Sociedad

Hombres y mujeres al banquillo: las costumbres, el cerebro y su contraste

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28/01/2014

Hombres y mujeres al banquillo: las costumbres, el cerebro y su contraste

Las diferencias entre el género masculino y el femenino son un hecho que no se puede negar. No sólo  a nivel actitudinal, sino en la forma de pensar e incluso en la forma de expresarse. Hoy les propongo un recorrido entre la ciencia, la cultura y la risa para disfrutar y pensar un poco sobre el tema.

Por Yasmín Suyay Jalil | Analista en Rel. Públicas e Institucionales E-mail: yjalil@revistamagna.com.ar

“Existían unos seres que simultáneamente eran hombres y mujeres. Su  figura resultaba casi monstruosa: dos caras que miraban en direcciones opuestas, cuatro orejas y todo lo demás que pueda suponerse unido y  multiplicado. Un ser alejado de cualquier parámetro estético,  pero su  fortaleza era tanta que Júpiter (Dios del cielo y de la tierra) decidió debilitarlo partiéndolo en dos partes. De esas dos mitades incompletas proceden los dos sexos,  hombre y mujer, quienes andan buscándose uno al otro para lograr nuevamente esa unidad”. Este es, según define Platón en “El Banquete”, el mito que da origen a la dialéctica de los sexos.

Somos hombres y mujeres, cara y seca de esta moneda que es la sociedad. Cada uno con sus modos, somos distintos biológica y culturalmente. Convivimos en un mismo ecosistema y tratamos de entendernos para hacer que las cosas funcionen. Pero cada uno tiene sus modos y esas diferencias las expresamos cotidianamente, a veces de manera tan sutil que no nos damos cuenta. En ese ínterin que es la vida cotidiana, encontramos ejemplos por demás para reírnos y  reflexionar.

La socióloga británica Dianne Hales afirma que mientras una mujer utiliza 23.000 palabras al día, los hombres pronuncian la mitad. Imagen: humorparafreak.com

Díganme ustedes sino cuántas veces estamos caminando por la calle y pasa un ejemplar de esos que nos acelera el ritmo cardíaco; lo miramos, buscamos y provocamos con los ojos esperanzadas que nos devuelta el gesto. Probablemente, disimulando sus intenciones, más de una mujer baje la mirada al  sentirse en obviedad. Porque la mujer, aunque hoy cada vez menos, es arquetípicamente una figura pasiva. En cambio, frente a un encuentro similar es más probable que el hombre, lejos de inhibirse, exhale un profundo aullido de lobizón, para completarlo con alguna frase que prefiero no intentar  reproducir. Los hombres son, según imponen los modelos de esta sociedad, sujetos activos en el terreno de la conquista.

Pensemos en la infancia: a una nena la hacen jugar con muñecas, cocinar o, como arriesgado, mostrar destrezas en un pizarrón. Sin embargo los varones andan en skate, se baten a duelo con espadas y aspiran a tener la fuerza de Max Steel. Daniela se cae, llora, y mamá y papá corren a buscar el botiquín de primeros auxilios con algunos caramelos para curarla, aunque la nena ya tenga 15 años. Pero cuando Lucas creció un poco -me atrevería a decir promedia los 8- se cae, grita, y la respuesta que recibe es: “Levantate y deja de llorar que pareces una nena”.

Una mujer siente, ama, se enamora con locura y desborda en expresiones románticas para luego explotar contra un muro de concreto y acción que, claro está, vendría a ser el hombre en su  fase instintiva. Porque para ellos sentir es tener un cosquilleo de la cintura para abajo y para nosotras es un alboroto de mariposas en la panza que nos hace volver a la adolescencia.

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Como venía diciendo, hombres y  mujeres han mostrados a través de las épocas distintos patrones actitudinales que los diferencian entre sí. Como expresión cotidiana de la cultura, las diferencias también se manifiestan en el lenguaje. Pero además, en nuestro tiempo la Neurociencia ha comprobado que la estructura cerebral femenina y  masculina difiere. En el caso de las mujeres, el centro de comunicación ocupa ambos hemisferios del  cerebro, mientras que en los hombres este radica solo en el izquierdo. Del total neuronal, las mujeres presentan un 11% más en el  hemisferio verbal y tienen mayor cantidad de fibras destinadas al  intercambio entre ambas partes. Por eso aquello que sentimos fluye con más facilidad del hemisferio derecho (imaginativo, emocional y simbólico) que del izquierdo (de función lógica, analítica y regente del habla). La socióloga británica Dianne Hales afirma que mientras una mujer utiliza 23.000 palabras al día, los hombres pronuncian la mitad.

Por otro lado, estudios de Harvard comprueban que los hombres recuerdan más cosas pero las mujeres retienen mejor los detalles. Los cerebros masculinos y femeninos tienen igual cantidad de células y el mismo nivel promedio de inteligencia, aunque desarrollan sus partes de distinta forma. Las hormonas (especialmente estrógenos, progesterona y testosterona) tienen un rol vital en este punto, que nos lleva a resolver problemas, despertar emociones y expresarnos de maneras distintas.

Para ellos los silencios no son incómodos, charlan con sus amigos sobre temas específicos y procuran encontrar rápido la solución ante un conflicto. Nosotras no dejamos detalle sin comentar, suponemos, imaginamos y vagamos en nuestra red neuronal, porque ante un problema, más que resolverlo, las mujeres necesitamos contarlo.

La comunicación, como hemos dicho en otras oportunidades, es un fenómeno que supone una retroalimentación con el otro. Para entendernos entre hombres y mujeres e incluso entre personas del mismo sexo, la clave es seguir los patrones genéricos de conducta y no esperar que el otro sea, actúe y se exprese como nosotros lo haríamos.