Somos Raros

Palabras más, palabras menos

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24/04/2015

Palabras más, palabras menos

El lenguaje es algo poderoso pero a veces hay que entender que no todo el mundo quiere hablar, ni todo el mundo quiere recordar su pasado o lo que le da vueltas por la cabeza.

Por Bárbara Schtirbu 

Soy redactora, pero el oficio no vino con la carrera. Busco palabras desde que era muy chica. Antes de saber qué significaban. Antes de entender para qué servían.

Recuerdo que tenía una prima grande que siempre estaba muy triste. Y yo, que no sabía de tristeza en esa época, había decidido que iba a salvarla de “eso” que la hacía quedarse en cama y mirar las paredes con ojos tan apagados.

Me sentaba al lado y hacía silencio con ella. Después le preguntaba qué le pasaba. Había días que no me contestaba y había días que se levantaba como si yo no estuviera ahí y se ponía a ordenar la pieza. Me acuerdo que la cabeza me iba a toda velocidad tratando de decir algo que sirviera. Ella a veces hablaba muy bajito y me explicaba lo que sentía. Yo tenía seis años, pero hacía el esfuerzo de crecer de golpe para poder entender. Me repetía que todo era “gris”. No sé si en ese entonces llegué a darme cuenta de que ese gris no era el color de los objetos, sino una metáfora de la vida, pero igual creo que lo intuía.

Me acuerdo también que le escribía cartas llenas de faltas de ortografía y de sentimientos. Estaba convencida de que en un papel las palabras eran más poderosas que en la boca, capaz porque quedaban en algún lugar. Le hacía un recuento, renglón por renglón, de todas las cosas buenas que tenía: un marido, un perro, una gatita, pelo lacio, el mate, las papas fritas y yo, que la quería. Enumeraba con dedos chiquitos y con la simpleza de los nenes que realmente pueden ver en todas las cosas algo genial. Porque todo era nuevo para mí, que había estrenado el mundo hacía tan poco y que no podía más de la alegría que sentía por estar viva.

"Soy omnipotente con el lenguaje, creo que las palabras todo lo pueden, que siempre se puede llegar al otro hablando, y no es así". | Imagen: dadelosnamor.blogspot.com

No tenía mucho vocabulario propio todavía, así que tomaba frases de la tele o de mis papás y las tiraba al aire como si hiciera magia. Un par de veces se ve que dije algo que funcionó, porque ella dejaba de mirar la pared y me sonreía. Yo sentía una felicidad enorme. Estaba segura de que mis palabras la habían rescatado.

Seguí visitando a mi prima durante toda mi adolescencia, y me seguí sentando por años en ese pedacito de cama, que fue ocupando más colchón a medida que mi cola iba creciendo. Hasta que un día decidí que ya no quería pedirle que me haga lugar. Me quedé parada un tiempo y nunca más volví a verla.

El germen del mal 

Mi mamá es psicoanalista. Listo, cerrame la ocho, fin del misterio.

Mi primera cuna fue un divancito. Cuando nací me acostó y preguntó por qué estaba acá, y me metió tanta presión que hablé a los cuatro meses.

Mi vieja es como el “motochorro de las palabras”, te descuidaste un segundo y te está sacando todo lo que te pasa: “¡¡Decime todo lo que tenés, ahora!!”, y arranca. Es una catarsis a mano armada que te deja indefensa y lo único que podés hacer es hablar. “¡Bueno, bueno, te doy todo lo que tengo en la cabeza, pero no me hagas nada!”.

Básicamente, después de cada “Martasalto”, me quedo en bolas de contenido y puedo decir que eso es mucho más desolador que si te chorean el celular.

Para mi mamá el silencio significa que algo está mal:

-¿Qué?

-NO DIJE NADA.

-Estás mal.

-NO DIJE NADA, MAMÁ.

-Estás mal porque no tenés novio y todas tus amigas ya están en pareja o casadas, ¿no?

-Y BUENO, AHORA QUE LO DECÍS, SÍ, ESTOY MAL, GRACIAS. TE RE AGRADEZCO.

-Y qué pasa con los muchachos, ¿no se acercan? Tenés que sonreírles más a los muchachos, hacete amiga de los muchachos.

¡¡¿De qué muchachos me habla?!! Parece que me manda a buscar novio a la cancha de Argentinos Juniors.

Si no la llamo en dos días es porque estoy sin vida, y si la llamo dos días seguidos es porque no tengo vida.

Juro que el mejor regalo que me hizo a los 15 no fue la fiesta, fue una cerradura con llave para la puerta de mi cuarto. Qué placer el día que la instalaron. Ver cómo la manija se movía, pero ella no podía entrar.

La alfombrita de entrada de la casa de mis viejos más que “Bienvenido”, debería decir “Contame”. Lo peor es que la de mi departamento, también.

Reconozco que “catarseo” bastante a la gente (nuevo término que pueden usar, se los permito), tal vez un poco más sutil que mi vieja, pero soy consciente de que puedo ser profundamente hinchapelotas a la hora de querer saber del otro.

Me di cuenta hace poco que cualquier vínculo lo encaro desde el “Hablemos de esto”. Sean compañeros de trabajo, sea el portero, sea un mosquito que intenta picarme o sea el vendedor de medias en el colectivo que me quiere meter todos los pares del mismo color, yo exijo charla profunda sobre cada tema:

“¿Otra vez me sacaste la birome? Hablemos de esto”.

“¿Estás seguro de que querés picarme en el codo que es una zona tan sensible? Hablemos de esto”.

“¿Todos los pares blancos me vas a dar? ¿Y las negras? Hablemos de esto”.

Tengo amigas a las que perseguí tanto para que digan lo que les pasa, que básicamente se tuvieron que cambiar el apellido y mandar a vivir a un bote, al mejor estilo “The Thompsons” en Los Simpsons.

Soy omnipotente con el lenguaje, creo que las palabras todo lo pueden, que siempre se puede llegar al otro hablando, y no es así.

Ni todo el mundo quiere contar, ni todo el mundo quiere recordar su pasado o lo que le da vueltas por la cabeza. No siempre una charla es sanadora, más allá de lo que diga Bucay. Hay pensamientos que son de uno y está bueno cuidar ese espacio a prueba de madres catárticas y a prueba de uno mismo, que vive con la idea de que no hace bien guardarse las cosas.

¿Alivio de sacar algo para afuera que no hace mal nunca? El provechito después de comer, y el que no lo quiera escuchar, que se tape los oídos.

He dicho :)