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Sobre la importancia de conservar el patrimonio arquitectónico

por Jorge Hugo Figueroa

14/03/2013

En estos tiempos en que todo parece ser mejor si es nuevo y descartable, en los que lo “viejo” aparece como un insulto y necesario de ser destruido (disfrazado con el eufemismo “renovado”) nuestra historia se aferra también a nuestras obras de arquitectura y urbanismo.

Sobre la importancia de conservar el patrimonio arquitectónico

Las noches invernales y marplatenses son, generalmente, brumosas y frías. Recuerdo que en una de esas noches el docente de la materia “Patrimonio arquitectónico” nos preguntó: “¿Es lo mismo tener vivos a nuestros abuelos que tener una placa de bronce que los reemplace?”. Así, las opiniones a favor de la conservación y restauración de obras cobraron fuerza y las contrarias comenzaron a perderla.

Ahora bien: ¿cómo podríamos haberlas conservado si todos los días avanzaban las topadoras haciendo playas de estacionamiento para ganar grandes montos de dinero en la temporada alta?

El Mercado del Abasto, en 1925, cuando funcionaba como proveedor de verduras y frutas. Imagen: espaciosarte.bligoo.com.ar

Algunas de las propuestas para frenar esas “máquinas de destrucción” en un principio estuvieron orientadas a la prohibición pero luego de unos minutos surgió la empatía con los propietarios de las obras con carácter histórico. Si les coartamos la posibilidad de demoler e incluso modificar su fachada, ¿cómo podría obtener un rédito de la propiedad sin alquilarla?, ¿quién alquilaría una propiedad de tan grandes dimensiones como suelen tener las casas antiguas?

El docente nos dejó la inquietud y así arribamos a la posibilidad de “refuncionalizar” los espacios, es decir, cambiar la función original para la que fueron previstos. Por ejemplo, lo que antes era una casa hoy podrían ser varios consultorios (analizando los planos se podrían sugerir varios usos nuevos que no requieran modificaciones). Actualmente esa nueva función suele ser la de museo sin embargo deberá considerarse que, por lo general, estos no pueden mantenerse sólo con el monto recaudado de las entradas (casi siempre se requiere de un apoyo económico del municipio). Los grandes museos poseen otros ingresos extra como son los talleres de restauración, talleres de historia, extensiones de instituciones de investigación (C.O.N.I.C.E.T., por ejemplo), etc.

El Abasto en la actualidad, convertido en centro comercial, sin rastro alguno de su pasado en cuanto obra arquitectónica histórica. Imagen: trekearth.com

En el párrafo anterior mencioné el aporte del municipio a los museos, es decir, el apoyo mediante fondos públicos para su mantenimiento. Pues bien, considerando estas acciones de ayuda, de compromiso con nuestra historia: ¿es descabellado pensar que al igual que muchos países europeos, sea el municipio el encargado de preservar y mantener las fachadas y obras históricas que los propietarios se encuentran impedidos de modificar o destruir? Como anécdota cito lo ocurrido con un cliente en una obra en la que la Municipalidad le exigía la restauración de una puerta de más de cien años de antigüedad. En la reparación de la misma se invirtieron cerca de 10.000 pesos (unos 2.500 dólares), sin embargo la gran duda llegó cuando se debía colocar dicho cerramiento en su lugar original, es decir, en la fachada porque quedaba expuesto al vandalismo. Si la puerta era arruinada por graffitis y demás: ¿quién se haría cargo de las reparaciones? De acuerdo a lo hablado con las autoridades municipales ellos no se harían responsables ya que no existía ninguna medida legal que los obligara (lo cual era y es dolorosamente cierto). Así que se terminó instalando dicha puerta en el interior de la obra.

No obstante existe un fondo que se envía desde la gobernación de la provincia de Buenos Aires destinado al mantenimiento de los edificios históricos públicos pero no privados.

Así abandonamos la clase con miles de ideas y sueños de preservar nuestra memoria, de no caer en esa segunda muerte que es el olvido.