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New York bajo cero

por Jazmín Slat

24/02/2015

Caminé las 20 cuadras desde el hotel por una de las veredas del Central Park. El aire congelado se sentía duro en la cara y por momentos era tanto que tuve que cerrar los ojos. Pero lo vi, y ni el viento ni el frío impidieron que pudiese sonreír. Inmenso e imponente: The Metropolitan Museum of Art (MET), a los pies de la Quinta Avenida.

New York bajo cero

Hace seis grados bajo cero en Nueva York, y eso sí que es mucho frío. ¿Qué hacer? No está dentro de las opciones ir de compras porque, además, tengo que ahorrar. Y por otro lado, ¿a quién le resulta atractivo ir a un probador cuando se tienen medias de lana, pantalón, botas, varias capas de remeras, sacón de lana, campera, bufanda, gorro y guantes? Paso: en esas circunstancias soy indiferente a las liquidaciones. Tampoco estaba en los planes ir de excursión, ni chupar demasiado frío girando por ahí con una taza de Starbucks en la mano (algo muy neoyorkino, por cierto). La mejor idea, la más linda, la más acorde, la más mía es, sin lugar a dudas, internarme en un museo. Algo que amo y que me hace sentir sumamente privilegiada. Es mi templo, el mejor lugar para la introspección.

Estoy leyendo la placa introductoria de la sala de Medio Oriente cuando escucho que alguien me pregunta si soy de Siria. Enseguida digo que no mientras pienso que, de todas maneras, algo de mis orígenes andarán por alguna parte de esas coordenadas. Mi mamá tiene orígenes griegos, mi papá italianos del sur pero… ¿alguien sabe de dónde venimos en realidad?Después de tantas  cruzadas, conquistas, migraciones e imperios en esplendor (por estas latitudes, desde la magnífica Grecia, pasando por el Imperio Romano, el Bizantino, al Imperio Otomano y más… de Francia, España, al norte de África pasando por Asia Menor, llegando hasta la India. Un poco más arriba, las fronteras con Siberia y el Imperio Mongol).

Vuelvo a mirar el mapa que acompaña la inscripción, tratando de proyectar alguna imagen de época pero no puedo. Esa persona seguía interesada en preguntar. Un poco lo lamento, porque me encanta jugar con esas cosas: ver un parque, un castillo, una calle antigua e imaginarla siglos atrás. Escenografía, vestuario, personas, costumbres y entorno incluidos. Lo mismo trataba de hacer con el mapamundi: trazar líneas de cruzadas, imaginar soldaditos, armamentos, caballos, camellos, elefantes y todo tipo de cargamento de guerra. Tiendas donde transcurría la vida, amoríos, banquetes. Pero no pude. La voz con recuerdo a Centroamérica hacía difícil el rodaje.Así que sí: tengo cara de italiana del sur, tengo cara de turca, de griega, de gitana. Cuando estuve en Nepal, me preguntaron si era hindú. Increíble, ¿o no? Podríamos ser de cualquier parte. Nuestros genes están mezclados con millones más.

Era un hombre de Nicaragua. Un lector, un viajante, un poeta. Yo, a pesar de que estaba apurada y con ganas de echar a volar mi imaginación, no pude interrumpir su conversación. Era amable y gentil, como la gente que no abunda en este mundo. Así que me senté a charlar con él. Me contó que se le acababa de ocurrir la última parte de un cuento y que estaba angustiado porque se le había quedado sin tinta la lapicera, entonces, yo que tenia dos, le regalé una (los que gustamos de escribir siempre andamos por ahí con un block de notas y una lapicera, por las dudas. No vaya a ser cosa que se nos ocurra la mejor idea del mundo y no tengamos donde volcarla). Luego de unos minutos, continuó su recorrido por un ala del museo y, yo, por la contraria. Esta vez con ganas de seguir charlando. Pero así son los encuentros, a veces fugaces aunque perduren mucho tiempo. El libro que me recomendó será siempre fruto de ese momento.

