Somos Raros

Libertad condicionada

por

15/04/2015

Libertad condicionada

Hurgarse la nariz, mostrar más de nuestro cuerpo de lo políticamente correcto, salir a la calle vestido como un lunático... Todos hacemos el ridículo en público de vez en cuando de manera ¿inconsciente?

Por Bárbara Schtirbu

Miedo. Hay una señora completamente desnuda que se pasea por todo el vestuario del gimnasio. Clava la pata arriba del banco, se empieza a encremar con una Hinds de 1982 y me da charla como si estuviéramos tomando un café en Havanna. Yo no sé bien para dónde mirar. Le respondo lo más natural posible, pero decido entablar conversación con su codo, que es lo más vestido que tiene. No funciona. La fuerza de gravedad hizo lo suyo, y allá por el bajo brazo tiene sus dos pechugas caiduchas que me hacen piquete de ojo. Estoy roja. Me pongo a mandar mensajes de texto  y espero a que termine de cambiarse, pero no pasa y sigue hablándome. Empiezo a pensar que no trajo ropa y que va a salir así a la calle. La señora está totalmente cómoda y totalmente arrugada.

Hay un señor en el colectivo sentado, mirando por la ventana. Le falta un dedo de la mano derecha. Se le perdió adentro de la nariz y no hay señales de que vaya a aparecer. Es casi un embarazo nasal. El tabique se mueve como si un bebé pateara por dentro. No quiero ver lo que piensa traer al mundo. El señor está entregadísimo a la tarea de parto y evidentemente no registra que está viajando de espaldas al chofer y que hay 65 personas apretujadas mirándolo. Me pongo a ver las caras de la gente. Asco, risa, vergüenza, indiferencia, odio, asombro, indignación. No quisiera ser la chica que viaja en el asiento de al lado. ¿Qué va a pasar cuando el hombre quiera bajar y le toque el brazo para pedirle que se corra?

Siempre aparece algo raro que nadie más entiende y que, a pesar de ir contra toda lógica, nos deja liberarnos un poco. | Imagen: turevista.com.ar

Hay una pareja besándose en una pizzería. No es un simple beso. Es una fagocitosis. No llego a ver la cara de la chica. Ya fue digerida. Hay ruidos raros mezcla de canilla abierta, masticación de chicle y chiflido de cancha. Es el momento ideal para que se pongan a afanar celulares. Todos estamos viendo la película hipnotizados. Los viejos los miran espantados. Los mozos los miran tentados. Los matrimonios los miran frustrados. Yo también hice algo así una vez, pero no me puedo acordar cuándo fue.

Hay una chica estudiando. Está sentada en una banqueta, de espaldas y dedicándole a medio bar su mejor raya vertical. La tanga hace rato que se fue para abajo y la abandonó. Evidentemente no siente frío ni la necesidad de corroborar que todo está bajo control ahí atrás. Busco la complicidad en otros y la encuentro. Todos estamos necesitando reírnos de algo. También pienso en levantarme y avisarle, pero qué le puedo decir: “Disculpá, ¿aceptás VISA?” o “No te asustes, pero tenés una rajadura en la espalda”; o más sutil: “Me hacés acordar tanto a mi portero.”

Hay un grupo de pibes comprando en un kiosco. Los escucho y pienso en sus padres, que se molestaron al pedo buscándoles un nombre:

- “Dale boludo, llevá birra, boludo”.

- Dame plata, boludo. La con.. de tu hermana, boludo, siempre pago yo, boludo.

- Dale vos, boludo, que yo compré la pizza, boludo.

- Tomá boludo y agarrá maní, boludo.

- Dale boludo, apurá que no llegamooo boludo, boludo, eh, boludo, dale, boludo.

El señor llama al mozo: “Mozo, mozo”, y cuando este ya le hizo señas de que lo vio y está caminando hacia él, vuelve a llamarlo, por las dudas, y le levanta la mano como si fuera un colectivo que no va a parar. Pide amablemente un café con dos medialunas y vuelve a confirmar tres veces más que el café sea con poquita leche, que las medialunas estén “blanquitas” y que no se olvide de la jarrita de agua. El mozo se va con su bandeja y los huevos “al plato” de tanto diminutivo. El reiterativo señor saca ahora tres frascos de vitaminas, una bolsa de Coto con una botella de Gatorade que adentro tiene jugo Cepita, y por último una botella de Cepita con agua congelada. Alguna estaba mal cerrada y se le abrió dentro del bolsito. Se levanta de un salto y me dice “Uy, se volcó todo, qué macana”. Esta escena no es un relato lejano. Estoy sentada frente a mi viejo, viendo una vez más uno de sus rituales de bar de cada día. ¿Por qué dos botellas dentro de una bolsa de Coto, dentro de un bolsito y una con agua congelada sólo para mezclarlas en un bar y tomarse las vitaminas que se podría haber tomado en la casa? Ah, un misterio. No puedo decir nada, los que ya leyeron algunas notas saben que heredé la mayoría de los TOCs familiares. Pero igual lo quiero matar.

La señora tiene entre 78 y 2500 años. El pelo color zanahoria al vapor. No sé si es largo o corto porque crece todo para arriba. Tiene calzas brillantes de muchos colores, medias de toalla y sandalias de taco. Camina elegantemente con un chaleco imitación oso polar (aunque no descarto que haya caminado hasta el Ártico y matado uno con un sifón Drago). Lleva un sobre de charol en una mano y con la otra arrastra un carrito de compras animal print. No sé si va a un casamiento, al supermercado o a un casamiento dentro de un supermercado. La miro sin discreción porque no hay forma de ser discreto. Me sonríe. Tiene un cigarrillo en la boca y los dientes de color verde esperanza. Hago un gran esfuerzo, le sonrío y le saco charla para demostrarme a mí misma que puedo ser una persona sociable (a veces): “¿Lindo día?”. Ella me mira como si le hubiese dicho “Hola tía”. Le repito la frase, pero no le cae bien y se va.

El chico tiene cuatro fotos de perfil. La primera con anteojos de sol en la playa. La segunda con anteojos de sol en un bar. La tercera con anteojos de sol en un barco. La cuarta con anteojos de sol en una fiesta de noche. Todas son selfies. Claramente no tiene ojos, pero a pesar de eso se lo ve feliz, así que concluyo que es un agradecido de la vida. El otro chico sólo nos da a conocer su panza. La primera foto presenta una tabla de planchar en boxer. La segunda, la tabla y un toallón, la tercera la tabla y el toallón caído con un breve adelanto de lo que se viene en el piso de abajo. Muy interesante.

La mujer tiene más de 30, es de noche, se acaba de juntar con sus amigas en un barcito de Plaza Serrano. Llega con una cartera y del otro lado una bolsa de compras de la que asoman manzanas y una lata de arvejas. Las amigas se miran entre sí, frustradas. Ponen cara de “Y bueno, es ella, qué esperás”. La chica no se hace cargo, acomoda la bolsa entre las piernas. Todas piden cerveza, ella una Coca. Sí, adivinaron, la chica soy yo, que siempre veo ofertas en el camino y las aprovecho. Una cita tampoco me frena. Reconozco haber llegado a salidas con una calabaza en la mochila. No me parece grave ni un factor clave para enamorarse (border sí, determinante no). Puedo aceptar que no es el condimento de la seducción, pero un 2x1 es un 2x1.

No somos libres del todo, pero siempre aparece algo raro que nadie más entiende y que, a pesar de ir contra toda lógica, nos deja liberarnos un poco. Vos también harás lo tuyo :) .