Sociedad

La reflexión para la educación

por Revista Magna

28/02/2013

Tras la reforma de la Ley Nacional de Educación muchas son las dudas y pocas las certezas que este tipo de legislación genera en torno a uno de los pilares fundamentales de cualquier país.

La reflexión para la educación

Cuando uno arranca a estudiar un profesorado sus expectativas y sus nociones acerca de qué es educar, cómo hacerlo de la mejor manera, qué es lo que más le gusta a los alumnos, etc. se basan fundamentalmente en la propia experiencia previa como alumnos de primaria y secundaria. Pero la realidad es que los tiempos cambian, y esos chicos que hoy están sentados en sus pupitres no son los mismos que hace algunos años atrás.

El tiempo los cambió, la realidad modificó sus aspiraciones y sus ganas o no de ir a la escuela. Y el aula, que no es un ente aislado del contexto sociocultural que se vive en un momento determinado, es permeable a diversos factores externos que hacen de la tarea de educar una prueba de obstáculos que a veces se torna difícil de esquivar.

Un poco de historia

En un contexto caracterizado por la incipiente industrialización y el consiguiente desarrollo de la ciencia y la técnica, la creciente urbanización y el abandono de la vida rural, la Reforma Religiosa, la Revolución Francesa y el surgimiento del modelo económico capitalista, nace a fines del siglo XVII y XVIII el movimiento filosófico denominado Ilustración.

Sin entrar en demasiados detalles sobre lo que los filósofos de esta época proclamaban, es interesante mencionar que en relación con la escuela esta recibía el mandato de formar a los nuevos ciudadanos, ya que “ya no se trataba de imponer la obediencia ciega bajo amenaza de violencia, sino lograr la obediencia reflexiva, aceptada como correcta. La obediencia con buena conciencia, la obediencia interior se vuelve cada vez más importante”, sostienen Inés Dussel y Marcelo Caruso en La Invención del Aula.

En este marco y con el correr de los años van surgiendo escuelas en Europa y posteriormente en América. En nuestro país, la escuela pública llegó luego de la independencia, el cese de las guerras internas y la conformación del Estado Nacional. En ese momento el Gobierno se planteó la necesidad de la creación de una escuela que permitiera integrar y modernizar la sociedad, claramente el objetivo era educar a los ciudadanos que llevarían adelante al país.

Pero como en tantos otros aspectos, la educación no queda aislada de las vicisitudes del contexto internacional. A lo largo de los primeros años del siglo XX, a partir del ingreso del neoliberalismo y del neoconservadurismo desde los años 70, comenzó un proceso de cambio profundo en la educación entendida como pública y bajo la tutela del Estado.

Las reformas impulsadas por este modelo económico afectaron de lleno a la concepción de educación. El Estado, hasta el momento garante de una educación pública (no me atrevería a decir para todos) decidió “correrse” de lo que estaría vinculado a “la vida privada de los sujetos”, como la economía y dejó que el libre mercado regulase las relaciones comerciales y de producción.

Mas precisamente en la década de los '90, este “achicamiento” del Estado se vio representado en el paso a sectores privados de los antes servicios públicos, que comenzaron a ser evaluados como un “gasto”. Esto es conocido por todos como el proceso de privatización.

La cuestión de la educación constituyó uno de los traspasos de responsabilidades del Estado más emblemáticos, que como dijimos se caracterizó por la descentralización y la incorporación del mercado como elemento regulador del intercambio educativo. Esto generó lo que Carlos Alberto Torres explica como “ruptura del pacto democrático”, porque se rompió la noción de educación como una condición sine qua non para la formación de una cultura política.

Si bien esta crisis podemos entenderla como profunda, lo cual hace casi imposible que se observen cambios de un momento para otro, la realidad indica que salvo algunas modificaciones en cuanto al contenido y el acceso a la educación, la llamada “educación para la inclusión” no ha traído hasta el momento cambios sustanciales en el sistema educativo, ni muchos menos en los procesos de enseñanza y de aprendizaje.

Aquí está la cuestión a reflexionar: ¿qué podemos hacer como padres, como docentes y como alumnos para revertir esta situación? ¿O tendría que ser el Estado quien se ocupe enteramente de esta tarea? Tal vez podrían ser todas las partes quienes confluyan en una decisión conjunta para revertir las deficiencias y problemáticas que hoy padece el sistema educativo.

Lo cierto es que el problema de la educación nos atañe a todos y es compromiso de todos velar por la educación de nuestros hijos quienes, aunque suene muy usado, son “el futuro de nuestro país”.

A modo de conclusión, citamos las interesantes palabras de la Licenciada en Psicología Silvia Schlemenson, quien en su texto Caracterización del sentido primario y su relación con la significación secundaria, afirma que “recuperar la democracia en el interior de una escuela es incluir las diferencias, estimular la expresión del marginado, recuperar la palabra del silencio”