Somos Raros

Hipocondríacos S.A.

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01/06/2015

Hipocondríacos S.A.

¿Alguna vez pensaste seriamente en mudarte al consultorio de tu médico? ¿Miras tres veces antes de tomar una aspirina por si en realidad es veneno? ¿Meditaste acerca de a quién le vas a dejar en el testamento tus peluches de la infancia? Bueno, yo sí.

Por Bárbara Schtirbu 

Estoy con ganas de hacerme un tatuaje. Todavía no sé si una mariposa o el número de socio de OSDE.

"Los médicos me escuchan con su mejor poker face. Me examinan. Siempre tengo lo mismo: 'Nada'. | Imagen: thisiscolossal.com

Me sale un grano y para mí es un tumor facial terminal. Googleo, lloro desconsoladamente sobre el teclado, sulfato la computadora y, cuando me calmo, empiezo a pensar en todo lo que me quedó por hacer en la vida. Poner el lavarropas y ser más feliz, en ese orden. Me llevo a la cama toda la comida que hay en la heladera, y que calculo se va a poner fea cuando yo ya no esté (incluidas latas de arvejas y atún). Hojeo álbumes de fotos de hace 20 años, y me despido del mundo. Al día siguiente, el supuesto cáncer al final se declara grano, y asoma en la frente enarbolando la bandera de “Soy puro pus”. Yo le agradezco a Dios por darme una segunda oportunidad. Pero a los diez segundos recibo la patada karateca de Daniel San directo al hígado y me acuerdo de los 25 sándwiches de queso rallado con guarnición de budín de pan de la noche anterior (La última cena), y ahí vuelvo a pensar: “Ahora sí es un tumor estomacal terminal”.

El año pasado tuve mucha joda. No paré de tener citas. Todas con doctores, todas en el Hospital Italiano. No exagero: mi agenda parece una cartilla de salud, pero con colorcitos y calcos. Tengo más guardias que un médico residente. Llego caminando, saludo a los chicos de recepción, me tiro tres litros de Espadol y me desplomo en la silla esperando que me llamen por el altoparlante. Mientras me dedico a alarmar a mi familia y amigos por WhatsApp: “Estoy en la guardia, pero estoy bien”. Monumento a la perversión para mí.

Me atienden. Me escuchan con su mejor poker face. Me examinan. Siempre tengo lo mismo: “Nada”. Siempre me recetan lo mismo: “Psicólogo y un ibuprofeno cada cuatro horas (el psicólogo cada 3)”.

Sé que pongo al profesional en la incómoda tarea de encontrarme algo porque sino no abandono el consultorio:

-No tenés nada, quedate tranquila.

-¿Pero cómo que no es nada? ¡Yo me siento mal! ¡¿Vos me estás diciendo que vine hasta acá y no tengo nada?!

-No, bueno, ehhh, a ver, ahora que lo decís, en verdad sí, debe ser un principio de… estornudo.

El problema conmigo es que no mido consecuencias. Esto significa que me mando cualquiera y pienso que soy invencible, hasta que el cuerpo me pasa factura y Highlander se va a la mierda.

Me acuerdo que una vez calenté algo que tenía tomate en el microondas. Con dos minutos era suficiente, yo lo dejé 15, por las dudas. Saqué el plato con un toallón de Arredo para no quemarme. Por momentos el tomate decía “No lo hagas”. No lo escuché. Me lo llevé a la boca sin soplar. No mastiqué. El dolor que vivió mi garganta, para qué les voy a contar. Ampollas en la faringe, ¿alguien escuchó alguna vez eso? Bueno, yo las tuve. Si me ve un fakir diría “Pero qué mina pelotuda”. ¿Dónde terminé? En un otorrinolaringólogo de urgencia que me pasó un cañito de 35 metros por la nariz para ver si seguía teniendo cuerdas vocales o si me tenían que trasplantar unas nuevas. Mientras metía el caño y yo le apretaba la mano a mi vieja hasta deformársela, con la otra escribía mi testamento.

Igual a veces siento que algunos médicos compraron el título por Grupon. El 90% me despacha con “Es estrés”. ¿Qué onda? Ahora todo es estrés. Conjuntivitis por estrés, caries por estrés, Ébola por estrés.

