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Mafia Rusa

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02/12/2014

Mafia Rusa

Estábamos desesperados por vernos y el universo conspiró para que eso pudiera hacerse realidad: exactamente el mismo mes que mi novio se iba a hacer una maestría a Europa, yo empecé a hacer vuelos al exterior.

Por Jazmín Slat

Ya un poco más tranquila y con un café en la mano, me siento a esperar el vuelo. De repente en las pantallas casi la mitad de las partidas aparecían canceladas. Se había activado un volcán en Islandia y las rutas estaban contaminadas con ceniza. ¡Dios, no puede estar pasando esto ahora! Luego de unos minutos de incertidumbre, logro ver que Madrid seguía en horario. Pude terminar de tomar el café y hasta me compré un croissant, aunque aun estaba intranquila.

"En menos de media hora, las luces de la ciudad quedaron debajo de las nubes y la historia de la Mafia Rusa en el tintero de los recuerdos únicos". | Imagen: Sascha Grenner

Me encontraba en Londres hacía 36 horas, 12 más de lo planeado. ¿Qué se me había pasado por la cabeza cuando decidí venir? ¡Con qué necesidad! ¡Ahora sí que no llegaba en horario para volver a Buenos Aires, me iban a echar y nunca más lo iba a poder visitar! Hasta no estar en Barajas no iba a estar en paz; yo más que nadie sabía que los imponderables en un aeropuerto surgen de la nada y en cualquier momento.

- ¡La Mafia Rusa! ¿Te das cuenta de que no te puedo dejar sola, Jazmín?

- ¿Yo qué me iba a imaginar que estas cosas sucedían en la vida real? Parecían buenos, qué se yo.

- A vos todo el mundo te parece bueno, ese es el problema.

Tuve dos vuelos seguidos a Madrid. En el primero me vino a visitar él. Para el segundo, habíamos quedado que no nos veíamos porque después yo tenía vacaciones y me quedaba en su casa 15 días. Pero en el avión, una compañera me convenció de que lo fuera a ver de sorpresa. Que para qué es la vida sino para disfrutarla y para qué tenía este trabajo sino para aprovecharlo, que estando a dos horas de avión cómo no nos íbamos a ver, que los momentos felices justifican todo y bla bla bla. Y así fue: me cambié en el aeropuerto de Madrid, compré un pasaje a Stansted y antes de embarcar le mandé un mensaje diciendo que me cocine algo rico para esa noche. Así que la sorpresa fue a medias: se enteró un rato antes. Pasamos un día muy lindo, no sólo por el hecho de estar juntos otra vez, sino por la emoción de encontrarme en esa ciudad que me gustaba tanto y que no visitaba hacía tres años. Fue todo intenso, perfecto. Lo que nunca podría haber imaginado era que perdería el vuelo de regreso, que casi iba a terminar en Ibiza con dos perseguidos por la Mafia, y que estallaría un volcán en Islandia.

- Empecemos por el principio, ¿por qué estabas con esos flacos?

- ¡Por tu culpa!

- ¿Por mi culpa? ¿Y yo qué tengo que ver?

- Porque no me acompañaste al aeropuerto, estaba sola, nerviosa y no tenía teléfono para avisarte que había perdido el vuelo. Y ellos que también habían perdido el vuelo me prestaron el suyo. Y así empezó todo. Estaban desesperados por salir de Inglaterra, y les venía bien cualquier destino.

- ¿Pero a Ibiza tenías que irte, que es otra isla?

- Bueno lindo, sólo quería estar en España.

- Jazmín, ¡lo peor es que cuando me llamaste escuché que te ofrecías a pagar los tres pasajes con tu tarjeta de crédito! Ibas a quedar pegada, no lo puedo creer, ¡sos una inconsciente!

En Europa es casi imposible que te roben la cartera por la calle, que por dos pesos corras riesgo de vida, y que pases un mal momento como los que se pueden llegar a pasar en otros lugares. En cambio, pasan estas cosas: situaciones raras con gente rara. Estos dos españoles que estaban viviendo en Londres, no sé cómo se vincularon con los rusos que les depositaban plata en sus cajas de ahorro, después de un tiempo la retiraban y les dejaban una suma de efectivo. Digamos que ese era el negocio. Pero resulta que uno de los chicos tomó prestado gran parte del dinero y cuando los rusos lo quisieron retirar -antes de lo acordado- la plata no estaba. Era mucha, y no la podían conseguir de un minuto para el otro como pretendían “los mafiosos”. Si no se escapaban esa noche, los iban a matar.

Pero todo terminó perfectamente: los españoles consiguieron un vuelo al sur de España, y Gugue me compró un pasaje a Madrid para la mañana siguiente. Llegaba a Barajas a las 11 am y a mí me pasaban a buscar por el hotel a las 5 de la tarde. Estaba un poco ajustada pero si todo iba sobre rieles, las cosas saldrían bien. No iba a tener tiempo de descansar, pero al menos iría a trabajar.

Cuando finalmente llegué al hotel, me crucé con una compañera que me decía que había habido algunos imprevistos, que un vuelo se había cancelado, que ese día se volvía otra tripulación a Buenos Aires, y que nosotros nos volvíamos en dos días. Ay, ¡el alivio que sentí en ese momento! El cansancio que tenía, la falta de sueño y el estrés eran inmensos (piensen que si a la ida me fui directo a Londres, lo hice sin descansar, y una vez estando allá -con él- dormí pocas horas, tomé alcohol y, sumado a todo el estrés del retorno, el agotamiento era extremo. Un verdadero lío que sólo una así de enamorada podía hacer). Corrí hasta mi cuarto y me metí encantada en la cama. Nunca antes la había sentido tan cómoda, tan mullida, la suavidad de las almohadas tan justa, la temperatura de la habitación, perfecta. En pocos minutos me fui derritiendo en ese Edén de algodón blanco, inmaculado. Pero el placer duró nada. A los pocos minutos -quizás sólo uno- el Jefe de Cabina me tocó la puerta. Una de las chicas que tenía que regresar esa noche se había enfermado y yo, como era la más nueva de mi tripulación, tenía que volver para reemplazarla. No podía decir que no, la orden venía de Argentina. Tampoco podía contarle todo lo que me había pasado: no nos podemos mover más de 30 km de la ciudad donde nos quedamos y, menos que menos, tomar un avión de casi tres horas para dormir en otro lugar. Pero yo, en ese año y medio, estaba desquiciada y me mandé las mil y una.

Miré la cama con ganas de llorar, caminé hasta el baño con la cabeza gacha y me metí en la ducha. A las tres horas estaba perfectamente vestida de azafata como si nada hubiese pasado, atravesando el gate B28 que decía “Buenos Aires”. El Jumbo747-400 se elevó pesado de la calurosa meseta madrileña y yo respiré aliviada en la puerta 5R. Tranquila de estar sana y salva en mi lugar de trabajo pero, también, nostálgica de dejar el continente donde dormía mi novio. En menos de media hora, las luces de la ciudad quedaron debajo de las nubes y la historia de la Mafia Rusa en el tintero de los recuerdos únicos.

¿Visitas express? ¡Hombre, claro que sí! Millones más.