Cultura

El "gataflorismo" nunca pasa de moda

por Natalia Coderch

20/08/2014

Lo impredecible -el no saber qué va a pasar- genera cierta adrenalina que mantiene a las personas en vilo y las hace seguir expectantes e ilusionadas con volver a ver a alguien. Hacerse desear un poco o generar un tire y afloje -al mejor estilo “gata flora”- siempre surte efecto cuando lo que se busca es que el otro siga interesado.

El
Que los hombres se hagan los difíciles puede volver realmente locas a las mujeres, lo que mantiene su interés. | Imagen: aguilardigital.es

Estás en el boliche y de repente, entre la multitud, lo ves a él. Alto, morocho, grandote, con unos terribles ojos y una sonrisa de publicidad de dentífrico. Él te mira también. Mirada va, mirada viene y, como por arte de magia, la distancia que había entre los dos se acorta y… ABRACADABRA, lo tenés parado al lado tuyo.

Jugando al distraído como si jamás le hubieras echado el ojo, le das la espalda haciéndote la linda. De pronto se te pone enfrente  y con su voz gruesa de locutor radial te dice: “Hola belleza, soy el Chipi”, y el muy desubicado te saluda con un beso en la mejilla. Sí, escuchaste bien, le metió un artículo adelante a su apodo, como si fuera alguien famoso que habla de sí mismo en tercera persona, y además te dijo “belleza”, trillado y bien mersa, pero te explotó el corazón de la emoción.

Convengamos que además de esa presentación, zarpada en cursi, se desubicó con el besito en la mejilla, y ese desubique te generó una mezcla de sentimientos encontrados. Sin siquiera conocerlo, ya sacaste, en una décima de segundo, su identikit. Es un chanta, chamullero, re creído, mujeriego y se hace el canchero.

Vos, bien asquerosa y con cara de oliendo bosta le decís: “¿Chipi? ¿No tenés un nombre de verdad?”. “Heriberto”, te responde él. Abrís bien grandes los ojos ante ese nombre de bisabuelo completamente fuera de moda, y aunque podrías haberte guardado tu comentario de yegua mal nacida, no podés con tu genio y le decís: “Ok, mejor lo dejamos en Chipi”.

Lo único que sabés de él es que tiene nombre de vino tinto, que le dicen “Chipi”, y que se parte de lo bueno que está. Y aunque ya decretaste que es el chanta número uno, te hechizó, y ni te importa si se traga alguna “ese” al hablar o si agrega “eses” y “enes” donde no van. Te encanta, te fascina, te deja sin aliento. Lo odias y lo amas al mismo tiempo. Y ya te imaginaste la vida entera a su lado. Él llegando del trabajo en musculosa blanca, todo engrasado, y vos esperándolo en casa en batón y pantuflas, embarazada, y con tres pequeños “Chipis” correteando por todo el lugar.

Intercambian algunas preguntas típicas de boliche: ¿edad?, ¿signo? ¿estudias o trabajas? ¿venís siempre a este lugar? Información básica, y sin mediar mucho más diálogo te encaja un beso como salido de una película de Hollywood que te hizo ver la galaxia entera en todo su esplendor. Beso va, beso viene, todo muy lindo y de repente, se acerca un amigo y le dice:”Vamos que el Colo se pasó de copas y está para atrás”. Te da un beso de despedida y te dice: “Chau belleza”, y se va.

Petrificada cual estatua de mármol te quedaste viendo cómo se iba. Y cuando estabas casi a punto de ponerte a llorar como un bebé, por culpa de el Colo, que no sabés ni quién es, pero ya lo detestas y te parece flor de gil, se acerca un chico con una servilleta de papel y una birome y te dice, “escribí tu número y tu nombre que el Chipi te llama”. Chispazos de bronca indescriptible te generó que ese chico como si fuera su manager, y vos un gato groupie que anda atrás de un Rock Star, viniera de sopetón a pedirte tu teléfono. Pero… ardiendo de furia y todo, no te pareció buena idea rehusarte a dárselo, y más veloz de lo que canta un gallo, escribiste tu celular, el teléfono de tu casa, el de la oficina con tu número de interno, tu dirección de mail, y tu Twitter, y firmaste “Erica”, con una carita feliz y dos corazoncitos, y la remataste con un “llamame”, bien de regalada.

