Bienvenidos a bordo

¡Preguntas no, por favor!

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17/07/2014

¡Preguntas no, por favor!

Hay algo que siempre me incomodó: ese momento de alguna reunión que deviene en interrogatorio. “¿Cuántos días trabajas por semana? ¿Cuántos vuelos haces por mes? ¿Te pagan por viaje o tenés sueldo fijo? ¿Te llaman todos los días o ya sabes cuándo vas a ir a volar? ¿Cuántos días te quedas en cada lugar? ¿Haces siempre la misma ruta? ¿Alguna vez tuviste un problema y casi te pegas el palo? ¿No podes tener hijos, no? ¿Es verdad que todos los auxiliares son gays y que todos los pilotos son mujeriegos? ¿Hay mucha fiesta, no? Dale… decime la verdad”. No. No hay mucha fiesta, ni son todos gays, ni todos mujeriegos. Y sí, ¡por supuesto que podemos tener hijos! Somos personas como cualquiera que, simplemente, elegimos trabajar arriba de los aviones, y hacemos las mismas cosas que el resto de la gente. Pasen y vean…

Por Jazmín Slat

Creo que la molestia viene de la mano de que, en realidad, no puedo contestar a la mayoría de las preguntas. Cada mes es distinto al otro, así que no podría decir cuántos vuelos hago por mes, ni por semana; incluso, cuando volaba cabotaje, ni siquiera hubiera podido contestar cuantos vuelos podía hacer por día.

Todos los descansos, las jornadas laborales, la cantidad máxima de despegues y aterrizajes diarios, las horas permitidas para volar en 24 y en 48 horas, las horas de descanso que hay que tener por semana, por mes, por trimestre, y por año. Las horas de servicio que podemos tener por día, las cuales se reducen sensiblemente cuando volamos de noche. Todo, todas estas cosas y muchas más están reglamentadas por la Fuerza Aérea Argentina y por nuestro convenio colectivo de trabajo. Y todos estos datos están cargados en el sistema de programaciones de la empresa. Entonces, imaginen que no podría resumir en una respuesta lo que quieren averiguar con tantas preguntas. Cada una tiene más de una posible combinación. Y realmente hasta para nosotros muchas veces estas cuestiones son difíciles de calcular. Lo cierto es que, llegado el caso de accidente o -menos aún- de un incidente, la Fuerza Aérea estudia la actividad de toda la tripulación desde ese día a seis meses atrás (cada tripulante es el primer responsable de calcular su actividad; esta puede sufrir cambios con las guardias o las demoras). Si alguno de nosotros no hubiera cumplido las reglamentaciones en ese período, las cosas se complicarían sobremanera, llegando al caso extremo de que nos quiten la patente de tripulante de por vida. Y nadie tiene ganas ni de ser culpado por la justicia, ni de perder este trabajo que tanto nos gusta.

El común de la gente suele pensar que entre los tripulantes hay historias de amor y sexo constantemente. Lo cierto es que sus parejas también están a 11.000 km de distancia y ellos tampoco tienen manera de saber lo que están haciendo. | Imagen: daniellamarieblog.blogspot.com.ar

Pero sin ofender, deténganse un minuto en este lugar: ¿Acaso les gustaría ser el centro de atención de un cumpleaños, por ejemplo, porque de repente las personas les empiezan a preguntar cosas sobre su trabajo? ¿No suena un poco aburrido? Una vez lo puse en práctica y un contador se convirtió en mi chivo expiatorio -seguramente por ser el que más me acosaba-. “¿A qué hora entrás a la oficina? ¿Utilizas medios de transporte o vas en auto? ¿Te pagan el almuerzo? ¿Cuánto tiempo te dan para comer? Y cuando tenés una reunión, ¿de qué hablan, quién empieza? No me imagino las reuniones, ¿son formales o informales? Dale, contame cómo son, me da re intriga. ¿Tenés que laburar los fines de semana? ¡Qué injusto!, Y decime, ¿hay re levante en los after-office, no? Los oficinistas son re piratas, por algo el micro-centro está lleno de telos, porque por ahí nadie sale los sábados, funcionan de lunes a viernes, a mi no me engañas”. Bueno, basta -me dijo-, ya es suficiente. Y sí, ya era suficiente, a nadie le gusta que lo invadan con temas laborales en una fiesta y, menos aún si estos bombardean lo personal.

La realidad es que la vida personal, las costumbres, y los valores con los que nos manejamos no deberían depender del trabajo que uno hace. Porque eso es lo que es: lo que hacemos, no lo que somos.

