Tecnología

"¡Recibí una carta!... ah, no, era un e-mail"

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17/04/2015

No hay nada más emocionante que leer una carta dedicada a nosotros. Es igual de apasionante responderla y aguardar ansiosamente la respuesta del otro, que nos llegará con cierto retraso pero que será toda una aventura esperar. Ese ida y vuelta sigue estando presente en los e-mails y en los chats pero las distancias temporales se han acortado bastante. Ahora basta con esperar unos segundos o tal vez un par de días.

Por Ana Virginia Lona

Algo que siempre me gustó fue escribir cartas, recibirlas, abrir el sobre, leerlas con entusiasmo y guardarlas en un lugar especial. En otras épocas, antes de Internet, y no hace mucho tiempo, todavía era común mandar una carta, aunque fuera de unas pocas líneas. Ahora se las destina casi exclusivamente a lo pragmático, a lo urgente y a lo formal.

Hice una búsqueda rápida por Internet sobre las cartas y me encontré con artículos comparativos, incluso un wiki sobre las ventajas y desventajas de escribirlas. Entre las desventajas mencionaban que es posible que no sea valorado el hecho de recibir una carta ya que el remitente podría pensar que lo mismo puede ser dicho personalmente. En esto estoy de acuerdo a medias ya que lo mismo se dice de los SMS (textos enviados desde el celular) y hasta de los correos electrónicos. Todos tienen la misma mala prensa.

Las huellas epistolares

A veces me da algo de miedo pensar que muchas de las huellas que estamos dejando en la vida digital no quedarán si algo les pasara a todos los equipos tecnológicos de los que dependemos. Para resguardar algunas cosas, me apuro a pasarlas al papel, que si bien no es el más durable de todos los soportes, a menos que haya un incendio, una inundación o una bomba, no se esfumarán en millonésimas de segundos como sí lo haría un e-mail.

En otras épocas, antes de Internet, y no hace mucho tiempo, todavía era común mandar una carta, aunque fuera de unas pocas líneas.| Imagen: es.wikihow.com

Quizás es un miedo infundado porque puede que en unas décadas nada quede en el olvido, ni siquiera lo virtual. Por el momento, ese tiempo no ha llegado. Así que sería bueno volver un poco atrás y recobrar esta linda costumbre que activa y mantiene vigente los conocimientos lingüísticos, entre otras cosas, claro.

Es evidente que sería un buen ejercicio para plantearlo en el aula ya que contempla la interacción con el otro, la forma en que nos lo representamos mentalmente mientras ese tiempo un poco largo transcurre para reflexionar sobre lo que hemos escrito. Este ejercicio también fomentaría la escritura o la puliría en otros casos. Posiblemente haya algún grupo de profesores que está pensando “eso ya lo hacemos hace rato para enseñar inglés”. Sí, es verdad, les respondo, y ese es el punto, “enseñar inglés”, ¿y nuestra lengua?

Los tesoros ocultos en sobres

En líneas generales, quien disfruta leer, disfruta escribir y viceversa. No hay uno sin el otro. El que lee siente que eso que incorporó mediante la lectura, lo tiene que sacar, y qué mejor que una carta para empezar. Quién no ha oído hablar de las famosas cartas escritas entre científicos, escritores y pensadores. Allí están plasmadas aquellas ideas y aquellos sentimientos que de otra manera no podrían expresarse.

Sí, el e-mail podría provocar las mismas emociones, quizás si esperara dos o tres semanas para abrirlo y leerlo, me dirían ustedes. Sin embargo no podrías guardarlo en algún lugar de la casa que haga las veces de escondite del tesoro. Podrías intentar ocultarlo en una carpeta con algún nombre misterioso y ponerle contraseña pero no será lo mismo.

Pecaré de romántica pero hay cuestiones que se pierden, como la letra manuscrita, alguna mancha de té, café o mate, alguna miga aplastada o tal vez -si somos prolijitos y menos apasionados- el papel esté liso como si una aplanadora le hubiera pasado por encima. Y no puede faltar el aroma, no digo ya de rosas o jazmines, quizás tenga el perfume de los bizcochos que comíamos mientras escribíamos.

Todas ellas son las huellas de las que hablaba. Propongo que dejemos huellas que queramos recordar, no las que estamos dejando: ríos contaminados, aire irrespirable y comida que no alimenta. Llámenme loca pero sería bueno tener un día epistolar para dedicar unas palabras en papel a los seres queridos.