Cultura

Efecto Jelinek: la generación que olvidó los libros

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27/10/2014

Efecto Jelinek: la generación que olvidó los libros

“No soy de la generación de leer libros”, dijo la modelo una vez. Comentario sociológico de Karina Olga aparte, algunas cifras indican que la lectura de libros disminuye paulatinamente año a año, especialmente entre los jóvenes. Los nuevos consumos culturales parecen haber relegado al libro a un sector marginal entre los medios de entretenimiento. ¿Qué conclusiones se pueden sacar? En Magna te invitamos a reflexionar sobre hábitos de lectura y costumbres contemporáneas. ¡Pasá y leé!

Por Alan Laursen | alaursen@revistamagna.com.ar

Me considero un asiduo lector y desde hace muchos años -desde mi niñez, para ser más específico- soy socio de una biblioteca. Siempre me ha gustado leer y, excepto en las épocas más cargadas de tareas de mi paso por la Facultad, nunca dejé de leer libros de variada temática. Tampoco en mi casa han faltado libros ni lectores. Se puede decir que visito con frecuencia la biblioteca, y algo que me llama la atención es que cada vez que voy a cambiar mi libro ya leído por uno por leer, veo que casi no hay jóvenes retirando ejemplares. En general la mayoría son personas grandes, mayores diría. No es que esto me provoque algún tipo de incomodidad en mi autoestima, pero no deja de resultarme llamativo. ¿Qué relación guardamos los argentinos con la literatura?

La lectura en Argentina

Borges dijo una vez que su imagen del paraíso era una especie de gran biblioteca. Seguramente para nuestra generación el paraíso sea un parque con mesitas y Wi-Fi gratis (y con buena velocidad). Admito que la idea es tentadora, pero también me gustaría que en ese paraíso, detrás de unos árboles, puedas encontrar una escalera y subirla con la notebook en la mochila esperando encontrarte con miles de estantes cargados de libros (y una buena base de datos en una PC para no perderte entre millares de títulos). Como sea.

Los jóvenes que en general veo en las bibliotecas van a buscar alguna información puntual para tareas escolares. Y estimo que son muchos menos de los que iban en mi época de secundaria, apenas una década atrás. Claro, Internet ahora es más masivo, además de un recurso informativo instantáneo e inmediato.

Leer es poner en funcionamiento la imaginación, inventarle rostros a un personaje, diseñar los escenarios en nuestra mente... | Imagen: someinfinitiesphotography.com

Basándome en datos oficiales, la Encuesta Nacional de Hábitos de Lectura 2011 arrojó la sorprendente cifra de que un 90% de los argentinos de más de 18 años de edad lee habitualmente durante al menos 15 minutos. La encuesta realizada por el Consejo Nacional de Lectura y la Universidad de Tres de Febrero se llevó a cabo sobre 3600 casos en ciudades de más de 30.000 habitantes. Tal como lo resaltara el Ministro de Educación Alberto Sileoni en 2012 al presentar los resultados en rueda de prensa, “el concepto de lector se entiende como toda persona que declare leer libros, diarios, revistas, textos digitales y otros materiales, aunque sea de vez en cuando y por 15 minutos de manera sostenida".

Muchas voces críticas se alzaron en ese momento discutiendo ese concepto de lectura, tan amplio y ambiguo a la vez, en dónde un artículo de revista está a la misma altura que una novela, y un mail y el diario a la de un libro de poesía. Algunos dejaron entrever que se trataba de una encuesta para hacer autobombo. Sea como sea, los resultados de la misma pueden verse on line en el sitio web de dicha institución y están disponibles para ser descargados en formato .pdf.

Ese mismo año y desde la órbita privada, la agencia de medios Quiroga junto a TGI-Ibope realizó una encuesta similar entre febrero de 2011 y enero de 2012 sobre más de 10.000 personas de entre 12 y 75 años en todo el país, que arrojó datos opuestos a la antes mencionada. El panorama es desalentador ya que registra una caída en el hábito de lectura, especialmente entre los jóvenes-adolescentes respecto a 2004 (de un 15% a un 7%). Por ende los jóvenes prefieren formas de entretenimiento alternativas para sus ratos de ocio, privilegiando otros consumos culturales (abundantes en oferta y formas) antes que la lectura DE LIBROS. Entonces sólo un 11% de los argentinos (en general) elige leer libros (descartando otras lecturas como la de diarios, revistas, mails, etcétera). Ambas encuestas fueron replicadas en Internet por diversos medios de comunicación por lo que todos los datos -sean considerados confiables o no- están disponibles para su estudio, en dónde pueden encontrarse también detalles y segmentaciones demográficas, etarias, socio-económicas, entre otras.

