Turismo

Fez, el espacio peatonal más grande del mundo

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29/04/2014

Fez, el espacio peatonal más grande del mundo

Es la tercera ciudad de Marruecos con una población de casi 2 millones de habitantes. Capital del Islam, está considerada como el centro religioso y cultural del país. Su medina es de los mayores emplazamientos medievales que existen actualmente en el mundo y es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Por Julieta Mazzeo | jmazzeo@revistamagna.com.ar

Una infinita muralla se impone entre las praderas del norte de Marruecos escondiendo a una ciudad medieval entre medio de las nuevas edificaciones que la rodean. A un lado, Fez-Jdid, el barrio judío; y al noroeste, la Ville Nouvelle: la zona francesa de la ciudad. Dentro de este espacio amurallado, la medina de Fez el-Bali, el espacio peatonal más grande del mundo. ¿Alguien podría imaginar semejante extensión? Dejarse perder es, sin lugar a dudas, algo que debe hacerse.

También conocida como “La puerta azul”, Bab Bou Jeloud es el acceso principal a la medina Fez el-Bali. Construida en 1913, está compuesta por tres arcos de herradura simétricos embellecidos con una rica decoración compuesta por azulejos de tonos azulados. | Imagen: Wikimedia Commons

Pero Fez no es sólo un gran laberinto musulmán, ni un viaje al medioevo. Fez es, además, la capital del Islam en Marruecos, lo que la convierte en el centro religioso del país. Alberga, también, una de las universidades más influyentes del mundo árabe, por lo cual, una considerable población joven riega de vida sus calles. Y junto con Marrakesh, Rabat -capital del país- y Meknés, es una de las cuatro ciudades imperiales de la región.

Un vendedor de libros luce una "Jellaba", la indumentaria marroquí por excelencia, sobre todo masculina y en zonas frías. | Imagen: Julieta Mazzeo

Caminar por los estrechos pasajes de Fez el-Bali nos transporta a otra época, al contacto con otras religiones, con otro mundo. Sin lugar a dudas, el paso por un país en su mayoría musulmán como lo es Marruecos abre un paréntesis en la vida de cualquier persona: todo cambia. Los colores, aromas y sabor de sus comidas, la manera en que se visten, que nos miran, el modo en que caminan por la ciudad. Los sonidos de la ciudad. En particular de esta, en la que al ser peatonal el ruido molesto de autos, bocinas y sirenas es algo totalmente inexistente. En cambio se escuchan otras cosas. Los musulmanes hacen cinco oraciones diarias, por lo tanto parte de estar en una ciudad que alberga esta religión es escuchar los llamados de oración provenientes de la mezquita. El eco de los regateos a cada vuelta de esquina es, además, algo constante. Al principio quizás pueda resultar molesto, pero después es algo que se convierte en el deporte del viaje, un acting del cual vendedor y comprador son partícipes, protagonistas y hasta héroes. No existe compra sin regateo en esta parte del mundo.

Si buscás dónde quedarte en Fez probá alojarte en un riad, lugares que parecen verdaderos palacios. | Imagen: Julieta Mazzeo

Un impulso machista me llevó adecirle a mi compañera de viaje que Fez el-Bali no era un lugar para visitar en compañía de un hombre. Mi observación había sido espontánea e instintiva: un laberinto de más de 9.000 calles, en las cuales, todo ese nuevo mundo abundaba de puestos de telas, espejos de todo tipo, color y tamaño; cueros en todas sus variantes: zapato, zapatito, cartera, carterita, cinturones, almohadones, abrigos y etc, etc, etc. Accesorios de plata, también, en todas sus variantes: anillos, colgantes, aros, adornos para el hogar. Es raro, porque la mercadería es casi la misma, pero cada puesto es distinto al anterior. Y las mujeres amamos detenernos en-cada-uno. Tampoco se vende alcohol (ni en ninguna parte de Marruecos –legalmente-, ni en ningún país musulmán) y para llegar a alguna de las pocas zonas de la medina donde hay cafés y puestos de comida y lugar para sentarse -y descansar- no es que haya que atravesar las 9.000 calles pero sí quizás caminar un par de horas. Y, por último, las mujeres que ellos podrían mirar durante el recorrido estarían ocultas de pies a cabeza bajo larguísimos burkas y, a cambio, tendrían que aprender a tolerar el constante piropeo (hacia sus propias mujeres) de los hombres locales. Ahora que lo escribo, no sé si fue una observación machista o un real análisis que, espero no haya desanimado a algún espíritu masculino a visitar esta hermosa ciudad.

Antes de ingresar a la mezquita los hombres deben quitarse los zapatos, y una vez dentro, si no han hecho todavía sus abluciones, deben acercase hasta la fuente del patio para lavarse los pies, y también las manos, los brazos, los codos, la cara, las orejas, y humedecerse el cabello. Sólo en las mezquitas mayores hay algunas tribunas para las mujeres. | Imagen: Julieta Mazzeo

Algo muy típico de Marruecos, además del cous-cous -su comida tradicional-, son los "Hammam". Muy populares en el mundo turco, estos lugares que ofician de spa son, además, lugar de reunión social para los lugareños. Los hay para hombres y también para mujeres; los hay públicos, y otros muy caros; y están por toda la ciudad.

Dentro de la medina existen cuatro curtidurías, siendo la más popular la de Chowara. Espiar este panorama es uno de los espectáculos más coloridos y, por sobre todo, más hediondos que se pueda apreciar del viaje ya que el olor a cuero crudo es algo que podría llegar a espantar a más de un vegetariano o persona sensible a este tipo de olores. Aunque, de todos modos, no deja de ser un espectáculo propio del lugar, digno de ser fotografiado.

En las curtidurías tradicionales, se introduce las pieles en cal y excrementos de paloma, donde reposan varios días. Posteriormente se retiran los restos de pelo y se procede a la coloración de las piezas introduciéndolas en grandes cubas rellenas de tintes naturales de diferentes colores. En la imagen, un hombre trabaja en la curtiduría Chouwara. | Imagen: fez.net

Dentro de este épico mundo, no existiría lugar mejor para hospedarse que en un riad. Estos son alojamientos típicos de pocas habitaciones, algo que se parece mucho a un verdadero palacio, a uno de esos con los que fantaseábamos cada vez que nos contaban alguna historia de Aladino, y todo ese mundo árabe nos parecía tan fascinante y lejano.

Y, en Fez, todo es fascinante, diferente, legendario y, por sobre todas las cosas, real. Tan real como nunca dejar de estar perdido y completamente desorientado. No existe mapa alguno que pueda ayudarnos a regresar al hotel, ni a encontrar ese lugar especial donde cenar o tomar un exquisito té de menta. Dejarse perder es la cita obligada, y la única manera de salir victorioso, es aceptar la compañía de algún niño del lugar que siempre se ofrece a acompañarnos y que termina convirtiéndose en el mejor guía del viaje. Dejarse perder es, además, parte del desafío de aprehender lo distinto y entregarse a la experiencia de esta nueva cultura.