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Se me pasó el tiempo volando

por Jazmín Slat

19/08/2014

Ya no me acuerdo en cuantos aeropuertos estuve en mi vida, ni cuántas veces en cada uno. Lo que sé es que me la pasé volando.

Se me pasó el tiempo volando
"Creo, después de todo, el arte está en encontrar aquello que nos haga felices". | Imagen: Time Flies de Paul X. Johnson

Llevo más de diez años volando, que se me pasaron literalmente volando. En este caso, no es algo que se dice por decir. Así como “estos chicos crecieron volando, las horas se pasan volando, la plata se va volando”. No. Bueno, la plata siempre se va volando. Pero “volando” es mi realidad. Volando a Córdoba, volando a Aeroparque, volando a Tucumán, de Tucumán a Salta de Salta a Aeroparque, y así miles de combinaciones. A San Pablo a Santiago de Chile a Lima a Montevideo a Florianópolis a Bariloche a Trelew a Calafate a San Martin de los Andes a Neuquén a Las Leñas a Rio Gallegos a Ushuaia a Catamarca a San Juan a La Rioja a Viedma a Esquel a Formosa a Santa Rosa a San Luis a Mendoza a Posadas a Iguazú a San Rafael a Corrientes a Jujuy a Santiago del Estero a Santa Fe a Rosario a Santa Cruz de la Sierra a Río a Asunción a Punta del Este después a Auckland a Sydney a Miami a Caracas a Bogotá a Madrid a Barcelona a Roma a Nueva York a México a Cancún. Ya no me acuerdo en cuantos aeropuertos estuve en mi vida, ni cuántas veces en cada uno. Lo que sé es que me la pasé volando. Yendo y viniendo, esperando, despegando, aterrizando, llegando a casa, llegando a un hotel, yéndome de un hotel, caminando por el aeropuerto, subiendo al remis, bajándome del remis. Poniendo y sacándome el uniforme.

Poniendo y sacándome las medias de descanso en mi casa, aquí y allá, y en tantos hoteles; alguna vez en el avión porque las que llevaba puestas se me habían roto. ¡No se imaginan lo que cuesta ponerse esas medias!

Está bien, nos las dan en la empresa para que no nos salgan várices y no nos cansemos tanto. Pero hay que disponer de 15 minutos para ponerse un par a estrenar. No miento. Le pueden preguntar a mi novio. Una madrugada lo tuve que despertar para que me ayude a subírmelas porque se me habían quedado atascadas en la mitad de las piernas, estaba toda transpirada, y de lo patética que me sentí -comprimida en esas medias a las 4 de la mañana- me empecé a reír a carcajadas, situación que dificultaba todo más aún. Lo desperté. Lo desperté porque no me quedaba otra, ¡me estaba por pasar a buscar el remis! Todavía me acuerdo y me río sola mientras escribo. Terminamos los dos transpirados y él indignado por esa extraña cosa que tenía que usar, que él no se pondría jamás. Por lo menos entendió que era algo difícil de poner, porque la verdad, siempre me decía que era una exagerada. O, peor, cambiándomelas en el baño del avión, haciendo equilibrio y tratando de que mi culo en bombacha no tocara nada de todo lo que me rodeaba. Sí, creo que esa fue una de las cosas más difíciles que me tocaron hacer en estos años.