Cada vez que tomo una medicación miro como tres veces la pastillita antes de tragar el agua. No sé en qué momento me entró la idea de que puedo confundirme y que en vez de un ibuprofeno, me estoy por mandar naftalina o veneno. Andá a saber por qué yo tendría veneno en el botiquín, pero todo puede pasar, así que por las dudas miro.

Nadie sigue más a rajatabla los prospectos médicos: “Ante cualquier duda consulte a su médico”. ¡Hecho! Termino de leer y ya me estoy tomando el 36 hasta Gascón y Perón. “Vengo porque el prospecto me dijo que te consulte”.  Un día voy a pedir que me saquen una foto del antes y el después de recibir los análisis de sangre. En 15 segundos paso de tener cara de estar oliendo lavandina a estar sintiendo un 212 de Calvin Klein.

La época de la Gripe A fue un período duro en mi vida. Me acuerdo que uno tosía y estornudaba contra la manga como si así el virus se fuera a quedar prisionero entre los tejidos de la ropa. Por momentos miraba el alcohol en gel y me lo quería tomar a ver si así estaba más protegida.

Dejé claramente establecido que no iba a saludar a nadie en la oficina hasta que pasara la catástrofe. Era un chiste, pero no tan chiste. No di beso los dos meses que duró la epidemia, y me extendí a un año, por las dudas. Estaba espantada, indignada y asombrada con mis compañeros de oficina que seguían compartiendo el mate. Una chica baboseaba vilmente la bombilla, lo pasaba a otro pibe y me decía a mí con una sonrisa: “De algo hay que morir”. ¡Morite sola, hija de puta!

A mi tipo de hipocondría la denomino: “Cagazo injustificado ACTIVO con deficiencia mental tipo 2”. Digamos que yo hago cualquier pelotudez, me diagnostico la muerte, y salgo corriendo a que me salven. Pero también hay otro tipo de hipocondría denominada: “Cagazo injustificado INACTIVO con retraso mental tipo 3”. Son los que no aprovechan la obra social como yo. Ellos se ven venir lo peor, pero prefieren evitar al médico porque no quieren enfrentar la verdad. Capaz que se metieron una Halls de mentol en la boca, experimentaron una sensación de frío extremo en el pecho, están seguros de que se viene un paro cardiaco, pero en lugar de salir corriendo (al Italiano) se quedan esperando el final por una hora y media mientras miran Gran Hermano.

En el otro wing tenemos a los denominados “No pasa nada”. Hablamos de personas capaces de irse a dormir con un agujero de bala, y con la tranquilidad absoluta de que la herida va a cicatrizar sola durante la noche. Mientras que para mí TODO es TODO, para ellos TODO es NADA.

Conozco a un chico que se fracturó jugando al fútbol, se puso Diclofenac y se fue a dormir. También tengo una amiga que nunca fue al dentista porque asegura que se va a volver a la casa sin dientes. Un compañero cayó un día al laburo con un bulto rojo en la nariz. Parecía que le hubiese germinado un rabanito. Yo le lloraba para que fuera a hacerse ver. Él se reía. Al día siguiente la bola roja era tamaño Marte y la cara se le había desfigurado. Él muy tranquilo tipeaba en la compu. Yo lo velaba en secreto.  Al final de la semana, mi compañero había desaparecido. No sabía quién era ese chico que diseñaba. El forúnculo se le había reventado por dentro. Al mes ya se le había pasado, pero yo tomaba tranquilizantes para pasar la noche.

Finalmente tenemos la más codiciada de las posturas en temas de salud y mente. Son los que se ponen la remera de “No me preocupo, me ocupo”, frase de mierda por lejos, pero sana y equilibrada. Si sale con el pelo mojado y le da tos piensa en un catarro y no en un enfisema. Este tipo de gente deja que las conclusiones las saque el profesional y mientras intentan ser felices.

No sé si ser hipocondríaco es miedo a morir o a vivir. O tal vez sean las dos cosas. Ante cualquier duda consulte a un amigo, que son los que te cantan la posta: “¡Dejate de romper las bolas y disfrutá la vida!”