Cultura

¡Música para mis oídos!

por Alan Laursen

20/02/2015

Aunque la mayoría disfruta de este arte, a veces se constituye en un placer secreto para su contexto o el común de la gente, ya que por determinadas connotaciones ese género le puede representar un prejuicio o un motivo de vergüenza respecto a los demás. ¿Hay algún límite para aquello que nos agrada escuchar? En Magna te invitamos a debatir sobre la música, los gustos musicales y sus características. Ya está girando el tocadiscos, ¡pasá!

¡Música para mis oídos!
Imagen perteneciente a la campaña colombiana "Usa la razón, que la música no degrade tu condición", contra la lírica violenta del reggaetón. | Imagen: venezuelaaldia.com

Nadie puede discutir que la música es arte en su amplio espectro de géneros y variantes. Algunos más consagrados que otros, o más valorados, o más denostados o elevados. La música también tiene la particularidad de entretener (por ejemplo cuando vamos a bailar) y puede comunicar y/o invocar emociones y sentimientos. Y por supuesto, es la aliada perfecta de la poesía ya que combinando música y letra han nacido infinidad de producciones musicales a lo largo de los siglos. De hecho existe una semiótica del sonido, una ciencia que busca comprender la significación concreta y simbólica de los sonidos que nacen dentro de una cultura y un contexto histórico determinados, y que cuyo significado también evoluciona o cambia.

Otra cuestión aparte es el uso y disfrute que hacemos de la música en general, y también el valor que le damos a determinados estilos y el rechazo hacía otros. En Argentina, la “cumbia villera” fue rechazada desde el primer momento por sus letras vulgares y su raíz popular, vinculada al mundo de los barrios bajos y la delincuencia. Poco a poco fue mutando y empezó a ser más aceptada y “comercial” (paradójicamente, ya que su origen se puede decir que es contracultural y marginal). Con los años, incluso el rey del género, Pablo Lescano, empezó a ser valorado desde otro ángulo. Se hizo foco más en su calidad como músico -la cual reconozco sin pudores- que en la de cantante y compositor.

Y si es cuestión de géneros, también es cuestión de sectarismos y “códigos”, ya que un metalero rechazaría -por ejemplo- cualquier canción de Miranda!, como así también a otro metalero que la admita como aceptable. Está bien, es sólo un ejemplo llevado al extremo para ilustrar la pasión musical que nos embarga a todos cuando nos sentimos representados o a gusto con un determinado género. “El palo” del rock nacional también suele ser bastante duro con otros géneros -como el pop- e incluso con los que comparten el mismo gusto musical: para ilustrar esto basta pensar en la “incompatibilidad” que hay entre seguidores de Soda Stereo y Los Redondos, lucha que es ajena a las bandas y a muchos fans. Son cosas del mundillo.

Música polémica

Pero, ¿qué pasa cuando la música tiene otras connotaciones negativas asignadas por el contexto? ¿Tenemos que tener vergüenza de admitir que nos gusta determinada melodía aclarando que no compartimos los supuestos ideales que representa?

Un ejemplo concreto de ello son los himnos, que expresan sentimientos positivos respecto a una nación, un movimiento, un dios, un héroe o una hazaña. Tomados fuera de su contexto histórico, a la luz de los cambios y de muchos dolores para la humanidad, algunas letras nos parecerían espantosas, o al menos los ideales que representan no nos caerían en gracia. Habiendo dicho esto, ¿qué ocurre con la música de esos mismos himnos?

Tomemos por caso algunos que son representativos de la política mundial que no dejan mucho lugar a discusiones. El Himno de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas me parece uno de los más bellos y poéticos que se hayan escrito, amén de representar el ideal de un régimen que dejó decenas de millones de muertos a lo largo de su existencia, gran parte de la misma bajo la dirección de uno de los líderes más crueles que haya dado el siglo XX: José Stalin. ¿Podemos sentirnos libres de decir que esa melodía es en extremo deliciosa para los oídos, más allá de los fines para los que fue concebida y los valores que encarna y difunde? YO sostengo que sí. ¿Por qué? Bueno, porque muchas personas que no entendemos una canción en otro idioma pero la música nos vuelve locos, disfrutamos de la melodía sin saber qué es lo que realmente dice. Puede estar hablando de decapitar pollitos con la boca y salir a matar a la calle, pero si tiene una melodía pegajosa no podemos resistirnos al encanto sin preocuparnos por nuestra ignorancia respecto a lo que enuncia. Lo mismo ocurre con aquellas canciones que son hiper pegadizas pero que lo único que repiten en todo el tema es una estrofa o una oración, siendo evidente que lo que importa mucho en una canción es justamente más la melodía que el contenido.

“Giovinezza” (Juventud) es el himno de la República Social Italiana, es decir, época del fascismo. Un ejemplo claro de canción pegadiza, con letra un tanto controversial para estas épocas y una historia detrás que nos pone la piel de gallina al recordar lo que ese periodo significó para la humanidad. El componente épico de la música de los himnos (y marchas) -mucho más que la letra- es el que hace comprometer las emociones al escucharlos, por su fuerza y contundencia. Esto no quiere decir que vayamos como las ratas tras el flautista de Hamelin, siguiendo una música de manera hipnótica y acrítica (aunque algunos casos habrá). De hecho en Internet podemos encontrar todos estos himnos y marchas militares, del mismo modo que tenemos acceso al último videoclip de Katy Perry o a un tributo a Gustavo Cerati  y no trae mayores consecuencias, más allá de una pelea en los comentarios del video.

Basta estar en el extranjero y escuchar el Himno Nacional para que unas lágrimas rueden por tus mejillas, afirman muchos. Tal vez eso explique mejor el poder connotativo de los himnos y la música en general (lo mismo le ocurre a una gran cantidad de personas con el tango).

¿Dime qué escuchas y te diré cómo eres?

Ese parece ser el prejuicio o preconcepto en el que cae la mayoría. El que escucha cumbia villera es marginal, el que escucha a Sabina o Spinetta es intelectual, el que escucha metal es un encuerado dark con nudillos de acero que te va a patear en la calle y puede que también sea neonazi. Más allá de nuestros gustos particulares, a veces los estereotipos se ponen a prueba cuando conocemos a alguien que contradice nuestra creencia.

Tal vez la belleza de la música no radique sólo en la melodía en sí misma sino en la apertura mental de las personas que tengan el valor y el gusto de apreciar el amplio espectro existente, sin encontrar ningún tipo de contradicción en escuchar música clásica o new age en algún momento del día, mientras que por la noche sale a bailar al ritmo de la cumbia o asiste a una rave. Contrariamente a lo que muchos piensan, el gusto diverso y ecléctico por la música y la no-definición del gusto por un género particular o afines, no es un rasgo de falta de personalidad, sino todo lo contrario (en mi opinión).

¿Qué sentimientos te despierta la música? ¿Hay algún gusto musical que te avergüence disfrutar?