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Ignacio Guido Montoya Carlotto: “A veces por oposición te das cuenta de algunas verdades”

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22/08/2014

Ignacio Guido Montoya Carlotto: “A veces por oposición te das cuenta de algunas verdades”

En la intimidad de su hogar, el nieto de Estela de Carlotto y Hortensia Ordura repasó momentos de su vida que lo condujeron a la verdad. La infancia y adolescencia que formaron a un hombre con intrigas y curiosidades. El presente y su visión de la trama de responsabilidades durante la última dictadura cívico-militar.

Por Agencia de Noticias Comunica. Facultad de Ciencias Sociales -UNICEN

Ya no se siente frío ni la neblina acecha. El sol y el andar de los camiones son ahora la postal del ingreso a Loma Negra, un pequeño poblado ubicado a 9 kilómetros de Olavarría que se muestra tranquilo y donde su gente es atenta y amable. “Una cuadra pasando el chino”, nos ayuda a ubicar una vecina. Después de un viaje corto llegamos a “el lugar” para encontrarnos con años de vivencias, preguntas  y dudas. Finalmente un día las certezas llegaron. Y allí todo cambió.

La perra del dueño de casa es la única testigo de nuestra presencia y oficia como timbre. No hay curiosos, ni cámaras, ni intrusos. No hay gritos, ni empujones, ni caos. Hay paz y tranquilidad. Dos golpes a la puerta bastan. Silencio y espera.

De repente, estamos ante él: Ignacio Guido Montoya Carlotto. El 114º nieto recuperado.

Una sonrisa y chiste de bienvenida nos ayudan a distendernos. Mientras aguardamos entre discos y libros, “Pacho” se dirige hacia la cocina para encargarse de los indispensables mates. Somos parte de su hogar y esa confianza depositada le permite liberarse, mostrándose permanentemente sereno, reflexivo y gracioso. Arranca la ronda de mates. Ignacio Guido espera las preguntas. Y ahí vamos, en búsqueda de sus palabras que son y serán la muestra más fiel y plena del compromiso hacia el amor, la libertad y la identidad.

"Tengo muchísimas músicas que he escrito antes y que tienen que ver con esto. Ahora no me va a creer nadie pero seguramente las vamos a grabar", afirma Ignacio Guido. En la imagen, con su abuela en una de las primeras fotos en las que posaron juntos.

¿Cómo fue tu infancia?

Muy feliz, eso podría resumir la pregunta. Fue una infancia plena, libre en ese sentido. Vivir en el campo te da libertad, es un patio grande y tenés la posibilidad de descubrir el mundo por tus propios medios. En eso agradezco porque es una situación de libertad que después se manifestó en el resto de las cosas de mi vida. Fue una infancia muy tranquila, creativa, donde no tuve la invasión de un montón de cuestiones que uno viviendo en la ciudad las tiene: televisión no tenía, radio casi no había y el único medio de diversión era mi imaginación y los libros, eso aportó a mi educación más que la educación formal; el hecho de estar solo, pero solo bien, la soledad como aspecto creativo. Fui educado por dos padres que me criaron bien, con muchísimo amor, muchísima libertad, que ahora la valoro más que en ese momento. En ese momento era libertad, ahora es libertad sabiendo que eso significaba mucho más que simplemente una decisión de crianza, significó una puerta hacia la verdad, que ellos no sabrían que iba a ser así y yo tampoco. Fue una infancia plena de libertades, felicidades y tengo todos recuerdos felices, más allá de que cuando uno se va haciendo grande, quedan los recuerdos buenos y se van borrando los malos. Así hiciera esfuerzo para encontrar malos recuerdos no podría porque fui muy feliz, muy cuidado y querido.

En esos momentos, ¿qué significaron la música y la lectura para vos? ¿Cómo te acercaste?

A la lectura me acerqué como una opción de construir un mundo. Donde yo vivía había muchos libros que habían quedado de crisis familiares de los patrones. Al vender casas, las bibliotecas no sabían dónde meterlas y las iban tirando ahí. Entonces fui leyendo sin condicionamientos las cosas que me parecían. De pronto leía obras de Stevenson a la par de la Biblia, casi como si fueran la misma cosa. Eso me hizo crear un mundo interno.