Durante toda la semana le quemaste el cerebro a tus amigas hablando de Chipi. La semana entera pasó, y no te llamó. Entonces te pusiste a pensar: “¿Será que la cantidad de números de teléfono que le dí no fueron suficientes? ¿No llamó porque no le gusté?”. Y te respondés a vos misma: “Si no le hubiera gustado entonces no me hubiese avanzado, ni tampoco me hubiera pedido el teléfono”. Y seguís teorizando y teorizando incansablemente sobre por qué no llamó. Y entre las opciones que barajaste llegaste a la conclusión de que a lo mejor tiene novia, o está casado, o es gay, o tal vez tuvo un accidente, o perdió la memoria, o tenía mucho trabajo y no tuvo tiempo para llamarte, o quizás anotaste mal todos tus números, sí debe ser eso, sino no puede ser que no haya llamado. Pero la opción que definitivamente más te convenció, es que “su manager”, perdió la servilleta con tus datos. Pero pasó otra semana, y la esperanza de que Chipi llame se iba esfumando cada vez más. Y cuando ya te estabas des-obsesionando, suena el teléfono. Atendés con voz de ultratumba y con enorme desgano pensando que te llaman para una encuesta de audiencia, pero no, una voz gruesa y bien varonil al otro lado del teléfono dice: “Hola, con Erica por favor”. “Sí, soy yo”, respondés. Y la voz en el teléfono dice: “Hola belleza, soy el Chipi, ¿te acordás de mí?”. En ese preciso instante te moriste, viste la luz blanca al final del túnel, y volviste a la vida.

Que sí me acuerdo, que pim y que pam, y cierran la charla sellando un encuentro. Te dijo que te invita a cenar y te pasa a buscar esa misma noche. Más emocionada que un nene abriendo los regalos de Navidad te imaginás una cena a la luz de las velas comiendo spaghetti como en la película animada “La dama y el vagabundo”. Pero lejos, muy lejos de tu imaginación y de tus expectativas, terminan comiendo choripán con chimichurri en un carrito de la costanera. Si bien no era “la cita” de tus sueños, fue tan sencilla, descontracturada y original, que te cautivó.

Si Chipi hubiera llamado ni bien ponía un pie fuera del boliche ella hubiese pensado que era un pesado y el interés que él había generado sobre ella se hubiese ido esfumando de a poco. Si Chipi la llamaba a los tres días, hubiese sido lo esperado, porque tres días es el tiempo prudencial que se supone que un tipo tiene que esperar para llamar a una mina, para no quedar como desesperado y hacerse desear un poco.

Si él la hubiese llevado a cenar a un restó a la luz de las velas, no hubiese tenido gracia, porque ella ya se lo había imaginado así. En cambio lo que él hizo, Erica nunca se lo esperó, y por eso la descolocó, y por eso le generó ese hormigueo en el estómago, porque sus expectativas se vieron superadas, porque la realidad superó a su imaginación, y eso le gustó.

¿Si el Chipi era lo que Erica se imaginaba? Sí y no. La realidad superó todas sus expectativas. No saber con qué le va a salir, o si la va a volver a llamar o qué es lo que va a pasar. La incertidumbre la tiene en vilo y eso es lo que le llama la atención y lo que lo hace a él tan irresistible, más allá de que se parte de lo bueno que está. Siempre hay un roto para un descosido, o siempre hay un “Chipi” para una Erica. ¿Quién sabe? No hay una regla ni un manual que diga cómo se hace, pero la experiencia indica que la clave quizás esté en generar un tire y afloje, al mejor estilo “gata flora”, o en dejar siempre la puerta abierta para ir a jugar.