Todavía me acuerdo del día en que me entregaron el uniforme por primera vez: fui con mi hermanito de ocho años porque lo tenía que cuidar. Luego de haberse pasado la tarde entera entre azafatas que iban y venían en ropa interior con prendas que les quedaban medio ajustadas, medio sueltas, medio feas, ay este no me gusta qué te parece a vos, mejor dame otro talle de pollera, y a mi uno más de camisa que este me ajusta mucho las lolas y me van a estallar los botones, ay bueno dale me la pruebo acá que estoy apurada, y los zapatos qué te parecen preferiría unos con más taco, ¿el pantalón me hace buen culo?, ay qué lindo tu hermanito cuántos años tiene, ¡qué bien se porta! ¡Y claro! ¿Cómo no se iba a portar bien?! Si estaba en el paraíso: en un recinto de 4x4 lleno de mujeres que iban y venían a medio vestir. (¡Stop! Estábamos con esas medias puestas. Prenda que a cualquier hombre mayor de 18 años le parecería algo espantoso, pero él era demasiado chiquito para esas conjeturas). ¿En qué estaba? Ah sí. Bueno, luego de pasarse la tarde entera entre las locas de mis compañeras y yo, me dijo que de grande iba a ser piloto. Yo le había preguntado cuando salimos, “¿y Pabli, te aburriste mucho?” Y me contestó: “Quiero ser piloto”. Ay por dios, ¡qué culpable me sentí, cómo lo había confundido! “No nene”, le dije, “¡Qué te pensás!”. Y bueno, acá estamos: mi hermano ya cumplió 19 años, y es piloto.

Parece que fue ayer. Parece que fue ayer el día en que me bocharon en la entrega de Diseño, porque  no había tenido tiempo de pasar las láminas en tinta ni haber terminado las cabreadas del techo de la maqueta. Todavía me acuerdo de las palabras del jefe de cátedra: “No te angusties, disfrutá de tu nuevo trabajo”. El curso de ingreso coincidía con el mes de entregas, y no me alcanzó la vida para hacer todo lo que tenía que hacer.

Esa noche me había quedado esperando a que los profesores discutan mi caso hasta la 1 de la mañana. Esperé con una compañera que me decía “seguro te aprueban…”. Creo que no dormía hacia cinco días pero, en ese momento y por los nervios, hubiese podido seguir despierta cinco días más. Me bocharon, y me fui llorando de la Facultad de Arquitectura, vestida de azafata y a las dos de la mañana, para nunca más volver a sentirme una más. Una más de esa facultad, de esa vida. Parece que fue ayer. Y después terminé dejando.

También parece que fue ayer cuando hacíamos vuelos regionales e íbamos a Lima de posta. ¡Cómo nos gustaba ir a Lima! Éramos todos pendejos de 20 que nos divertíamos en el bar del hotel con el karaoke y compitiendo con los tripulantes de otras líneas aéreas. Siempre nos divertíamos: en las postas de Ushuaia, Mendoza, Resistencia, Tucumán… Comodoro Rivadavia, Río Grande… que se rompiera el avión y tener que quedarnos de imprevisto en cualquier provincia del país nos parecía el mejor plan del mundo. Ahora, ya todos pasamos los 30 y la mayoría está en pareja, juntado o casado y con hijos: lo único que queremos es volver a casa. No es que nos parezca aburrido lo que hacemos. No. Cuando estamos juntos es como si tuviéramos 20 otra vez porque nos seguimos divirtiendo con las mismas cosas, pero no los tenemos y nuestras prioridades son otras.

Se me pasó el tiempo volando. Esperando “el plan de vuelo”. En julio esperando el de agosto y en agosto el de septiembre, y así todos los meses. Así que también podría decir que se nos pasa la vida “esperando el plan de vuelo”. Pero volando…. esa sí es una frase que aprendimos de “los antiguos”, esos que hoy están en su mayoría jubilados. “Ay nena, acá se te pasa la vida volando, aprovechá, no hagas como yo que dejé la facultad. Cuando te das cuenta ya pasaron 30 años y te estás por retirar”.

Sí, señores. La vida de una azafata se pasa volando. A lo sumo por ir a volar, o después de volar. Todo sucede entre esos fragmentos de existencia: “cuando vuelva de volar nos vemos”, “antes de ir a volar paso a saludarte”, “tal día no puedo porque estoy volando”. Creo, después de todo, el arte está en encontrar aquello que nos haga felices, para que siempre exista una razón que nos traiga de vuelta a casa. Y, quizás algún día, vaciar la valija para nunca más volver a llenarla. Pero, por ahora, no creo que eso pase. Por ahora, quiero seguir volando que, de alguna manera, la vida se nos pasa. A todos. Y cada uno elige cómo vivirla.

¡Chau, me voy a volar!