Más allá del líquido horizonte

Las islas y el mar turquesa

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31/10/2014

Las islas y el mar turquesa

Paisajes cautivadores, la naturaleza ocupándolo todo, el cielo haciendo las veces de techo... ¿cómo se hace para vivir lejos del paraíso luego de haberlo conocido?

Por Carlos Blanco Fernández

En un instante, el mar azul vira al turquesa. A lo lejos, una mácula en el océano. En ella, dos peñascos en el medio de la nada: las Ilhas Botinas. Pequeñas, coronadas por palmeras, ataviadas con intensos matices y encerradas por aguas cristalinas que cobijan a peces de vistosos colores. Tan simples como excelsas. Inolvidables. Recorro la Bahía de Ilha Grande.

Prontamente, viro al sudoeste de la Ilha da Gipoia y recalo en la Praia do Dentista. Arenas blancas, pulcras, cuasi impalpables. Exquisitas. Palmeras, frondosos árboles que, reclinados sobre la playa, engalanan esa incomparable “cinta blanca”. Sus cálidas aguas incitan a procurar en la transparencia líquida un espacio más fresco, que dé sosiego al cuerpo acalorado. Cerca, una mezcla de agua y arena estremece el límite entre la isla y el océano.

Viendo cómo la inagotable energía aún se mantiene -incluso cuando sólo quedan chispas de luz- dejo que mis sueños, ahora palpables, me lleven de su mano y descanso. Mientras que un continuo vaivén le da forma al masaje. Los ojos, los sentidos, intentan dar cuenta de lo que perciben. Descubren que es cierto, aunque cueste creerlo. Sublime.

La noche me alcanza. La mansedumbre de la tarde se transforma en violencia. El oeste y su viento. Falta de reparo, me preocupa el fondeo (anclaje), la posibilidad de una “garreada” (movimiento del ancla sobre el fondo). Los temores me distraen por unas horas. En el cockpit, apreciando continuamente la distancia del barco a la costa dado que esta se encuentra a sotavento (hacia donde sopla el viento), recapacito y comparo la calma de la tarde paradisíaca con el viento, que también es real, poblado de nubes, fogonazos y  ruidos. Entonces, en mi abstracción, cavilo… ¿la lucha entre la paz y la violencia serán eternas?

Las Islas Botinas -también llamadas Islas Hermanas o Islas Gemelas por su semejanza y cercanía- son dos islotes ubicados a pocos metros y uno frente al otro, que se destacan por la transparencia de sus aguas.

El sol despierta y con él los matices, la vida y el canto. Una nueva página se abre y me encuentra saltando desde Ilha da Gipoia hacia el noroeste de Ilha Grande.

De nuevo el encanto y la belleza de estos rincones inolvidables rellenan el baúl de mis recuerdos. Ahora estoy en “Lagoa Verde”, tiro el ancla y buceo. Corales de fuego, cerebro y algas dan refugio a un sinnúmero de peces que ya conocen las caras del turismo. Escudriñando sitios tranquilos, menos o no invadidos, dejo este lugar después del mediodía, procurando el solaz y la tranquilidad de la ensenada guarecida, Sitio Forte. Algo así como una herradura rodeada de vigorosos y exuberantes morros. Abrigada, pacífica, simplemente un lugar para vivir.

En una de sus playitas me llama la atención un cartel: “Por favor, no remueva los cocos”. Claro, el mar los deposita en las playas. Sería injusto que después de vaya uno a saber qué tamaña travesía algo evitara que la evolución de lo enigmático de sus vidas envasadas, quizá por mucho tiempo, descubra la luz para transformarse en palmeras.

Jazmines, lilas, no sé. El mar, espejo de aceite. La luna, al este, aflora tras un morro.

Las diez de la noche. Sonidos, algunos guturales. Estoy en Saco do Ceu, Ilha Grande. Nuevamente el cielo baja a la tierra. Luna y estrellas se posan sobre el agua, suaves, dulces, tiernas… tímidas. Para uno, sólo para uno.

Una bahía flanqueada por paredes cubiertas de vegetación transforma el mar en un dócil lago. Reflejos multicolores, verdes, rojos, blancos, amarillos, se extienden sobre el agua. Todos vienen hacia mí.

A escasos 100 metros un lujoso restaurant deja escuchar una flauta. Sus amarillas incandescencias también se reflejan. Cerca, la magnificencia y el lujo se adueñan del lugar. Ampulosos yates se regodean en el marco que la naturaleza les brinda. Competencia desmedida. El motor más potente, la excentricidad desopilante. “Leds” por doquier transforman los barcos en navíos intergalácticos.

El sol reemplaza a la luna tras el mismo morro, se hace la mañana. Llega un “gomón” a la playita. Desembarca un pequinés mimado para liberar su vejiga y a su lado la atenta mirada del marinero del magnate. La espalda del morro del Papagayo también nos cobija. Los peces brincan, es la mañana.

En el camino quedaron atrás Ilhas Botinas, Lagoa verde, Lagoa Azul, Praia do Dentista, Sitio Forte, Saco do Ceu, pero en mi mente siguen adelante, quizá haciéndome plantear cómo se hace después para vivir sin esto. La mente, inquisitiva, comienza a buscar explicaciones. Deja el encanto que aprecian los sentidos e ingresa en el mundo de lo racional. Busca respuestas. ¿Qué se necesita para vivir aquí? La vida de los pescadores parece simple y feliz. Pesca, frutas, aromas, poca ropa, escenario cambiante... ¿Qué más?