Tecnología

Esclavos del siglo XXI: los humanos y la tecnología

por Alan Laursen

04/05/2016

A veces las miles de ventajas y funcionalidades de los nuevos dispositivos nos vuelven esclavos de nuestras creaciones y nos alejan de nuestras propias libertades, capacidades y del contacto con el entorno y las experiencias no-virtuales ni mediadas por dispositivos con nuestros pares.

Esclavos del siglo XXI: los humanos y la tecnología
Imagen: semana.com

Hay varias certezas que tenemos respecto al siglo XXI, una de las más importantes es que la brecha entre el pensamiento, las herramientas y los conocimientos entre las generaciones es mucho más cambiante y diferente que entre las anteriores generaciones. Cambios tecnológicos y de paradigmas que durante siglos llevaban un proceso más lento, en el siglo XXI (y gestados en el siglo XX) los cambios son más rápidos, radicales y efímeros. Podemos tener un día la computadora más veloz del mundo que al medio año ya será al menos la mitad de rápida que la nueva que acaba de salir. Nuestros smartphones tienen miles de veces más capacidad, velocidad y funciones que las computadoras del pasado. El frenesí tecnológico parece no detenerse, sino todo lo contrario: cada vez es más rápido y complejo y día a día se asemeja más a lo que otras generaciones hubieran imaginado como una lejana e improbable historia de ciencia ficción.

La revolución industrial nos demostró que las herramientas que el hombre crea terminan creando al hombre. Nuestros nuevos inventos y mejoras tecnológicas moldean al hombre en su vida cotidiana, en sus hábitos, costumbres, cultura y en infinidad de aspectos acentuándose cada vez más a medida que la complejidad de las herramientas y tecnologías aumentan.

No es la intención hacer un tratado filosófico, antropológico o sociológico respecto a la relación del hombre con la tecnología que crea, sino más bien el plantear desde los hábitos cotidianos cómo esa relación nos ha afectado y en algún punto se asemeja a un estado de esclavitud con los objetos tecnológicos.

El celular, ese demandante compañero

Si perder el celular es una tragedia, olvidárselo en la casa en algún punto es una complicación y un mal trago. La posibilidad de comunicarnos con las personas con la telefonía móvil desde cualquier lugar nos dio la libertad de poder hablar por teléfono sin estar en el encierro del hogar. Sin embargo pagamos el precio de perder la libertad de sentirnos incomunicados sin culpa ni miedo. Alejarnos de nuestro smartphone -ahora que prácticamente la función de “hablar por teléfono” ha quedado relegada respecto a las otras formas de comunicación o ha mutado- significa no estar al tanto de los correos electrónicos recibidos, de los mensajes de los hijos para saber donde están y si están bien, de los avisos de WhatsApp, de los estados y actividades de Facebook, de Instagram, de Twitter y no tener a mano la cámara para una selfie o para subir una foto de algún acontecimiento que nos está pareciendo trascendental como para comunicar visualmente.

Hoy en día, para muchas personas abandonar el celular o alejarse prolongadamente de él es casi como perder la mano derecha. Toda nuestra vida está allí, nuestros contactos, nuestra planificación, datos importantes, casi como perder la memoria. Si hasta el reloj ha perdido terreno con el celular, que nos da la hora, nos sirve de alarma, de agenda y nos da el clima, amén de todas esas apps que nos brindan miles de funcionalidades de las que por costumbre nos vamos haciendo dependientes.

El teléfono es un amigo posesivo que no quiere despegarse. Si se queda sin energía tenemos que alimentarlo, pero eso no significa que lo dejemos descansar siempre. Corremos presurosos a enchufarlo, quedándonos pegados a la pared como si estuviéramos atados por un grillete de alambres y conexiones eléctricas, alejándonos solo lo que el largo del cable del cargador nos permita. O encerrados en el área donde mejor señal de teléfono tengamos, o donde mejor agarremos el Wifi.

Escuchar para no escucharnos

Desde la invención del walkman y el discman, los deportes al aire libre se hacen con música. Claro que en estas épocas de las memorias digitales masivas, el andar con CDs y casettes dejó de ser necesario, pudiendo tener miles de temas musicales en un solo dispositivo pequeño, liviano y transportable.

Una de las nuevas microtragedias cotidianas ha pasado a ser el quedarse sin auriculares. Que se te rompan es un problema descomunal. Tener que salir a caminar sin ellos es casi un hecho extraño y más cuando el objetivo es caminar por caminar, por ejercicio. ¿Qué nos va a hacer más llevadero el paseo? ¿Qué hacemos sin nuestra música que nos transporta al interior de nuestros pensamientos y nos hace volar? El auricular es casi una parte vital del cuerpo humano como las piernas a la hora de desplazarse. Nos evade del mundo exterior. Es una barrera que nos aleja de posibles interacciones no deseadas con desconocidos, nos impide escuchar alguna burla al pasar, nos puede proteger de los bocinazos, aunque también puede evitar que escuchemos al auto que nos está por atropellar y la catarata de insultos que recibimos si logran esquivarnos (y si no nos esquivan, seguramente también).

Comentario aparte merece el “manos libres”, que hace que la gente se vea graciosa y cuasi lunática por la calle. Cuando cruzamos a alguien utilizándolo no sabemos si se trata de un loco que habla solo o de una persona que está comunicándose con otra por medios tecnológicos.

Renegados de lo tecno: revolucionarios del siglo XXI

“No uso Facebook” es una frase que suele descolocar a más de uno especialmente si quien la emite es una persona joven. “¿Me estás diciendo que no tenés WhatsApp?” es una frase de sorpresa común y puede terminar en desmayo si el increpado saca del bolsillo un Nokia 1100 (¿vale el chivo?). Ciertamente hoy, si tener el teléfono pegado al cuerpo y estar hipercomunicado te da lo mismo, sos un revolucionario. Especialmente si sos joven, repito.  No es que vayas a generar una revolución, porque inevitablemente la tecnología avanza. Pero sí probablemente te van a ver como a esos personajes que hablan de revolución desde un lugar utópico y cuasi estereotípico.

Quizás algunos casos sean más extremos que otros, pero ciertamente tampoco hay nada de malo en ello. Resistirse a la tecnología no es pecado. Usarla lo mínimo y necesario solo para cuestiones concretas y de fuerza mayor mucho menos. Porque la tecnología de la comunicación es inevitablemente un camino de ida en donde si quedás atrapado es probable que no puedas escapar jamás.

No intento con esto plantear una visión negativa sobre las tecnologías, y menos de las de la comunicación y la información. Pero pienso que quizás tener momentos de alejamiento de ellas, de extrañamiento, de dejar de sentirlas como vitales y verlas como accesorias, no está nada mal. Porque –y perdón si suena cursi, romántico o un lugar común- no hay app ni tecnología (aún) que reemplace un café o mate con amigos,  un almuerzo familiar y el aroma al asado o el tuco de mamá, el olor a tierra mojada los días de lluvia, el agua que golpea el techo y los truenos en las noches de tormenta y muchas otras cosas más que solo la naturaleza puede ofrecernos. Porque si nos desconectamos de todo eso, los que terminamos descargados y sin energía somos nosotros.