Lo de la música siempre fue una duda de donde venía porque de hecho, en mi familia no hay músicos ni nada por el estilo. Lo único que había era una pianola en el campo que para mí era un instrumento que estaba ahí y que obviamente no lo sabía tocar y me causaba una curiosidad hasta por ahí nomás. Sí me acuerdo del momento cuando escuché música en vivo por primera vez. Una banda de los Martel que estaban en Colonia San Miguel, ahora no existe la banda pero sí ellos. Se llamaba Aldaba y tocaban unos paso-dobles, unas cumbias, no sé qué era. A mí me causó una fascinación tan grande que me di cuenta enseguida que eso era lo que quería ser.

Ahora me enteré que mis dos familias tienen inclinaciones musicales, de hecho hay bandas, hay discos grabados, incluso más que los míos. Mi abuelo era saxofonista de la banda de YPF (Yacimientos Petrolíferos Fiscales) y mi papá tocaba la batería, entonces la música venía por varios lugares, estaba ahí como genéticamente implícita.

Más allá del desarrollo de la vocación, la música para mí es una salida, un norte, y lo sigue siendo. Hoy por hoy, a la hora de hacer algo, para mí es lo más importante. Alrededor de eso están los afectos, la verdad, la sensación de justicia, todo esto que me pasa. Como los chicos que quieren hacer un juego, lo que yo quiero hacer es música, eso es lo que me llena plenamente y ha sido un faro que me ha llevado a todos los lugares y me he dejado guiar. Eso me ha llevado a estar siempre en contacto con temáticas que no sabía qué eran, que me hacían unos ruidos y que terminaron siendo las parientes cercanas de la verdad que tuve que descubrir. Eso es la música, una de las decisiones más importantes que tomé en la vida. Haberme hecho músico fue maravilloso y es lo que me hace muy feliz todo el tiempo.

El jazz requiere cierta sensibilidad especial, ¿qué te permitió entregar aquello que pedía el género? ¿Cómo volcaste en él lo que otro tipo de música no te hubiese permitido?

El jazz no es solamente una experiencia estética, que adoro, sino también improvisatoria como experiencia de vida, que también es buenísima. Además fue una educación. Es un género que requiere mucho para que vos lo puedas tocar más o menos bien, entonces te tenés que educar y prepararte demasiado.

Con el tiempo fui entendiendo que hay muchos tipos de música que me gustan, de hecho actualmente estoy metido en proyectos muy dispares, desde bandas de rock, tango, folklore, canciones mías, jazz. Estoy haciendo muchas cosas a la vez y cada una de ellas me produce una situación diferente y me llevan a planos distintos. Pero cada una tiene un punto en común que es una energía que es con la que yo vibro.

El jazz ha sido fundamental porque me educó. Más que un estilo siempre fue una manera de enfocar, la música lo es por la libertad entonces tiene que ver con eso, de una educación para la libertad, no podría haber hecho otra cosa. Es un lugar en el que me siento cómodo, en el que me gusta estar, siento que tiene autenticidad.

En el contexto de los ’90, ¿cómo fue tu adolescencia? ¿Qué te brindaron esos años?

Yo fui adolescente en los ’90, lo que fue un riesgo. Fue una época en la cual medio que se lavó todo. En comparación a la adolescencia que vivieron mis padres fue una adolescencia muchísimo mejor. En lo personal tengo recuerdos muy felices ya que fueron momentos en los que me vine a vivir solo, estaba en la escuela secundaria, tenía un grupo de amigos y empecé a descubrir otras cosas que no tenía. Y seguí con la música descubriendo cosas aún más interesantes. Pareciera que en los ’90 no hubo mucho para agarrarse salvo tres o cuatro discos. Pero en realidad hubo mucho, aunque no me dejó una impronta ideológica muy fuerte. Eso lo recuperé cuando me fui a vivir a Buenos Aires y empecé a estudiar las materias del Conservatorio. Eso implicó conocer gente que nos estaba explicando cosas que yo desconocía plenamente. Ahí empecé a enterarme de la magnitud de la dictadura que habíamos vivido, de un montón de cuestiones sociales que fueron y eran durísimas y empecé a descubrir otras cosas, no solo música sino bibliografías, obras de arte, pinturas, cosas que pensé que no existían. Corriendo el velo de la frivolidad de los ’90, fue una cuestión importante. Esa época tuvo lo suyo y tuvo que pasar, fue una parte triste o no, pero necesaria para nosotros. No reniego de eso.