Me quedé pensando en la gente. Por ejemplo, en la zona de Asia hay un jardín japonés. Muy lindo y luminoso, tan perfecto que hasta uno se olvida que está en La Gran Manzana. Decidí pasar para contemplarlo mejor y me sucedió algo raro: toda la gente que se encontraba en ese jardín era asiática. Durante unos minutos no logré discernir si eran parte del decorado, o se encontraban allí por pura casualidad. Lo mismo me pasó en la sala de La India. Al no haber nada argentino en el museo -y yo no poder sentir eso que voy a expresar a continuación-, intenté conectar con los sentimientos de esa gente. Apreciando algo propio, pero a miles de millas de su nación. Algo que era -claramente- robado, y para lo cual tenían que abonar una entrada. ¿Qué les produciría?

Enseguida me acordé del British Museum de Londres, una especie de versión inglesa del MET, aunque prefiero el primero por crear rincones más íntimos. Lo que me hace pensar, a lo mejor, en una curación hecha con más dedicación y sensibilidad.

Llegué a la conclusión -un poco horrorizada- de que gran parte de la historia mundial del arte está encerrada en estos edificios. Pero, ¿qué pasaría si le devolviesen a esas naciones todo el esplendor de su pasado? Si ellas mismas pudieran tener en sus museos, o en sus ciudades, estas reliquias, pudiendo mostrarlas orgullosas.

En el museo inglés, una de las cosas que te entregan en la entrada es un folleto en el que se explica por qué aún conservan en su poder dichas obras. Por ejemplo, podemos apreciar gran parte del Partenón, algo de real morboso interés para los que -como yo- todavía no hemos tenido la oportunidad de viajar a Grecia. Los tan polite ingleses nos explican que es una ventaja inmensa el poder apreciar toda la historia del mundo en un mismo lugar, una facilidad turística, un favor a la humanidad, ya que la entrada, por cierto, es gratuita. Además, teniendo en cuenta que Londres es uno de los destinos más concurridos, el museo está en un lugar estratégico para que pueda ser visitado por gente de todas partes del globo, y así poder apreciar gran parte de la historia mundial ahorrándose pasajes de avión y estadías en distintas partes del mundo a las que, según ellos, a la mayoría de la gente no se le ocurriría visitar. En ese caso, estarían contribuyendo a una causa cultural mundial. Eso sí, si queremos conocer el British Museum hay que ahorrar en libras esterlinas. Por otro lado, afirman que no tendrían ningún problema en devolver las obras (y esto es en referencia a que el Gobierno griego las habría solicitado para mostrarlas en el Museo Arqueológico Nacional de Atenas) pero, siendo conscientes del riesgo que equivaldría su traslado, aseguran que no les parece prudente poner en riesgo semejante patrimonio cultural de la humanidad. Nuevamente, estarían apoyando a la causa. Curioso es que no les haya preocupado aquel detalle en el momento en el que se llevaban todo para Inglaterra (hace algunos siglos, y con menos tecnología que ahora). En New York al menos no entregan ningún folleto “abre-paraguas”. Es como dice el dicho: “No aclares que oscurece”.

Lejos de toda discusión filosófica, debo decir que pasé una tarde hermosa en el museo. Me maravillé con cada obra y viajé por todo el mundo. Lamentablemente el tiempo no me alcanzó para recorrerlo en su totalidad y dedicarle lo suficiente a todo lo que había para ver. Pero no importa, ya tengo plan para mi próxima estadía de frío polar.

Mientras caminaba hasta Lexington Avenue para tomar el metro hasta Meatpacking District y encontrarme con mis amigas -las que sí habían hecho shopping-, no paraba de pensar en las cosas que había visto en el museo, en el folleto inglés, y en las caritas de esos hindúes que apreciaban la sección de un maravilloso techo de madera tallado a mano. Techo de un importante palacio hindú que hoy duerme en el MET.

A vos, ¿qué sentimiento te provoca?