplo, nuestra identidad digital puede ser diferente a nuestra identidad madre, la del mundo corpóreo. Uno puede ser muy extrovertido en la vida real, y publicar poco en redes o hablar de manera escueta por WhatsApp, por ejemplo. Eso no nos cambia como persona, pero alguien que nos conozca solo por redes sociales pensará diferente de cómo somos. Incluso, en redes, nuestra identidad tiene menos elementos para darse a conocer y queda mucho más en cómo el otro interpreta eso que ve. Es decir: hacemos uso de emoticones, pero hay pocos gestos, tonos de voz, quizás audios en algunos casos, pero no los suficientes. Pueden aparecer pausas –que parezcan silencios y cambien el sentido- pero pueden deberse a algo que pasó a nuestro alrededor y no nos permitió contestar fluidamente.

En definitiva, -pienso mientras voy terminando mi desayuno- la era de las pantallas y redes sociales está creando un nuevo espacio de existencia y conexiones. La realidad corpórea y la digital no se reemplazan una por otra: conviven y se retroalimentan, cada una con sus reglas y pormenores. En cuerpo y presencia podemos tomar mate hablando poco e igual estar con nuestros amigos. Los silencios complementan. En cambio, en el mundo digital el silencio y la pasividad nos exponen al riesgo de no existir o, más bien, de que nadie sepa que existimos.