Somos Raros

Escuchar y dejar escuchar

por Bárbara Schtirbu

12/03/2015

La vida del "inhibido musical" puede ser muy dura. ¿Cuál es el problema si nos gusta Arjona? ¿Podemos decirlo? ¿O seremos severamente juzgados por ello? Diatriba de una joven que debió recurrir a unos auriculares para darle rienda suelta a sus gustos sonoros.

Escuchar y dejar escuchar

A veces te despertás cantando. Almorzás y seguís tarareando, y ya para la tarde empezás a preocuparte. “¿Qué carajo me pasa? No puedo dejar de repetir Mariposa technicolor”. Y en el laburo no te bancan más. Y son las diez de la noche y ya estás pensando en ir a la guardia o empezar a googlear a ver si es el comienzo de una demencia senil aunque tengas 30.

Hay temas que se te graban y en algún momento resurgen en tu vida, pero no en cualquier momento. Aparecen cuando tenés una preocupación, una alegría, un miedo, un deseo. Es como si la letra se activara para decirte algo. Una vez estuve una semana entera repitiendo el estribillo de una canción de La Vela Puerca:

“Soy de la ciudad, con todo lo que ves. Con su ruido, con su gente, consume vejez… me voy volando por ahí y estoy convencido de ir… me voy... silbando y sin rencor y estoy zafando del olor…” 

No era muy difícil de decodificar lo que me pasaba: estaba de culo con el mundo. Me quería ir del sistema solar. Hoy no sé si le pagaría $400 a un analista para que me explique que estoy harta de la ciudad. En esa época sí lo hice, y además de quedarme pobre, me quedaba pensando a dónde me tendría que ir a vivir para ser más feliz.

Seguí en Buenos Aires, tarareando bajito. Muy bajito. Cada vez más bajito.

La censura

“Tenés el oído roto”. Un día me lo dijo un compañero. Fue una frase nomas, pero para mí marcó el comienzo de la inhibición musical en mi vida. Salí del laburo y me fui derecho a comprar mis primeros auriculares a prueba de todo.

Y es que ya no podía enarbolar con orgullo la bandera de Ricardo Montaner o Alejandro Sanz sin sentir que estaba lastimando a la gente. Empecé a cantar en silencio, cada vez más para adentro. Digamos que empecé a dar recitales gratuitos para mis órganos y vísceras.

A veces, si los auriculares no se conectaban bien a la compu y salía mi música libremente, me empezaba a latir el corazón, transpiraba, pedía disculpas. Y si alguien pasaba cuando estaba descargando algún tema, minimizaba la pantalla.

Me volví cobarde.

-¿Qué música te gusta?

-Y… un poco de todo.

Fin de la charla. Prefería que me pregunten de qué signo era.

Es que, en serio, cuando quieren saber qué me gusta escuchar, a mí se me arma un conflicto interno. Mi corazón dice: “Latinazos”. Mi cabeza retruca: “Decís latinazos y te cortó los víveres”. Dicho y hecho, acto seguido llega el bloqueo mental. Empiezo a pasarla mal  y me atajo por todos lados. Soy la ARQUERA MUSICAL.

-No, no sé, escucho de todo, no tengo algo puntual, variado. Música de los 90´s, de los 80´s, de los 70´s, de la llegada de Colón a América. Tranqui, tipo “Aspen”. Soy amplia. Sí, digo “Soy amplia”. Como si fuera una cocina comedor.

La nada misma. Tiro 300 frases por segundo y la persona que me escucha me mira como si estuviera hablando en árabe. Y la verdad es que podría decir mucho de lo que sí me gusta, pero la procesión va por dentro.

Intentar es forzarse

-Escuchá la letra de este tema, es increíble.

-A ver… Sí, ta buena.

-¿Te gustó? Te paso la discografía entera de la banda.

-¡Dale, buenísimo! (traducción: mátenme)

La letra puede ser brillante, pero que no te produzca naranja.  Y también puede pasar que esa conexión se dé mucho tiempo después, en otro momento de tu vida.

¿Qué puedo hacer si ponen salsa o bachata y a mí me bailan hasta las pecas? O si Calamaro me cae bien, o si el primer CD que me regalaron fue de Patricia Sosa y me quedó el recuerdo y la canto. ¿Internarme? ¿Hacerme ver por un otorrinolaringólogo con master en trastornos mentales? Eso deben pensar muchos que me escuchan tararear a Juan Luis Guerra o los que me pescan bajándome una canción de Sin Bandera.

Y no, todo este descargo a la autenticidad “cancionil” no finaliza con un “Lo confieso: me gusta Arjona”. En algún momento me gustó y puedo decirlo tranquilamente (no tan tranquilamente, lo acepto). Creo que hay un plan casi extraterrestre para hundir a este hombre, que no sólo la hizo muy bien con su fama y fortuna, sino que además tiene millones de mujeres que lo aman. Hay gente a la que sinceramente no le gusta, pero para mí también hay una secta que lo utiliza para descargar sus broncas. Una especie de CATÁRSIS ARJONIANA.

-¿Cómo andás?

-Medio bajón. Debe ser porque escuché un tema de Arjona.

-¿Vos?

-Ahí, con quilombos de guita. Y pensar que Arjona vende dos entradas y gana seis veces más que yo.

-¿Qué tal la piba con la que saliste?

-Se cortó la onda. Tiene un ringtone de Arjona en el celular.

-Uff, durísimo.

Es difícil la vida del INHIBIDO MUSICAL. En el trabajo se tiene que enfrentar a los grupos musicalizadores oficiales (son como matones que llevan el poder del sonido en una oficina). “¿Quién pone música?" Alguna que otra vez levanté un dedo tímido (porque la mano era demasiado). Nadie lo veía. Para mi cumpleaños me dejaban poner dos canciones.

Igual yo tengo una convicción (porque muchas no tengo, pero esta es una): NO SE PUEDE JUZGAR AL OTRO MUSICALMENTE.

Que me digan que tengo el oído roto es una injusta denuncia. Primero porque mi oído está bien. Segundo: ¿qué sería tener el oído sano? La música, sea lo que sea que escuchemos, te llega o no, se te pega o no, te emociona o no. Y eso no se elije a conciencia. Si se te mueve el piecito con Metálica, buenísimo. Si se te mueve el piecito con Babasónicos, perfecto. Y si se te mueve el piecito con Sergio Denis, igualmente aceptable.

Listo, lo dije. Sé que más de uno me va a mandar una carta documento y alguno hasta piense en mandarme a matar. Lo respeto. No lo hagan igual porque: “Cuando me llegue la muerte viviré por siempre en tu corazón, cuando me busques en tus pensamientos me darás tu aliento y así volveré”. Ojalá se les pegue.