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Paquetes turísticos

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03/11/2014

Paquetes turísticos

Cuando nacemos... ¿nos venden un tour? Te dicen que hay que estudiar y cuántos años, te aconsejan que vayas pensando lo que querés ser de grande, que empieces la facultad ni bien terminas el colegio secundario, que trabajes, te sacrifiques, te pongas de novio, después te cases, tengas hijos, les des una buena educación, y un montón de etcéteras. Ese sería más o menos el paquete turístico.  

Por Jazmín Slat

Estoy en Buenos Aires, en mi casa. Un malestar en el oído hizo suspender mi actividad de vuelo. Creo haber contado que la congestión es uno de los mayores impedimentos para que podamos ir a volar, ¿no? Pero está bien, a veces viene de maravillas quedarse en el hogar. Me levanté temprano, despedí a mi novio cuando se fue al trabajo, preparé mate y me senté en la compu con el plan de escribir. Aunque no pude continuar con lo que tenía imaginado: de repente, la ventanita del chat mostraba el mensaje de una amiga que me decía “por favor, llamame”.

La llamé y así empezó todo. Quería que le hiciera unas recomendaciones sobre un viaje a Europa que está por emprender. Juntas llegamos a la conclusión de que no hay nada mejor que ir por ahí, hacia donde el viento y el instinto te lleven, sin reservaciones previas. Luego de un rato, cuando quise retomar la escritura, me di cuenta de que había perdido todo tipo de impulso creativo, y de que se había enfriado el mate. Calenté otra vez el agua, agarré uno de los libros que tengo en la mesa de luz, esos a los que acudo cuando necesito inspirarme -en este caso, la biografía de Dalí- y me senté a leer. Al ratito llegó un mail a una casilla que mucho no utilizo. Lo abrí y, no sé cómo llegué a uno viejo, una especie de carta que le había escrito a mi novio hacía dos años. Hablaba sobre una crisis que estaba teniendo a nivel personal, unas dudas, unas angustias. Antes de poder pensar si ya estaban resueltas, se me estrujó el pecho por lo que llegué a la conclusión de que, quizás, todavía seguían ahí. Y automáticamente relacioné lo que decía el mail con lo que había hablado más temprano con mi amiga.

Mejor no decir que querés tomarte un año sabático para ir a recorrer el mundo, al menos si queres evitar la etiqueta de "loco". | Imagen: pinterest.com/kassysims/

La conclusión era esta: si para mí la vida es un viaje, y para los viajes no me gustan los tours, entonces tampoco me gustan para la vida. De alguna manera estos dos conceptos se relacionaban, me rodeaban, me angustiaban y otra vez empezaban a atormentarme; y me sentí de la misma manera que cuando escribía ese mail.

¿Qué habría de la idea de que cuando nacemos nos venden un tour? Te dicen que hay que estudiar y cuántos años, te aconsejan que vayas pensando lo que querés ser de grande -así después no perdes el tiempo, como si los meses costaran plata-, que empieces la facultad ni bien terminas el colegio secundario, que trabajes, te sacrifiques, te pongas de novio, después te cases, tengas hijos, les des una buena educación, ahorres lo más que puedas, juntes la mayor cantidad de dinero posible y hasta hagas alguna que otra inversión. Ese sería más o menos el paquete turístico. Si te querés tomar un año sabático para ir a recorrer el mundo y conocer otras culturas, estás loco. ¿Cómo vas a perder un año de tu vida, de trabajo, de estudio? Trabajá duro y vacacioná 15 días al año. Dale, no te angusties, es lo que hace todo el mundo. La vida es así.

Los padres, los amigos, los profesores o jefes con los que nos vamos cruzando y principalmente la sociedad, hacen de nuestros agentes de viaje. Ni el año sabático, ni las ganas de probar otra carrera -esa otra vocación que siempre nos llamó la atención- estaban incluidos en el paquete de vida que nos regalaron cuando nacimos.

De repente me vi parada en el medio de mil calles. Cada una era una opción de vida, todas distintas, todas buenas aunque también con su parte mala. Son diferentes y no sé cuál elegir. Quiero todas las vidas. Quiero la divertida de la azafata; la de la que juntó muchos títulos y es una grande que se dedica a las letras; la de la bailarina que flota en sus pies y tiene su propio vuelo; la de la fotógrafa trotamundos y bohemia que va liviana y hace del planeta su propio barrio; la de la que tiene un trabajo de pocas horas, ama leer tranquila en su casa y hace cada día lo que tiene ganas. Quiero todas esas y hasta algunas más, pero no me decido. Y ¡ups! ya estoy en edad de cosechar, de “merecer”. Dale nena, ¿cuándo vas a dejar de volar, vas a tener un trabajo serio y vas a tener hijos? ¿Para qué querés seguir viajando? No podés dejar a tu pareja tanto tiempo sola. Ya conociste demasiado. ¿Un año? ¿Qué querés, ser hippie ahora? ¿Eso querés para tu vida, trabajar en un bar, vender collares en una playa? Y… a lo mejor sí, ¿cuál es el problema? Que son tonterías. Que hay que sentar cabeza. Pero no puedo. En mi cabeza eso es “dale, comprá el ticket”. Y a mí ¡no me gustan los viajes armados! Y esta vida… ¿por qué tengo que trabajar duro para comprar una casa? ¿Para eso nacemos? Dale, no seas zonza, dejá de pensar esas cosas, en el banco están dando unos créditos súper convenientes a pagar en mil años. Ok, entonces cuando tenga 60 quizás voy a tener mi casa propia. ¿Para qué? ¿Cómo para qué?! ¿Y después cuando seas vieja, dónde vas a vivir? ¡Y qué se yo, alquilaré! ¿Y a tus hijos, qué les vas a dejar? ¡No sé! Por ahora quiero aprovechar esa plata para viajar, para hacer cosas divertidas, pagar algún curso copado. No quiero vivir pensando en la vejez. Mis hijos que hagan la suya. Me ocuparé de darles los mejores libros del mundo para que puedan construir las mejores ideas, y estaré ahí para cuando me necesiten. Quiero aprovechar al máximo el presente. ¿O acaso cuando te entierran lo hacen con todos tus títulos y todos tus bienes? La casa, el auto, la casa de veraneo, aquella inversión, los muebles caros… ¡No! Te vas con un par de flores, si tenés suerte. Y yo ni siquiera quiero que me entierren. Y si me muero mañana, ¿entonces, para qué tanto sacrificio? Dale Jazmin, dejá de pensar tanto ¡tenés que cosechar! Bueno, pero esperen un poco, que todavía tengo que sembrar, ¡pero no sé con qué semilla, no me presionen! ¿Puedo probar un poco con cada una? ¡No! Enfocate y empezá a recolectar los frutos.

Un poco aturdida vuelvo a girar a mi alrededor. Todavía los cientos de caminos, de vidas, de oportunidades, de viajes, de carreras, de campos por sembrar. No supe por cuál empezar a caminar. Entonces me senté en una piedra y me puse a llorar.

¿Y si fuéramos las reales piezas del juego de la vida? ¿Se acuerdan? Creo que somos como la versión en carne y hueso de esas fichitas. ¿Cómo me estaría yendo? No recuerdo si había algún casillero dedicado a los sueños cumplidos o a los momentos de felicidad, las oportunidades y las experiencias de vida.

El teléfono me interrumpió otra vez. Me llamaron de la aerolínea: “Slat, ya recibimos el alta de tu otorrino, te asignaron un Bogotá para dentro de 36 horas”. No pude seguir pensando y me tuve que ir a armar la valija.