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Salvar el mundo

por Jazmín Slat

02/05/2016

Una azafata trabaja en alerta constante y ese estado lo traslada a su vida cotidiana, como comprobó Jazmín cuando una tragedia estaba ocurriendo a metros de su casa.

Salvar el mundo

IMAGEN: sangrefucsia.wordpress.com


Unos ruidos me asustaron. Pensé que era una pelea callejera, o quizás una discusión de novios, de esas en las que dicen que vuelan platos y ceniceros pero, después de unos minutos, ya eran demasiado fuertes. Cualquier cosa que estuviera sucediendo merecía un llamado a la policía. Dejé el celular y salí al balcón. Se estaba incendiando el edificio de la esquina. Bueno, para ser más específica, una obra en construcción. Las llamas igual de altas que el edificio de al lado me aterrorizaron, empecé a llamar a mi novio que se estaba bañando mientras me ponía la cartera y trataba de localizar algunos artículos de valor. “¡Augusto vení, dale, apurate!”

Estaba desesperada, de repente imaginé que tal vez podía explotar todo. Me vi volando en una nube de fuego. Así, como pasa en las películas cuando explota algo aunque, si eso pasaba, iba a ser desde el piso 6. No había manera de sobrevivir. Me latía fuerte el corazón y me temblaban las piernas. Pero mi novio estaba muy tranquilo, o sea, me miraba como si estuviese loca, como si no estuviera pasando algo grave. Y las llamas eran cada vez más altas, sentía la cara muy caliente, y ¡se habían vuelto a prender las lamparitas de luz solar del balcón que suelen apagarse a media noche! Sufrí, también, porque no me animé a irme sola, y por haberme dejado dominar por un hombre cuando mi seguridad estaba en juego. La situación me parecía muy tétrica, algo que recordaría durante muchos años.

Una ex compañera de vuelo que renunció y ahora trabaja en la recepción de un hotel me contó que lo primero que preguntó en su primer día de trabajo fue: “¿Dónde están los matafuegos?”. Su jefe no pudo más que reírse sorprendido y decirle que no sabía, que de todos modos ellos no serían los encargados de apagar el fuego, sino los bomberos. ¿Suena lógico, no? Aunque para un Tripulante de Cabina, no. Nosotros estamos entrenados para pensar que en cada vuelo va a ocurrir una tragedia: que ese avión se va a estrellar en la carrera de despegue, que se le va a apagar un motor, colisionar contra otra nave, despistarse, caerse al río… etc, etc, etc. Y, crease o no, uno vive con esa idea latente en la cabeza y muchas veces la traslada a su vida diaria. Entonces mejor estibar todo correctamente, atar bien las cortinas, asegurar los carros de comida con las trabas de arriba, del costado, y con los pedales. Abrir las ventanillas para -en caso de evacuación- poder ver si hay fuego y decidir evacuar por tal puerta o por otra. Las precauciones son muchas, hacemos tantas en modo automático que hasta nos sorprenderíamos al enunciarlas. Lo hacemos todo rápido, mientras mandamos ese último mensaje a nuestro ser querido -“beso, despego”-, nos retocamos el labial, terminamos de recoger las copas de champagne de primera clase, le calentamos la mamadera al bebé que ya subió llorando porque tenía hambre, le damos ese café a los pilotos, y recorremos por última vez la cabina tratando de que quede todo ordenado, los bolsos bien guardados abajo del asiento delantero, nada entre los pies -no vaya a ser cosa que haya que salir rápido de un avión en llamas y los bultos nos lo impidan- y, por el mismo motivo, ver que los pasajeros tengan puestos los zapatos. Abrochados los cinturones, trabadas las mesitas, y apagados los dispositivos electrónicos. Sabido esto, ahora ven que no hay tiempo de explicarle al señor que, aunque el celular posea modo avión, tiene que apagarlo para el despegue. El tiempo corre y hay que minimizar riesgos. Como una vez le dije a un pasajero: “No existe el sentido común cuando estamos hablando de seguridad”.

Entonces sí, comunicarle al comandante que la “cabina está OK” para que dé por iniciado el vuelo, apagar las luces -por si en ocasión de una desgracia se vuelve todo negro, los ojos ya estén acostumbrados a la oscuridad y sea sencillo movilizarse en penumbras-, sentarnos, atarnos y, mientras hacemos nuestro “silence recall” -momento en el que recordamos dónde están el matafuegos, el megáfono, la linterna, el chaleco salvavidas y demás elementos de seguridad, y cuál es la puerta que nos tocaría operar y de qué manija nos convendría agarrarnos para no caernos-, afanarnos de tener un pensamiento paralelo de optimismo: “Diosito, que este avión salga volando y no se caiga”. Como un mantra, me animo a asegurar que cada uno tendrá el suyo.

Lo que nos dijo aquel instructor hace 13 años cuando ingresé en la compañía me quedó grabado a fuego: “Ustedes tienen que pensar que en cada vuelo se van a pegar el palo, es la única manera de que tomen los recaudos necesarios para salvarse”. Nos inculcó ese miedo que te mantiene vivo, en alerta y que, por las buenas, te salva.

A medida que voy escribiendo esto, comienzo a reflexionar acerca de los estados mentales de una azafata: no son solo el jet lag, las largas jornadas laborales sin dormir, el estar lejos de casa, extrañar, o la tensión que conlleva la atención al pasajero, la presurización y el dolor de piernas. Además de todo esto, una tripulante sabe que en cualquier momento es posible que tenga que actuar y ser líder en una emergencia. Una azafata trabaja en estado de alerta constante. Un estado que hace carne y lleva por la vida, porque ya es parte de sí. Seguramente sea la primera en ayudar a alguien que se desmaya por la calle, o a quien se lastima en unas vacaciones. Entonces, ¿cómo vas a pretender que se quede disfrutando desde el balcón el espectáculo del edificio al rojo vivo de la vereda de enfrente? Eso, para ella, no sería más que un peligro inminente, aquello por lo que le pagan para atacar. Su verdadera y real función. Está entrenada para gritar a voz de mando: “¡Fuego, fuego, señores, evacúen por aquí, salten, salten!”

Esa noche, ella quería evacuar su propio edificio, salvar a sus vecinos, quizás a los del edificio de al lado, y a los del resto de la cuadra también. Dirigir la batuta. Quería organizar la situación que se estaba viviendo. Agarrar un megáfono y pedir a todos que cierren el gas, que tengan a mano sus documentos y comiencen a peregrinar en orden hasta un lugar seguro. Estaba aterrada de tan solo imaginar que en el sanatorio de esa misma esquina habría cientos de tubos de oxígeno que podían provocar más explosiones. Maximizaba todos los posibles riesgos para adelantarse en los procedimientos, y no podía creer que su novio, con la parsimonia que lo caracteriza, la invitara a ir a la cama porque ya era tarde. ¡¿Pero estamos todos locos?! ¿Cómo una persona podría quedarse dormida sabiendo que a 30 metros había llamas de la misma altura? Evidentemente, en la ciudad se manejaban otros conceptos de seguridad. Y le costó contenerse.

Porque ella era Azafata y quería salvar el mundo.