Somos Raros

En algo hay que creer

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03/03/2015

En algo hay que creer

Sobrellevar una infancia sin la magia de lo inexplicable puede ser duro. Más si tus viejos ni siquiera te hacen el cuento de los Reyes Magos. O del Ratón Pérez. O te aclaran que E.T. es sólo un muñeco.

Por Bárbara Schtirbu

Mis papás son judíos no practicantes. Ni repasantes. De hecho, religión se la llevaron a marzo y todavía la tienen pendiente. El resto de la familia sí hizo los deberes, es creyente. En mi casa la cosa quedó como un volcán inactivo. Hay un apellido imponente que asusta cuando se lo pronuncia: “SCHTIRBU”, pero la lava de la fe te la debo. Siempre sentí que somos el eslabón perdido del judaísmo.

"Siempre me quedó la duda de cómo hubiese sido todo con un Jesús, Jehová, Cristo, Buda o Gauchito Gil al que no se pueda ver, pero se pueda imaginar". | Imagen: etsy.com

Hay fiesta de la colectividad, nos enteramos porque nos vienen a saludar:

-Feliz “Pésaj”.

-Ah, sí, ¡gracias, gracias!

Y vamos corriendo a googlear: “Pé-saj”

Para nosotros, las tradiciones siempre fueron palabras que sonaban de algún lado. Nunca se habilitó eso de creer en algo porque sí. Lo inexplicable se quedaba afuera, apoyando la ñata contra el vidrio. Creo que una vez tuve un amigo imaginario, y le tuve que dejar de hablar.

Yo sé que si a mi viejo un día se le aparece un tipo sin piernas, largando fuego por los ojos y volándole al lado, él le va a encontrar una explicación:

“¡¿Qué fantasma?! Es un murciélago grande cruza con humano”.

De ese nivel de escepticismo hablo.

Este desarraigo religioso en ellos no siempre fue así.

Parece que mi papá a los 18 años se agarró un ateismo agudo (por poco no la cuenta). Fiebre, descreimiento cardiovascular, pérdida de espíritu. Adiós Dios. Cuando se recuperó, solo adoraba a la teoría del Big Bang y a River. Creo que hasta intentó des-circuncidarse (por poco no la cuento yo).

Mi mamá, en cambio, siguió manteniendo el estatus hebraico, sólo por honor a los knishes -siempre se los halagaron-, y yo diría que meter culpa y dramatizar también le sale muy rico.

En el medio de todo este abandono de la fe, aparecí yo. No fue fácil entender de chica ese exceso de arraigo al mundo. Los ángeles no existen, los Reyes Magos no existen, E.T. es sólo un muñeco, si no tomás la sopa crecés, pero te fajo. Para que mi viejo aceptara mentir con el Ratón Pérez, sé que mi mamá le pasó guita.

No fue falta de cariño, fue exceso de racionalidad.

Y como sobrellevar una infancia sin la magia de lo inexplicable iba a ser duro, yo tomé la oculta decisión de hacerme católica aunque no entendiera tampoco qué significaba eso. Un buen día empecé a persignarme en chiquitito, para que mi vieja no se diera cuenta. Hacía crucecitas en la ropa con el dedo cada vez que pasaba frente a una iglesia y decreté que era enviada de DIOS: “LA ELEGIDA”.

Creo que ese autoengaño misericordioso me hizo vivir momentos de mucha euforia. Claramente, si todavía creyera que soy un designio celestial, ahora les estaría escribiendo desde un banquito en el parque del Moyano.

Fue sólo durante unos cuatro o cinco años que tuve una gran convicción sobre lo religioso y lo mágico. Todo era una señal de complicidad entre el barba y yo. Si me frotaba los ojos y veía lucecitas: una señal.  Me tocaban las figuritas que me faltaban para llenar la hoja del álbum: señal. Dios estaba conmigo. No había dudas. Yo era LA ELEGIDA. No sabía muy bien para qué, pero estaba bueno. La necesidad de ser especial ya estaba cubierta así que podía tirarme a ver tele, comer chizitos hasta reventar y esperar a crecer. Fui muy feliz hasta que un día Dios se tomó el palo.

Nunca supe muy bien si se ofendió por algo que hice o si yo manejé mal mi puesto en la Tierra. Sólo me acuerdo que de a poco fuimos dejando de hablar, y cuando finalmente se fue, se llevó algo grande de mí. Me apagué.

En casa seguían adorando a Freud y a Newton y yo ya no supe qué adorar. Clavé los pies en la tierra a la fuerza y se me “enjuanetó” la vida.

Me volqué al morfi, como toda adolescente confundida, pasé por 568 terapeutas que me ayudaron a volcar mis problemas en mi familia, más tarde me volqué al trabajo y acto seguido volqué por exceso de quemazón. Hice mi camino, como cualquiera, pero siempre me quedó la duda de cómo hubiese sido todo con un Jesús, Jehová, Cristo, Buda o Gauchito Gil al que no se pueda ver, pero se pueda imaginar. Hoy en día lo más omnipresente que tenemos muchos es Facebook.

“Las lucecitas verdes de cada día dámelas hoy”

"Para mí hay algo, tipo una energía". ¡Qué frase más chota! Todos los que no practicamos una religión lo decimos, pero tampoco investigamos demasiado. Algunos van un poco más allá de la nada misma y se ponen a estudiar Reiki. El resto hablamos como si trabajáramos en Edesur.

Yo no sé si es si es que te volvés más espiritual (otra gran frase hecha) o que en verdad, con el correr de los años, te ponés más emotivo y recordás cosas de la infancia que vuelven dejando sensaciones fuertes. La otra vez olí pasto mojado a la noche y es como si se me hubiese destapado una arteria. De chico se puede creer en todo, y eso es genial.

“Ateísmo mata ilusión”. Uno crece, se enoja con el mundo, se pone a vivir al ras del piso y al final, en el mejor de los casos, se vuelve a amigar y vuela un poco de nuevo. Aceptar lo inexplicable sin querer encontrarle un sentido asusta, pero también nos llena de ganas.