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Guajira Guantanamera

por Jazmín Slat

30/06/2016

La combinación entre la magia del desierto y su perfecta armonía con el mar hacen de Punta Gallinas (península de La Guajira, Colombia) un lugar ideal para entrar en comunión con la naturaleza.

Guajira Guantanamera
"No se necesita mucho para ser feliz, para vivir en armonía". | Imagen: puntagallinastour.com

Una de las chicas con las que estábamos viajando dijo: "Siento que no me corresponde estar acá...". Era exactamente lo que yo estaba pensando.

Me estoy bañando al aire libre y lo hago completamente desnuda aunque sea en duchas compartidas; sinceramente, poco me importa. Todavía es de día y enfrente tengo la vista a la montaña que rodea al campamento. Si cierro los ojos y respiro profundo puedo sentir el olor a hierba fresca. Y, a pesar de que no hay agua caliente, es una de las duchas que más he disfrutado en mi vida.

Durmiendo en hamacas paraguayas, sin electricidad, ni baño, ni señal de celular, ni lujos... puedo darme cuenta de que, en realidad, no se necesita mucho para ser feliz, para vivir en armonía. Amanecemos con los primeros rayos del sol y, aunque no sepamos exactamente qué hora es, nuestro organismo dice que es momento de empezar el día. Y esto pasa porque ajustamos nuestro biorritmo al de la naturaleza: nos despertamos cuando hay luz y nos acostamos cuando el cielo se pone muy oscuro, descansamos las horas que por ley natural hay que descansar. Unas vacaciones así, para cuatro azafatas que viven la mayor parte del año con jetlag, son sumamente sanadoras.

Camino los cinco metros que separan la hamaca del mar, me zambullo entre las pocas olas, mojo todo mi cuerpo, me entrego, dejo que el agua se filtre por todos mis rincones, abro bien los brazos, los dedos, estiro las piernas y siento que el vaivén de las olas me peina. El pelo se vuelve liviano, como si perteneciera al mar. Floto. Me siento fresca como nunca. Y, aunque tenga los ojos cerrados, puedo sentir que un rayo de sol perfora el agua y me ilumina el rostro. Siento toda esa luz correr por mi cuerpo hasta que llega a los pies, y me adivino parte de toda esa inmensidad que me rodea. Vuelvo a la superficie y mientras me asombro de un papagayo que cae en picada muy cerca, me acerco hasta la orilla a buscar el cepillo de dientes. Regreso al mar. Y ahí estoy: el agua por la cintura, un sol que dora mi piel y un mar más turquesa que celeste. No dispongo de un baño por estos días, pero disfruto de toda esa naturaleza capaz de reemplazar cualquier lujo y confort. Dormí en el George V de París pero sigo prefiriendo esto. Sí, sin dudas lo prefiero. Me enjuago la boca, vuelvo a refrescar toda mi cara, y camino hasta la reposera. Me unto en protector solar, y mientras retomo el libro que estoy leyendo, espero que alguna de las vendedoras lugareñas pase ofreciendo café y arepas para que podamos desayunar. Mi espíritu no puede estar más relajado. Estoy en paz.

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Cerca de Punta Gallinas se encuentra una comunidad de habitantes de la etnia Wayúu, que conserva intactas sus tradiciones ancestrales. | Imagen: aventurecolombia.com

Era la primera vez que Marta viajaba con mochila; Agus, Inés y yo ya lo habíamos hecho muchas veces, pero nunca las tres juntas. Nos enamoramos de Cartagena, de sus esquinas con olor a café, sus plazas llenas de música, sus colores, sus atardeceres perfectos. De Playa Blanca en Isla Barú y su vida tan rústica y tranquila; de las noches divertidas en Taganga, de las vistas increíbles de la Costa Nevada de Santa Marta, de la vida en la selva en el Parque Nacional Tayrona; y de ese último destino que surgió por  casualidad: Punta Gallinas. Fue un viaje en el que apreciamos de todo: desde la historia con ritmo de salsa de uno de los cascos históricos con más recuerdos del mundo, hasta islas remotas con mar transparente, pasando por la energía de la selva y la aridez del desierto. 