¿Por qué leemos menos?

Al parecer, la diversidad de ofertas de consumos culturales logró que la lectura de libros no esté entre las principales opciones de entretenimiento para las nuevas generaciones. De a poco la TV lo fue haciendo y con Internet -y la variedad de dispositivos tecnológicos con aplicaciones- parecen haber convertido a la lectura sostenida y reflexiva -y como entretenimiento- en una rareza.

Pero también se puede pensar desde otros ángulos. Me remito a un párrafo de la antropóloga y socióloga francesa Michèle Petit en una de sus conferencias titulada El miedo al libro respondiendo a la pregunta “¿Cómo se vuelve uno lector?”:

 “…en buena parte (es) una cuestión de medio social: cuando se ha nacido en un medio pobre, aún cuando se haya recibido alfabetización, los obstáculos, los tabúes (…) pueden ser múltiples: pocos libros en el hogar, la idea de que eso no es para uno, la preferencia que se le da a las actividades de grupo sobre estos 'placeres egoístas', las dudas respecto a la 'utilidad' de esta actividad, la dificultad de acceso al lenguaje narrativo, todo puede unirse para disuadirlo a uno de leer. A esto se agrega que, si se trata de un muchacho, los amigos ponen un estigma sobre el que practica esta actividad 'afeminada', 'burguesa', que para ellos se asocia con el trabajo escolar”

Esta frase se ha hecho popular y hasta fue utilizada por una cadena de librerías para una campaña publicitaria. | Imagen: frogx3.com

Tal vez, y aunque suene muy categórico, muchos adolescentes no admitan con orgullo que leen porque es una actividad de “nerd”, de “traga”, cuyo gusto por ella no es oportuno confesar si se quiere pertenecer a un grupo y estar “actualizado”. Es una especie de tabú confesarse lector. Incluso se llegaría a pensar -en ese caso- a la lectura como una actividad contrapuesta a otras prácticas y no complementaria o al menos compatible. Un joven de sectores vulnerables que lee puede ser considerado un pretencioso y un “cheto” por acoplarse a una actividad que entre sus pares puede ser vista negativamente. Uno con más acceso a medios puede ser tildado de “raro” al no estar a tono con costumbres más propias de la juventud actual, que aunque no necesariamente son negativas, son diferentes y tienen más que ver con la interacción grupal. Tal como indica Petit, leer es un placer egoísta. Es un encuentro con uno mismo. Uno ante el texto. Es poner en funcionamiento la imaginación, inventarle rostros a un personaje, diseñar los escenarios en nuestra mente, poniendo en juego la descripción de lo que se narra y aportando lo que nuestra mente crea libremente, sin intermediarios.

¿Algo más que se pueda agregar? SÍ. El costo de los libros es altísimo en estos días. Comprar libros es casi un lujo. Afortunadamente las cuotas de socio de las bibliotecas populares son bajas y accesibles y siguen -contra viento y marea- desempeñando perfectamente la función para la que fueron creadas: acercar masivamente a la gente a los libros, sin distinción económica. Hay libros para todos (si se me permite usar el latiguillo oficial), la cuestión es acercarse a ese mundo de letras, tomos, tapas, lomos, contratapas y olor a papel nuevo y a papel viejo. El olor a libro.

No pienso ser fatalista y pensar en argumentos apocalípticos de obras como “Fahrenheit 911”, en la que tener libros estaba prohibido socialmente e institucionalmente, y quien lo hacía era castigado y sus pertenencias quemadas. O en “El Quijote”, dónde el sacerdote quemaba los libros de Alonso Quijano (El Quijote de la Mancha) por considerarlos responsables de su locura. Una especie de condena social al hábito de la lectura. Afortunadamente los libros son aún hoy un objeto de culto, valorados y glorificados en muchos casos. Pero claro, en el mundo de la inmediatez, del TODO YA, de lo breve, el libro parece desentonar. No todo está perdido. El libro tiene larga vida y mientras haya aunque sea un puñado de lectores habrá libros.

Señora, señor: si su hijo se queda hasta tarde acostado con la luz prendida, si descubre que bajo las sábanas se distingue la luz de una linterna, si deja un rato la silla de la computadora libre aún estando en casa, no se asuste. No llame al médico. ¡Sólo está leyendo!