La infancia y la adolescencia fueron sin invasiones. En los ’90 me costaba encontrar lo que buscaba, que por suerte lo encontré mucho más adelante. Nos adormecimos un poco, pero bueh… Ahora nos despertamos, por suerte.

¿Cómo fuiste descubriendo los alcances e implicancias de la última dictadura cívico-militar en Argentina y en la zona?

En el país lo descubrí a través de dos materias que tenía en el Conservatorio, no recuerdo los nombres pero estudiaba en Avellaneda, en el Roma, los sábados a la mañana y había dos tipos de profesores muy distantes en su edad. Uno, un hombre muy grande que había estado en las últimas campañas de alfabetización, un pedagogo exquisito que iba más dormido que nosotros pero que nos explicaba cosas que siempre se iba de tema y terminaba hablando del país y de lo que había pasado, él lo había transitado todo; después había una chica, ella fue la que más hizo, ahora me doy cuenta que era militante de izquierda y nos hablaba del Estado de Bienestar, de los gobiernos de Perón y después de la dictadura, de los ’90 y nos limó la cabeza. Yo me di cuenta de cosas que no tenía ni idea y ahí hice el click. Cambié de canales, empecé a leer y a partir de ahí ya nada fue igual. Ella fue la responsable. Empecé a relacionar lo que yo pensaba con lo que pensaba la gente con la que me estaba juntando y no sabía por qué, entonces ahí arrancó toda una movida de toma de conciencia que me tomó muchos años. Y cuando volví a Loma Negra, volví con una idea más social, más humana, que tenía que ver con otras búsquedas, más comprometido con lo que había pasado. A partir de ahí siempre traté de poner lo que yo tenía desde el lugar de uno mismo, como ahora, para tratar de aportar mi grano de arena a este tipo de causas. Mucho tiempo después participé de los ciclos de Música por la Identidad, toqué cada vez que fue el día de la memoria y eso me fue acercando, sin saber que iba a terminar de esta manera.

En la zona lo descubrí mucho después. Olavarría es una ciudad en la que todo se ha solapado y en la cual, hasta estos días, parecía que era un lugar donde había pasado poco o nada, en donde los militares no te molestaban, no había secuestrados y los que reclamaban por eso eran ‘un grupo de pelot…, los zurditos que andaban por la calle vestidos de hippies y eran cuatro gatos locos’. Esta situación viene a llamarnos la atención para ver que puede haber muchos Olavarría por ahí y eso está bueno. De hecho yo lo estoy descubriendo también ahora, estoy descubriendo la magnitud de esto como la están descubriendo todos.

Ya lo sospechaba hace unos años cuando se empezó a hablar del “Negro” Moreno. Ahí empezó un poco la movida esta y ahí también nos damos cuenta de cuál es el rol que han ocupado las familias más aristocráticas y las no tanto. La gente común también tiene su responsabilidad, tampoco hay que caerle exclusivamente a los que se beneficiaron. Aquellos que se hicieron los bolud… tienen su cuota de culpa, como también los medios de comunicación que se callaron y ponían tonterías para adormecer a la gente.

Es muy fácil caerle a los aristócratas de turno y a los medios de comunicación pero también la responsabilidad la tenemos los que vivimos, que somos la inmensa mayoría de ciudadanos comunes que en esa época se hicieron los bolud… con esto y como a ellos no les afectaba directamente se callaron la boca y pensaron que así iba a pasar todo. Una actitud muy estúpida por parte de nosotros y me incluyo porque viví esa situación en carne propia. Al menos podemos darnos cuenta y para qué, no para salir a reventar a nadie sino para evitar transferir eso a nuestros hijos y evitar que podamos repetir esa historia. Hay mucho que se hereda, no le heredemos a nuestros pibes eso porque no tenemos derecho, tenemos que resolverlo nosotros.

