Tecnología

Lo que aprendí luego de 24 horas sin smartphone

por Gustavo Gerrtner

11/06/2015

La experiencia me demostró que ese aparato que tenemos como extensión del brazo lleva en su interior un montón de funciones que lograron que olvidemos la forma “a la antigua” de hacer las cosas.

Lo que aprendí luego de 24 horas sin smartphone

Ilustración: Pierluigi Longo


Tomar la decisión de intentar vivir un día entero sin mi smartphone fue sencilla. Alcanzó con pensar un poco en todas aquellas bonanzas de la vida offline que añoran los inmigrantes digitales, es decir, quienes nacieron sin las nuevas tecnologías y las fueron incorporando de a poco a sus vidas. La promesa de la reconexión con el aire libre y la naturaleza era encantadora. Pero la experiencia demostró que para todos los que a los 15 años ya teníamos nuestro primer celular en el bolsillo, dejar aquellos dispositivos con los que nacimos puede resultar un poco doloroso.

Todo comenzó justo la noche anterior, con la aventura de encontrar un despertador, aparato que definitivamente quedó sepultado por el celular. Lo más difícil después de conseguir que me presten uno fue programarlo, porque de hecho nunca había tenido la oportunidad ni la obligación de hacerlo. Una vez puesto en hora, di una última revisada nostálgica al WhatsApp, apagué el teléfono y lo guardé dentro de un cajón.

Al comenzar el nuevo día, el sonido del despertador me aturdió de inmediato. Es mucho más disruptivo que el de la alarma del teléfono a la que estoy acostumbrado, que en mi caso, es una melodía cuyo volumen sube progresivamente. Me desperté sobresaltado y alterado, levanté mi espalda de la cama y busqué a ciegas con mis manos sobre la mesa de luz el celular que, evidentemente, no estaba. Me rendí y dejé caer mi espalda nuevamente sobre la cama con los ojos abiertos. En segundos los cerré, pero en un breve lapsus de conciencia me di cuenta de que el despertador no iba a invitarme a salir de la cama dentro de diez minutos, por lo que con todo el dolor del mundo tuve que abandonarla.

La radio es mi acompañante fiel cada vez que me subo al auto. La lista de canciones elegida por el productor del programa que me gusta tiene un componente sorpresa que ninguna playlist de Spotify o cualquiera que sea la aplicación de moda puede brindarme. En efecto, mientras manejaba sintonicé mi estación favorita y como era de esperar, pasaron un tema que no conocía. A medida que lo escuchaba, cada vez me gustó más: la letra, la melodía, sonaba bien. Me di cuenta de que tenía que pensar alguna forma precaria que me permitiera averiguar cuál era esa canción. La primera opción que vino a mi cabeza fue esperar a que el conductor del programa diga el nombre de la canción al terminarla, pero inmediatamente recordé que muchas veces ni siquiera dicen cuál es, por lo que descarté esa opción. La siguiente fue intentar recordar algún pasaje de la letra de la canción, pero esa práctica paleolítica nunca había funcionado en mí. Me estaba por bloquear, disponía de cada vez menos tiempo hasta que la luz roja del semáforo se transformara en verde. Recordé la lapicera que tenía en la guantera y anoté en el reverso de un ticket de peaje una parte del estribillo. “I'd give my whole life to see it, just you stood there only in your underwear”. Definitivamente hubiera sido más fácil “hacerle escuchar” la canción a la aplicación TrackID, pero esta vez no era la oportunidad.

(La canción era “Underwear” de Pulp)

Sin embargo, no se trata únicamente de cuestiones tan específicas. Hoy por hoy, el smartphone lleva en su interior un montón de funciones que lograron que olvidemos la forma “a la antigua” de hacer las cosas.

-Disculpame, ¿no me das la hora?

-Si, las cinco menos cuarto.

-Gracias viejo.

Uno de los diálogos más famosos y reproducidos de los últimos 100 años está en vías de extinción a causa del smartphone. El movimiento involuntario con el que sacamos nuestro teléfono del bolsillo y sin alejarlo de la cintura lo desbloqueamos para rápidamente mirar la hora es uno de los más frecuentes  e incluso se automatizó. ¿Cuántas veces miramos el celular sin siquiera tener la intención de saber la hora?. Si bien el reloj no está ni cerca de desaparecer -debido a los ya bien conocidos valores simbólicos y estéticos de su portación-, es cierto que, considerando también que un reloj vistoso de marca funciona como llamador de malvivientes, mucha gente opta por dejarlo en su casa. La experiencia me sirvió para reflexionar que solamente me pongo el reloj cuando tengo alguna salida o fiesta. Y se que no estoy solo: cuando miro a mi alrededor, puedo ver que hay más smartphones que relojes en las calles.

Admito mi error: sencillamente no me había percatado que antes del celular la gente usaba reloj para saber la hora.

Ya llegada la noche estaba desesperado. Mi contacto social había sido parcialmente coartado, porque gran parte de nuestra comunicación interpersonal pasa por un teléfono que cabe en la palma de la mano. Me fijé en el reloj y marcaba las nueve de la noche. Busqué mi celular y lo prendí: sabía que estaba por rendirme antes de terminar el desafío pero me resultaba urgente saber qué pasaba en mi entorno. Y de pronto me llené de notificaciones. Whatsapp, Facebook, Twitter, todo junto. Lo llamativo es que gran parte de los avisos no eran urgentes, sino que eran cosas superfluas. “A Matías le gusta la foto de Lorena”. ¿Y? ¿qué me importa si a Matías le gustó el escote (porque la foto era eso, basta de mentirnos a nosotros mismos) de Lorena? Nos acostumbramos a coexistir con un exceso de información y a jerarquizar lo importante de lo que no es significativo como forma de vida.

Ser parte de la generación Z y X (como se conoce a los cohortes generacionales que nacieron a partir de fines de los '80 hasta la actualidad) implica vivir conectados. Ya es parte de nuestra forma de ser, y es poco común tener un conocido que viva aislado. Y si lo conocemos, es justamente por ese rasgo. A causa de la vida inmediata, somos impacientes y queremos resultados inmediatos. A diferencia de lo que nuestros padres y abuelos sospechan, no estamos aislados, sino más conectados que nunca. Armamos grupos autorreferenciales e incluso colaboramos virtualmente en causas que consideramos superiores sin conocer a quien está del otro lado de la pantalla del celular o computadora. Pero lograr que quienes nos anteceden comprendan que no es decisión nuestra vivir de este modo, no es tarea que nos corresponda.