Lo que no puedo negar, en verdad, son las fantasías que un trabajo como este genera, donde las facilidades están muy al alcance de la mano: a 11.000 km de distancia no hay nadie que pueda controlar lo que estás haciendo cuando, además, te estás alojando en un hotel. Pero, ¿es realmente acertada esta fantasía que tantos dan por hecho? Que existan estas “facilidades” no quiere decir que todos las usemos.

Y aquí un par de verdades para exorcizar tanta ficción:
  • Las parejas de los tripulantes también están a 11.000 km de distancia, y por más que se queden en su casa, nosotros tampoco tenemos manera de saber lo que están haciendo. Menos aún cuando estamos en vuelo totalmente incomunicados con el planeta.
  • Es más fácil coquetear en una oficina: uno se ve de lunes a viernes nueve horas por día con sus  compañeros. Comparte desayunos, almuerzos, meriendas y hasta bares después de hora. Si te gusta alguien, tenés todos los días de todos los meses del año para tratar de conquistarlo. Haciendo cuentas, se comparte más tiempo con esta gente que con la pareja, familia y amigos. Y eso es terriblemente fantasioso. Con los tripulantes no pasa lo mismo: hay gente con la que nos cruzamos seguido (seguido puede llegar a ser cada tres meses), pero hay gente a la que quizás no veamos por años (y esto puede ser seis años). Las posibilidades se reducen. En los vuelos, el trabajo es muy intenso y no hay mucho tiempo para hablar. En el tiempo que nos queda libre queremos aprovechar para descansar un poco.
  • Entonces queda la pregunta, ¿y cuando están afuera? La realidad es que perdemos bastante el contacto entre nosotros cuando estamos afuera. Todos tenemos cosas para hacer y, muchas veces, nos quedamos tanto en nuestras rutinas que nos volvemos a ver en el transfer que nos lleva de regreso al aeropuerto. A algunos nos gusta tomar un tren y visitar otra ciudad, a otros aprenderse esa ciudad de memoria y sacar fotos, muchos van de shopping, otros toman clases de algo (de todo: inglés, danza, yoga, pilates, guitarra, lo que se imaginen), otros se dedican a hacer algún deporte, otros a descansar y a hacer cura de sueño. De todas formas, nunca debemos perder el contacto ni con el Comandante, ni con el Jefe de Cabina ya que, si el vuelo se adelanta o se atrasa por algún motivo, tenemos que estar enterados.
Cuando van a volar, las azafatas pueden llegar a estar sin descansar -bien y en una cama-, o con el uniforme puesto, a veces, casi 24 horas. Sin embargo, deben lucir impecables. Realmente es una actividad bastante cansadora, por eso las compensaciones que tiene. | Imagen: calslayton.deviantart.com
  • Nosotros también extrañamos -y mucho más de lo que se imaginan-, no sólo el que se queda en Buenos Aires se queda extrañando. No es mi afán el victimizarnos, pero el que se queda en casa se queda en su casa, con sus amigos, cumpleaños, familia, visitas, los bares de siempre, etc. En una posta -así le llamamos cuando estamos afuera- puede ser que se arme algún plan, alguna salida divertida, ir a conocer alguna otra ciudad, pero eso depende de que se alineen los planetas para que, justo en la tripulación, nos toque con algún amigo, y eso pasa reducidas veces. Los tripulantes somos muy solitarios y, por lo general, hacemos cosas solos. Si bien por pasar tanto tiempo juntos nos conocemos bastante, no podemos vivir de viaje de egresados.
  • Me gustaría contarles que muchos tripulantes tienen otra profesión, o están estudiando para eso, y esa también es la causa de que en las postas nos quedemos haciendo nuestras cosas; la clave está en saber organizarse. Por ejemplo, hay quienes son diseñadores gráficos, abogados, escritores, psicólogos, sociólogos, asistentes sociales, artistas, fotógrafos, médicos, contadores, deportistas de alto rendimiento, etc. Y sigo recordando.
  • Tenemos 40 días de vacaciones. No piensen que es demasiado, en esta vida nadie regala nada a nadie. Hacemos un trabajo que es insalubre (trabajar en un ambiente presurizado ya es la primera pauta), y las licencias se deben a eso. Según mi psicólogo, es porque mi trabajo es una mier… yo, mientras tanto y un poco sin creerle, sigo buscando el punto medio.