¿Qué pensás sobre las políticas de Memoria, Verdad y Justicia?

Acá tengo las palabras de la abuela que es la que más me ha hablado de eso en estos días. Evidentemente, este Gobierno ha apoyado mucho la lucha de Abuelas, la lucha por los Derechos Humanos y la lucha por la recuperación de estas verdades. Seguramente se han equivocado en muchas cosas y faltará incluir mucho más en esa lucha por los Derechos Humanos, pero ha habido una fuerte apuesta para descubrir las verdades, con los talantes y los condicionantes o las cuestiones que sea, pero evidentemente ha habido una inversión de dinero fuertísima para que esto termine de esclarecerse.

Por eso cuando visité a Cristina (Fernández de Kirchner) y tuvimos esa charla tan amena y tan íntima, fue como una especie de reconocimiento de parte de Abuelas el hecho de que yo vaya con mi abuela a agradecerle, en nombre de ellas y todas las instituciones que buscan sus identidades. Un agradecimiento a ella como mandataria y a este Gobierno por haberse comprometido con esta causa. Después seguramente faltarán cosas, queda mucho por hacer en diferentes áreas, pero en esto han hecho mucho y no se puede negar. Ni el más acérrimo de los opositores se atreve a negar que han hecho las cosas con la mejor de las intenciones y con la mejor atención. Lo que pude darme cuenta de Cristina es que está comprometida de verdad con la causa y que no es un discurso que utiliza para hacerse de unos votos. Yo sentí que era verdad lo que decía. Para mí fue de un contenido de verdad muy alto.

En su momento, ¿qué te llevó a participar del encuentro Músicos por la Identidad?

Fue una jornada que caímos medio de casualidad, en San Fernando, con Juan Raffo que es un maestro musical muy reconocido, ahora un amigo. Era una jornada de arreglos que organizaba Abuelas para tratar de ir llegando, entre otras actividades, a la franja etaria en la que podemos estar nosotros. Fue una semana entera y todas las noches había una actividad con ellas. En algún momento participó uno de los nietos y nos contó sus experiencias, completamente diferentes a las mías. Pero cuando las cosas te tienen que resonar, no siempre te resuenan por simpatía, a veces por oposición te das cuenta de algunas verdades. Esa fue la primera vez que lo pude pensar como algo posible. A partir de ahí, dentro mío, empezó la búsqueda. Justo fue en 2010, cuando acá empezó a hacerse la investigación. Ese año pasaron un montón de cosas que tenían que ver conmigo, sin saberlo obviamente. Se llegó a la pista certera de que mi viejo era mi viejo (Walmir Oscar Montoya), se tomaron las muestras correspondientes… Todo pasó en ese año, cuando se me estaban prendiendo las primeras lamparitas.

De ahí en adelante, durante varios años participé de los encuentros y después bueno… los acontecimientos que son públicos. Estos últimos dos meses han sido moviditos para mí.

¿Qué te llevó a componer “Para la memoria”?

Lo compuse antes de Músicos por la Identidad, es más, ya tenía el disco grabado cuando se hizo el encuentro. Fue un tema que no estaba incluido en la lista original del disco, lo compuse cerca de un 24 de marzo. Escribí el texto, la canté yo porque no tenía demasiado tiempo y quedó ahí como tercer tema del disco. Era un tema más, incluso cuando decidimos qué temas difundir, no me parecía. Ahora se transformó en la nave insignia de todo esto, con la curiosidad mágica que fue escrito mucho antes. Ese es un tema para escribirlo ahora. Tengo muchísimas músicas que he escrito antes y que tienen que ver con esto. Ahora no me va a creer nadie pero seguramente las vamos a grabar.

En base a tu caso, ¿qué opinas sobre el rol de los medios de comunicación para poner en agenda la importancia del Derecho a la Identidad?

