Cultura

La literatura rodante

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25/04/2014

La literatura rodante

La notable producción musical argentina en las últimas décadas del siglo XX no ha pasado para nada desapercibida para el ojo crítico literario. Mucho menos si hablamos del rock nacional. Porque, más allá de los grandes logros musicales, las bandas consagradas y las de culto, todo este gran movimiento se vio sostenido en historias sólidas y letras poderosas, llenas de giros estilísticos, segundas intenciones y grandes poetas que compusieron muchas veces, primero desde el mensaje literario, y luego desde la música misma.

Por Martín Delfino

La literatura rockera llevaba ya una vasta historia a nivel internacional, autores como Bob Dylan y grandes bandas como Led Zeppelin, The Rolling Stones o el clásico The Doors de Jim Morrison, habían puesto en el centro de la escena la inherente relación entre la música cantada y la literatura. Con el rock, los antiguos juglares y trovadores del Medioevo volvían a hacerse presentes en la vida cultural de la sociedad europea.

Inmediatamente después de la implosión del género rock en el extranjero, las repercusiones en nuestro país se hicieron notorias. Aparecieron artistas que serían claves en la escena musical y también las bandas fundacionales de nuestro rock: Tanguito, Spinetta, Manal, Los Gatos, Almendra, Vox Dei, entre muchas otras. La búsqueda de una nueva identidad musical, que renovara los aires musicales, finalmente había llegado de la mano del rock.

En la tragicómica realidad argentina, el rock no careció nunca de realidad, y se enmarcó siempre en un discurso veraz, profundo y bien logrado. | Ilustración: Pablo Lobato

Pero fue recién entrados los años ’70 que nuestro rock encontró un rumbo propio, que lo diferenciaría del resto del rock en Sudamérica y que lo colocaría rápidamente entre las expresiones musicales más originales del momento a nivel mundial. Salvando los enormes inconvenientes de ingeniería y calidad musical, en comparación con las superproducciones europeas y norteamericanas, apareció una camada de compositores notables que, desde las propuestas de sus letras y desde la filosofía de vida de cada uno de ellos, fueron dándole al rock en castellano una identidad cada vez más ligada al plano literario.

Charly García, Miguel Abuelo, León Gieco, Fito Páez, Andrés Calamaro, Carlos Indio Solari, Federico Moura, Gustavo Cerati y hasta el propio Luca Prodan encontraron en esta propuesta una nueva forma de cultura. Atravesaron sus letras con personajes sombríos, historias oscuras e imperfectas, hombres solitarios y permanentes reminiscencias a la literatura que solían leer. Se sabe que Miguel Abuelo inventó el nombre de su banda (Los Abuelos de la Nada) delante de los productores mismos, sacando la idea de una bella frase de Leopoldo Marechal, perteneciente al libro El banquete de Severo Arcángelo (que él estaba leyendo), que reza: “Padre de los piojos, abuelo de la nada”.

La poesía noble y rica técnicamente de las dos grandes bandas platenses, el Indio Solari desde Patricio Rey y sus redonditos de Ricota y Federico Moura desde Virus, tanto como la del propio Abuelo, han dejado su impronta notable en las producciones posteriores de otras bandas y han llegado estéticamente a la más alta poesía-rock que se haya escrito en toda Latinoamérica.

Las historias de Andrés Calamaro y Gustavo Cerati giran en torno a la cuestión amorosa, siempre siguiendo la línea estética propuesta por los grandes compositores de nuestro rock. | Ilustración: Pablo Lobato

La poesía trovadoresca de León Gieco, su cercanía con el folclore argentino y luego su acercamiento a una temática más existencial, más próxima a los cánones de la literatura moderna, hicieron de su música y de sus letras grandes clásicos, llenos de figuras en clave de metáfora y en permanente correlación con la realidad, en una de las más vastas producciones musicales de nuestro rock. En ese sentido es Charly García, en su etapa con Serú Girán y luego como solista, quien viene a redondear todas estas logradas intenciones estéticas, con una música renovada y unas letras que dejaron plasmada para siempre la realidad de época. Pero Charly trasciende además a la propia historia; para los años ?80 se trata ya de un escritor acabado, profundo, y en sus letras descansa el propio inconsciente colectivo de la sociedad argentina, se aleja inclusive de las historias de amor para hablar acerca del pasado inmediato, de la realidad argentina, desde un envidiable manejo de las formas, figuras literarias y grandísima sensibilidad estética en la composición: la música funciona siempre en García como campo semántico para el desarrollo de la letra.

Allí aparecerían también en escena artistas tales como Andrés Calamaro, Fito Páez y el malogrado Gustavo Cerati, de Soda Stereo, tal vez la banda argentina que más y mejor se proyectó en el exterior. Sus historias giran en torno a la cuestión amorosa, aunque siempre siguiendo la línea estética propuesta por los grandes compositores de nuestro rock, lúdicas inmersiones en su propio ser, profundos sufrimientos en el poeta e historias imperfectas cargadas de realismo, de oscuridad y de desidia.

En la tragicómica realidad argentina, el rock no careció nunca de realidad, y se enmarcó siempre en un discurso veraz, profundo y bien logrado. La poesía del rock nacional funciona como un buen disparador para enlazar la literatura con la vida cotidiana de la gente, que mediante estas expresiones populares culturalmente tan ricas, se siente más cerca del complejo abordaje sobre la creación artística, algo que difícilmente pueda simplificársele en otros ámbitos, más cerrados y académicos, en los cuales se suele discutir la cuestión literaria.