  • Si nos enteramos de que estamos embarazadas, inmediatamente dejamos de trabajar. Una vez que nace el bebé, empieza a correr la licencia por maternidad que es de tres meses. Y, finalizada esa licencia, podemos tomarnos los 40 días de vacaciones (si queremos). Y, -las que económicamente pueden-, tienen la posibilidad de solicitar tres o seis meses de excedencia sin goce de sueldo (como en muchos trabajos). En resumidas cuentas, si todas estas cuestiones las organizamos a nuestro favor, volvemos a volar cuando nuestro bebé tiene casi un año. Además, muchas empresas y durante algún tiempo privilegian a las madres que se reincorporan, dándoles prioridad para elegir los vuelos y no programándoles guardias. Está bueno, ¿no? Y miren cuantos pensaban que no podíamos tener hijos.
  • Nuestra rutina de trabajo se basa en el Plan de Vuelo que nos entregan los últimos días de cada mes. Es decir que lo que voy a hacer en julio me lo entero la última semana de junio.
  • También tenemos guardias. Las guardias figuran en el Plan de Vuelo y duran 24 horas. Y existen por si alguien se enferma, o no puede realizar algún vuelo porque está vencido. En ese tiempo nos pueden llamar a cualquier hora y decirnos que en un rato nos pasan a buscar. De todos modos, tenemos 45 minutos para poder armar la valija, bañarnos, ponernos el uniforme y avisar a nuestro ser querido que tenemos que salir de viaje. (Aunque, a no ser que sea por un gran imprevisto, nos avisan con un día de antelación). Puede ser por dos días a Miami, o por una semana a Sídney. El resto del mes no nos pueden llamar; y menos a cualquier hora. Hacemos los vuelos que están en la programación.
  • Nos pagan por mes.
  • Cuando vamos a volar podemos llegar a estar sin descansar -bien y en una cama-, o con el uniforme puesto, a veces, casi 24 horas (no por una cuestión laboral, sino porque ese mismo día de un vuelo nocturno, inevitablemente y por más que hayamos reposado un rato antes de ir a volar, estuvimos despiertas haciendo cosas personales). Realmente es una actividad bastante cansadora, por eso las compensaciones que tiene.
  • Tenemos muchos problemas para dormir. Muchos se acostumbran, pero otros tantos no. Y ese sí que es un tema: los cambios de horarios. Una buena ayuda es tomar melatonina cada tantos meses, por un mes. Le devuelve al cuerpo esa sustancia que deja de producir debido a la desorganización natural.
  • Várices y dolor de piernas es una constante si no se hace actividad física diaria. Oídos tapados, también puede ocurrir. Un descongestivo por las dudas y spray nasal es algo que nunca falta en la cartera de una azafata.
  • Nos da prácticamente lo mismo ir a cualquier ciudad. Al final de cuentas, todas las ciudades a las que nos toca ir son parte de nuestra vida. Y hay algo que hacemos siempre: vamos al súper ni bien llegamos a destino.
  • Tenemos pasajes gratis para nosotros y para nuestro grupo familiar, ese es el gran beneficio y aliciente de este trabajo. La razón de que los viajeros empedernidos -como yo-  sigamos volando, año tras año (el grupo familiar es: la pareja y los hijos; o, los que no tienen pareja ni hijos, padres y hermanos). Aunque no todo es color de rosas: son sujetos a espacio. Es decir que podemos usar los lugares que no se ocuparon: si el vuelo está completo, no podemos embarcar. Me he quedado en Ezeiza sin poder viajar, y me he quedado en el exterior sin poder volver. Nos lo tomamos con calma, es parte del todo.
  • NO CONSEGUIMOS PASAJES CON DESCUENTO. ¿O acaso el que trabaja en una petrolera consigue combustible para sus conocidos?
  • Las empresas no contratan a un médico para que esté en los vuelos. Ninguna empresa, de ninguna parte del mundo. Pero nosotros estamos capacitados para atender cualquier tipo de emergencia. Nos dan cursos anuales de primeros auxilios y medicina aeronáutica. Además, en el avión hay un botiquín que contiene desde simples analgésicos hasta bisturí o una inyección de adrenalina. También hay tensiómetro y desfibrilador. De todos modos, el único autorizado para brindar medicación sería algún médico que se encuentre a bordo (en el 200% de los casos lo hay y siempre se ofrecen a ayudarnos).
  • Por último… ¡No, ningún tripulante fantasea con tener relaciones en un baño! (Sabemos -y vemos- que, en ningún aeropuerto del mundo los limpian como a nosotros nos gustaría, y eso alcanza para cortar la imaginación). Y escribí “fantasear”, que dista mucho de la realidad. El que tenga relaciones en su lugar de trabajo… que venga a contarlo. Quizás pase eso: muchos se olvidan de que ser tripulante es un trabajo y de mucha responsabilidad. Como pocos, o tantos otros.

Ahora sí... ¡Bienvenidos a bordo, bienvenidos a nuestra linda y complicada vida! Y basta de preguntas =)

P.D: Tenemos la oficina más linda del mundo: el extenso cielo.