Los medios de comunicación tienen un rol muy importante, quizás demasiado importante. No es nunca la opinión de todos, es la opinión de uno, dos o tres, que la ven todos y a partir de esa opinión se genera otra opinión. Se va retroalimentando.

Me parece positivo que se hagan cargo, cada uno desde lugares distintos: algunos porque es la noticia del momento y tienen que hacerlo; otros porque realmente creen y son conscientes; y otros por una mezcla de las dos cosas o para llenar un espacio. En este momento, lo importante es que la noticia esté para que esto se sepa y eso es como el fin, los medios son los medios. Hay que entender eso, que los medios son medios, hemos pensado mucho tiempo que los medios son el fin. Es cierto que hay algunos que han tomado la noticia como más a la ligera y otros han sido más incisivos. Los primeros días, cuando pasó todo esto, los medios se encargaron de encontrar cosas que ni yo sabía que existían, se publicó toda una cuestión mía, con inexactitudes, pero se publicó. Hicieron cosas extraordinarias, como caminar kilómetros para sacar una foto de la casa donde vivían mis viejos. Yo celebro que sean tan incisivos, aunque ahora tal vez me moleste un poco y me sienta invadido. También celebro que investiguen, que busquen y que sean un poco hijos de p… y que nada los detenga. Lo que pasa es que llegan 35 años tarde, entonces, ¿dónde estaban esos medios hace 35 años? Pasando temas de Palito Ortega.

Está bien que los que estaban en ese momento algunos terminaban desaparecidos y otros estaban con el gobierno de facto, pero éstos últimos son los que ahora pretenden ser incisivos. Los mismos que hoy muestran la foto de "los escarpines que usó Ignacio" son los que cuando mataron a mis viejos estaban pasando pelotudeces.

Los medios son un medio, un canal de transmisión de algo, tampoco me parece que hay que darle tanta importancia porque si no terminamos comiendo de esa verdad como si fuera cierta y es un recorte muy mínimo de la verdad, aún cuando lo quieren hacer amplio. Los medios apoyan cuando es noticia, el tema es cuando deja de ser noticia.

¿Consideras que hay un recambio generacional con respecto a estas temáticas?

Pasa que hay una edad que es la mía o la de chicos más grandes que yo, mis tíos por ejemplo, que transitaron todas las épocas y saben de qué se trata. Los más grandes, de 50 digamos, capaz que los agarró ya un poco viejos y cansados para darse cuenta de algo y se quedaron en la comodidad del "como a mí no me pasaba nada podía salir a la calle sin que nadie me joda". Después tenés a los más jóvenes que crecieron sin saber lo que fue más que por los libros pero que también es necesario que lo sepan, para que no se vean metidos en ese repetir.

Todo lo hecho lleva a que no repitamos ciertas cosas pero cada tanto aparece alguno que va a reivindicar la dictadura. Debemos construir un futuro que excluya esas cosas pero que se sepan para no volver a tropezar con la misma piedra. Fijate todo el tiempo que toma cuestiones tan básicas como recuperar la identidad. Que una abuela esté 35 años buscando a su nieto es una vergüenza y que haya otras que quizás no lo encuentren nunca es aún más grave. Es una construcción colectiva que tenemos que hacer todos en función de un país mejor. Es difícil pero muy posible y ahora mucho más que antes.

¿Qué opinión tenés acerca de las complicidades civiles durante la dictadura?

Nada podría haber pasado sin eso. Son más responsables que los propios milicos. Una de las cosas que se ha instalado en los últimos tiempos es pensar el concepto de dictadura cívico-militar, porque si no es poner el problema afuera y no nos hacemos cargo de que cada uno tuvo algo que ver. Todos eh. Hay muchos más grandes que yo que deberán hacer su descargo y pensar en su intimidad o para afuera qué han hecho para que eso suceda. En este país, desde su fundación hasta ahora, hay una lucha de los poderosos contra los que menos tienen y hay una extraña defensa de los que menos tienen hacia los poderosos y eso es lo más terrible de todo. Uno puede entenderlo pero no lo comparto. El terrateniente que quiere defender sus millones de hectáreas va a querer defender eso, lo que no se entiende bajo ningún concepto es cómo el peón que se cag… de hambre defiende al terrateniente. Eso es la dictadura. No es sólo el tipo que oprime sino también cómo el oprimido se deja oprimir y no nota que el poder lo tiene la mayoría. Cuando el pueblo toma conciencia, toda dictadura se derroca, siempre ha pasado.