Punta Gallinas es el lugar más septentrional de América del Sur. Es también un refugio indígena al cual no es fácil llegar. Pero nosotras llegamos. Aunque para eso primero tuvimos que esperar dos días en Cabo de la Vela a que nos autorizaran el cruce, esperar a que llegasen más viajeros con ganas de compartir el destino -y así abaratar costos-, y conseguir entre todos que algún habitante que estuviese por casualidad en Cabo de la Vela, nos quisiera llevar de regreso con él a Punta Gallinas. 

Cabo de la Vela queda en la región de La Guajira, el desierto colombiano. Y así es: un desierto al borde del mar. Lo recuerdo como un gran lago sin fuerzas para llegar a la costa. Un mar calmo, sin mucho color tampoco. Una densidad de agua solitaria, y una llanura de tierras rojas a todos lados que se mire.

Finalmente, logramos viajar a Punta Gallinas y fue increíble ver cómo la textura del mar iba cambiando a medida que nos íbamos alejando de Cabo de la Vela. De a poco, entrábamos en otra dimensión: acá el mar tenía otra vida, era salvaje, espumoso, verde. Nunca había visto un mar así. Nunca había estado en un resguardo indígena, tampoco.

Todo el tiempo tenía la sensación de estar en el paraíso, ya que es algo así como el lugar más virgen del mundo. Desiertos, acantilados, dunas altísimas, una salvaje e infinita playa habitada por cientos de cabritos, un exuberante cielo. Nunca había estado en un paisaje semejante. La multitud de esos animalitos tan cerca del mar fue lo que hizo del lugar algo aún más extraordinario. Era por ellos que me sentía en un lugar en el que no me correspondía estar. 

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Los paisajes salvajes de playa y desierto ofrecen su espectacular belleza. | Imagen: santamartaesmundial.com

Pero ahí estábamos: un grupo de 12 personas de distintas partes del mundo en un resguardo indígena, en el punto más nórdico de un continente, en esas peninsulitas siempre alejadas que aparecen en los mapas, señalando un pequeño faro, y uno se pregunta qué habrá allí, y si habrá vida. 

Siempre voy a recordar el momento del atardecer en la parte más alta de las dunas. Había un gran acantilado por el cual se podía bajar hasta el mar. El sol se escondía bien naranja entre el resto de las demás ondulaciones y la arena había tomado un tono rosado. Nos quedamos ahí un rato admirando la desmesurada amplitud que nos rodeaba y estábamos muy emocionados. Hicimos el camino de regreso cargados de esa energía que se siente cuando el verdadero silencio toca profundo, mientras deseábamos que la oscuridad no llegue por completo, a riesgo de quedar perdidos en la mitad del desierto.

Por la noche, finalmente, pude ver el cielo más estrellado de toda mi vida. Era un cielo diferente. Como no había luz a los 360 grados, se podía ver a las estrellas llegar hasta los médanos. Y cuanto más bajas estaban, más grandes se veían. Por primera vez en mi vida pude apreciar al cielo en su real magnitud, pude verlo tal y como es: una inmensa cúpula que habita sobre nosotros.

Viajar siempre es un regalo para el alma. Renueva, inspira, fortalece, educa, alegra... pero este viaje fue mucho más que eso. Sentí que ese lugar no pertenecía a este mundo, que era parte de algo más, que alguien nos había llevado hasta allí por regalo divino, para que pudiéramos sentir lo sublime, antes de regresar a la finitud de las ciudades, la tediosa vida de los aeropuertos y a la velocidad de los aviones y olvidar que, el paraíso en la tierra, realmente existe. Y por eso, fue fugaz y maravilloso… y, una vez más, pude agradecer a mi trabajo la posibilidad de poder hacer tantos viajes.