Más allá del líquido horizonte

O Pampero brasileiro

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30/09/2014

O Pampero brasileiro

Cuando el implacable viento sorprende a nuestro navegante solitario, lo obliga a "jinetear las olas". Luego llegará la calma y, con ella, un par de espectáculos que compensarán el agotamiento.

Por Carlos Blanco Fernández

São Francisco do Sul, un pedacito de 500 años de historia brasilera. Caminar sus calles empedradas y admirar sus antiguos edificios en perfecto estado muestra por qué en su bandera ostenta “Ordem e Progresso”.

Tuve suerte: fondeo en la dársena del “Museu do Mar”, una institución con una colección espléndida de embarcaciones, que muestra los avances de las técnicas de la navegación de los indios, las influencias de los navegantes de las Azores y el enriquecimiento paulatino de las técnicas por la influencia de las distintas culturas.

Abandono este interesante “rinconcito de Brasil”. En cuanto asoma la aurora, los días tórridos de diciembre muestran su inclemencia. Alta temperatura y humedad acompañan mi zarpada. Destino: la Ilha de São Sebastião, Ilhabela. Una singladura estimada en dos días y algo más. Me hago a la mar, el sol se impone sobre la marcada calma. El barómetro baja en forma alarmante.

La “modorra” sobreviene al mediodía, anula reflejos, dormito. Horas más tarde el panorama cambia. Se corre el telón, la escena muestra hacia el Sudoeste nubes bajas, atemorizantes.

La alarma del radar suena estridente, controlo el horizonte, nada veo, sólo agua. Por popa, el fondo del escenario enseña nubes agitadas que comienzan a “rodar”. Un enorme cilindro, vaporoso y violento, viene implacable hacia mí. Lo reconozco. En nuestros pagos suelen verse en el campo, en el río o el mar. Allá les llamamos “cigarros” por su color oscuro, cargado del polvo que arrastra del Oeste. Aquí, para mí, es “O Pampero brasileiro”, viene limpio, lleno de agua, sonidos y luces. Todo vehemente, impetuoso. La foto que comparto es una muestra de cómo comienza, después de eso no me alcanzan las manos para tomar otras imágenes, las necesito para tratar de controlar el barco y no caer al agua o golpearme. Es un “personaje” en formación, de esos que el océano envía para no olvidar que él es el que manda.

Así comienza la formación del "Pampero brasileiro", un espectáculo atemorizante a la vez que fantástico. | Imagen: Carlos Blanco Fernández

Media hora, no más, el mar se eriza, encrespa y en pocos minutos, aturdido por el sonido del viento y la jarcia, mi barco y yo “jineteamos las olas”.

“Charlie”, mi piloto automático, se enojó, negándose a colaborar justo en el medio de ese tremendo desbarajuste. Dos horas de pelea, bandazos y lluvia salada que el mar genera, cuando la espuma de las crestas se deshace en gotas que el viento arrastra.

¿Qué queda por hacer? “Correr el temporal”, dejarse llevar sin atreverse a obstinarse frente a lo que el mar decide. Afortunadamente, estoy a 25 millas de la playa y es de esperar que no sople por mucho tiempo. ¡Ojalá así sea!

Obligado por las circunstancias, sigo el rumbo que me imponen los 90 km/hora del fuerte soplido. El problema es que el viento se empecina en llevarme hacia ese horizonte de piedras, que cada vez está más cerca, no quiero caer en la desesperación y hago lo que puedo. Dejo que el viento se encargue de nosotros: no queda otra. La corredera señala seis, siete, ocho nudos de velocidad y por momentos más, el timón se endurece. Ya no basta un brazo, sino dos, para poder controlar la “caña”. Las olas me empujan y escoran hasta los 30-35 grados. Pero Wisdom pelea y pelea, una vez tras otra, se va a la orza, las remonta y sigue. ¡Bravo mi barquito!

El Pampero pasa, deja su marca por unas horas y luego el viento se hace franco y calma. Entre golpes y sacudones pasó el día. Emociones, cansancio y reflexiones. “Cayó el telón” y  llegó la noche. Las estrellas perezosas se ocultan. Oscuro, el cielo me priva de su regalo.

En las primeras horas del nuevo día, aunque en sombras, veo luz sobre el mar. Por alguna razón, a mi amigo Wisdom le han aparecido “bigotes blancos” en la proa. Miro hacia atrás, a la popa, y veo que deja un camino luminiscente. Observo en las sorprendentes líquidas figuras que se desprenden “chispas”, hermosas, como pequeños diamantes. Son los duendes del mar, las noctilucas, pequeños microorganismos deleitándose, jugando con nosotros. Milagros del mar que al dormitar y salir del sueño inoportuno me mantienen despierto, contemplando su extraña belleza.

Algunas horas más, y la luna, remolona, aún no se decide a asomar.

Escucho algo, consulto los instrumentos, no veo nada, pierdo la atención. Estoy cansado, el piso de mi barquito parece la más acogedora de las camas. Vuelvo a escuchar algo así como un fuerte soplido. A estribor… ¡qué sorpresa¡ Un chorro de agua blanco, casi como una desordenada columna, acompañado nuevamente por un gran soplo. No puedo precisar la distancia, pero es cerca… ¡ballenas! No alcanzo a distinguir sus siluetas, sólo escucho sus imponentes demostraciones pulmonares. La preocupación por su cercanía no impide que goce del extraordinario espectáculo. Exaltado aún, el oscuro de la noche se desvanece con una tímida luna que reduce los contrastes. Se van, desaparecen, se introducen en el mundo de la fantasía y me abandonan. Mantengo el rumbo, izo velas, todo pasa, mi corazón ya no se agita. Vuelve la calma, el silencio, la noche, mi pensamiento y yo.