Cuando hablo de complicidad cívica, no hablo sólo de los empresarios sino del verdulero o el mecánico o fulano que dice "acá en la época de la dictadura estábamos mejor, podíamos salir afuera y nadie nos molestaba". Esa idea de que lo único que importaba era que no te roben las cuatro porquerías que te pudiste comprar laburando como un perro y que ni siquiera sabés usar, adentro de tu cubículo de mier… de cuatro por cuatro, esa cucha inmunda que tenés en tu casa. Esa es una manera de observar al mundo que es un poco pedorra y requiere de un aprendizaje superior.

Todos tenemos cierta responsabilidad, incluso los que no hicimos nada. Tenemos la responsabilidad de construir desde el amor y dejarnos de joder con tener cosas que no sabemos para qué las queremos, como ese dicho que dice: "Trabajás en un trabajo que no te gusta para comprar cosas que no necesitás para impresionar a gente que no le interesa". Ese es un concepto de vida que lo tenemos muy incorporado y es difícil romperlo.

¿Qué opinas sobre el inicio del primer juicio oral y público de Monte Peloni, en una facultad pública y en Olavarría?

Está bueno que sea en una facultad, habla del rol que las facultades han tomado o han debido tomar. Es todo un símbolo. Mi caso le va a dar otra notoriedad al juicio. Y también es un símbolo que sea acá, en Olavarría. Que a partir de eso se descubran otras cosas, que se sepa, saber es importante, más allá de la justicia que se consiga. Que se manifieste lo que pasó y que se cuente la historia de la mejor manera aunque sea difícil de escuchar. Nosotros hemos tenido hasta no hace mucho como funcionario público a un torturador (Omar Antonio “Pájaro” Ferreyra) y eso es una desprolijidad, para decirlo de una manera muy elegante, que encadena la siniestra manera de dar a entender un acuerdo. Eso sirve para aprender, la sociedad olavarriense lo debe entender.

¿Cómo es hoy un día en tu vida?

Atiendo medios, ehh… atiendo medios (Risas). Hablo con la prensa, salgo en radio y televisión, como y duermo. Ahora tengo esa rutina, hay un momento del día que está destinado a contestar preguntas, recepcionar ese alud de cuestiones que han venido. Después el resto del día se debaten las mismas cosas de siempre: volver a tocar el piano y volver a construir música, dar clases y juntarse con amigos. Lo mismo de antes, nada más que ahora tengo como una faceta pública a la que debo responder.

(Hace una breve pausa. Y piensa en voz alta: “¡La tengo que volver a llamar a la abuela porque si no me va a matar! Y se ríe.)

Mis dos abuelas me han impuesto una agenda estricta, indisoluble y ligeramente cargada. Es una relación familiar que se está construyendo y que me agarra con la edad suficiente para disfrutarlo a pleno, con cariño y amor. Siento lo que es tener una familia y lo siento a partir de mi edad y está re bueno. Además no sólo son dos abuelas, atrás hay una caterva de tíos y primos que están prendidos fuegos, quieren recuperar todos los veranos perdidos, los partidos de futbol que no jugamos, etc. ¡El Whatsapp explota!

Suena el teléfono, ese que sí debe responder. El otro sigue recibiendo mensajes y llamadas como a lo largo del día, de allí que se encuentre en permanente carga. Al despedirnos lo observamos agradecido y contento. Después de todo, así es él.

Dejamos atrás Loma Negra con el humo de sus fábricas de fondo. En el campo resplandece el brillo del sol. Allí cerca, a unos pocos kilómetros, está ese “patio gigante” que le enseñó a Ignacio Guido que la libertad y el amor nacen en uno. La mejor obra de su autoría ya estaba compuesta. Nutrir la soledad, buscar respuestas y seguir un instinto para finalmente llegar y ser.