Sociedad

No estoy hecha de sal

por Ana Virginia Lona

25/11/2016

En nuestros días mirar hacia atrás es considerado casi un pecado tal como refleja la historia bíblica de la mujer de Lot. Sin embargo, esta acción nos permite encontrar respuestas y cuestionarnos sobre el devenir.

No estoy hecha de sal
Los recuerdos se seleccionan de acuerdo al modo en que se conectan con el presente. | Imagen: flickr.com/photos/uwgbadmissions
23 El sol salía sobre la tierra, cuando Lot llegó á Zoar. 
24 Entonces llovió sobre Sodoma y sobre Gomorra azufre y fuego de parte de Jehová desde los cielos;
25 Y destruyó las ciudades, y toda aquella llanura, con todos los moradores de aquellas ciudades, y el fruto de la tierra.
26 Entonces la mujer de Lot miró atrás, a espaldas de él, y se volvió estatua de sal.

La mirada hacia el pasado es vista como algo negativo y restrictivo para nuestro moderno afán de progreso. Se repudia, aún desde la Biblia, ese pasado que nos ha marcado (en menor o mayor medida), y que configura nuestro presente. La mujer de Lot, convertida en estatua de sal por desobedecer a Dios al mirar la ciudad en llamas que dejaba atrás, se convierte en una figura aleccionadora que, como símbolo, atraviesa todos las épocas.

Aunque la historia de la mujer convertida en estatua de sal permite varias interpretaciones, el mensaje es claro: sólo seguí tu camino, lo que quedó atrás ya no es ni será nunca. Pero la retrospección permite encontrar respuestas y, lo que es mejor, muchas preguntas. Además, no todo lo que se evoca es fácilmente abarcable por ninguna figura simbólica. Ni Dios, ni el sistema capitalista.

Podemos ver en la actualidad un boom mercantil del recuerdo que también es muy criticado por ser visto como una estrategia, no sólo de venta, sino también de encubrimiento de un pasado que no era del todo “rosa”. Los recuerdos se seleccionan de acuerdo al modo en que se conectan con el presente. La selección de lo que nos queda en la memoria es crucial para configurar nuestro presente.

Uno de los puntos del argumento que se esgrime desde las palabras detractoras es que estas estrategias mercantiles intentan hacer creer al consumidor que el mundo era mejor en el pasado, y que el presente es hostil para todos nosotros, cuando en realidad es tan hostil como lo fue antes.

La realidad es que el recuerdo siempre se nos va a presentar incompleto, confuso, parcial y selectivo. Como está conectado a nuestro presente, estas operaciones de selección de los recuerdos en los individuos nunca son del todo ingenuas ni acríticas como plantean los críticos del boom mercantil del recuerdo. Los consumidores de los productos de la nostalgia viven su presente con sus conveniencias e inconveniencias, al igual que vivieron su presente en tiempos anteriores, y son conscientes de ello.

Otro punto del argumento detractor es que se apunta a una franja etaria que otrora vivía su niñez y no tenía conciencia del entorno, por lo tanto, el mundo presentado en forma de recuerdo siempre tiene un tinte casi mágico. Esta idea es cierta en algún aspecto pero no en todos. En primer lugar, los niños tienen una capacidad de percepción importante aunque no lleguen a comprenderlo todo. Los niños aprenden a lo largo de su vida, y en ese desarrollo la curiosidad sobre su entorno es el motor de la supervivencia. Por otro lado, los adultos de hoy, que reviven esos recuerdos a través de series de TV, películas, canciones, etcétera, lo hacen desde una perspectiva madura, pero lúdica. No hay un consumo acrítico del todo.

Es cierto que los productores y reproductores de los bienes culturales tienen la intención de rescatar aquello que sirve para mantener el orden establecido actual. Pero también es cierto que el gran público no es del todo influenciable, y que la memoria colectiva tampoco puede ser abarcable completamente desde ningún ángulo. Los recuerdos siempre nos conectan con otros que teníamos escondidos. Estas ligazones no pueden ser controladas por nadie. Si esto no fuese así, entonces las empresas y las políticas totalitarias no necesitarían del monopolio de los medios masivos, ni tampoco de los organismos públicos que sirvan para la reproducción de sus ideas.

La misma idea de que esta recuperación del pasado en forma de producto mercantil es tomada acríticamente por el gran público es la que sustenta la figura de un sistema que funciona a la perfección, y que abarca todos los aspectos de la vida de los individuos. Este punto es cuestionable ya que es el mismo sistema el que necesita que creamos en su funcionamiento infalible para que su efecto dominante sobre nosotros sea efectivo.

En conclusión, es importante tener en cuenta que ninguna producción y reproducción de los bienes culturales es ingenua, pero también que el consumidor de estos bienes no es un autómata. La mejor estrategia de dominación es la que logra convencer a los dominados que lo son, que todo lo que se dirige a ellos tiene ese fin, y que su funcionamiento es infalible.

Ni desde el mercantilismo, ni desde sus detractores que ven en él la perfección de la dominación, pueden convencernos de que nosotros no tenemos la capacidad, ni la curiosidad de tener una mirada diferente.

Si logramos tomar conciencia de que no somos rehenes de una sola lectura de la realidad, con su pasado y su presente, podremos mirar hacia atrás y permitirnos otras lecturas, sin temor a convertirnos en estatuas de sal.