Bienvenidos a bordo

Su atención por favor: estoy furiosa

por Jazmín Slat

18/02/2015

Hay personas que no respetan las reglas ni estando en uno de los medios más hostiles del mundo: el avión.

Su atención por favor: estoy furiosa
“Usted el del 17-D, adelante, alégreme el día”, estalla la azafata en el comic. No importa cuantas veces digas “PERMANEZCAN SENTADOS”, nunca va a faltar el que piense que las reglas fueron hechas para romperse. | Imagen: caglecartoons.com

Hoy necesito hacer catarsis, necesito sacarme esto que tengo atragantado hace tiempo. Me quiero dar el lujo de explotar, de ser auténtica. Hoy no va a haber anécdotas viajeras, ni amorosas, ni alegres, ni melancólicas… ni nada parecido a lo poético. Hoy reinan la decepción y el enojo. Decepción por esa gente que se abusa al creer que, por volar en su línea de bandera, tiene derecho a exigir y protestar por cosas que -claramente- no haría en otra.

Protestar por algo, ya no importa por qué. ¿A lo mejor porque estamos en un avión argentino y las leyes pueden y “deberían” corromperse? Como en el país, donde manda la corrupción. Pero no: los tripulantes no nos vamos a comportar de ese modo. En cambio, luchamos. Explicamos. Argumentamos. Permitimos que nos chupen la energía, y nos vemos sumidos en situaciones  que no tendrían cabida ni existencia, seguramente, en un avión anglosajón. No. Allí se respetan las leyes y nadie se atreve a desafiar a nadie. Eso es lo que me enoja. Nadie abre cortinas cerradas, ni protesta porque tiene que permanecer sentado, ni se cree el capitán del barco. Nadie se levanta impunemente en el medio de la demostración de los elementos de seguridad para darle a ese tripulante que está haciendo las señales un pañal todo sucio. Nadie protesta ni cuestiona en la puerta de entrada porque tiene que mostrar el boarding pass a la persona que lo está recibiendo con una sonrisa, contaminando todo con su mala onda desde el minuto cero. No, y miles de no y cientos de etcéteras más. Se obedece. Se respetan las normas, como también se respetan las máximas de velocidades, los semáforos y las reglas de convivencia de aquellas otras ciudades.

Admiran el buen comportamiento de esa y esa otra ciudad al punto que, estando en el extranjero, se sienten un europeo más, un norteamericano más. Y eso es muy lindo: aprender de lo bueno de los otros debería ser una constante. Pero lo que he observado en todos estos años es que el cuento de hadas termina en la puerta de embarque: ¿Demora de 30 minutos? Ahhh nooo…. enseguida se escuchan gritos, chistidos, malos tratos hacia el personal del aeropuerto, y las ganas de amotinarse nunca faltan. Y se han amotinado más de una vez. Hace unos años un avión que estaba por salir a Lima se rompió y tras decirle a los pasajeros que desciendan para poder arreglarlo, no quisieron, se amotinaron, maltrataron a la tripulación, saquearon la comida a bordo, y la tripulación -asustada y cansada- tuvo que permanecer cinco horas a bordo con la gente fuera de quicio. Una vergüenza. Estimo no querrían bajarse por temor a que el vuelo se cancele. Algo totalmente ridículo porque el vuelo terminó cancelándose debido a este hecho. Digo yo, con una mano en el corazón, ¿harían eso en un vuelo de Estados Unidos? Claramente no. Y entonces lo de siempre: “Era obvio, esto pasa por viajar en esta empresa de porquería. Encima que les pagamos el sueldo, así nos tratan. Son de lo peor…”. Pregunto yo, ¿así se comportaron cuando tomaron vuelos internos en Europa? También estoy segura de que no. Yo misma he tomado miles de esos vuelos y se muy bien cómo se comporta el argentino cuando no puede, ni tiene la oportunidad de fanfarronear.

¿Por qué serán así algunos compatriotas? Qué manera de pisotear nuestra hermandad. Por suerte no somos todos así. Eso incluye a mi pareja, mis amistades, mi familia, colegas y tantos pasajeros que no se cansan de ser amables, empáticos y educados. Pasajeros a los que me da pena decir adiós. Gente con la que da gusto cruzarse en la vida, vivir, trabajar y compartir momentos.

También quisiera remarcar esto que es muy importante: las culturas de seguridad no admiten sentidos comunes. Podemos, como buenos latinos, salirnos un poco de los bordes, pero todo tiene un límite. Y ese limite no es cuestionable. Hay personas que se enojan cuando les decimos que deben permanecer sentados, que no se pueden usar los baños porque hay turbulencia, o que los bares están cerrados por la misma razón. Lo mismo sucede cuando se indica que deben apagar los aparatos electrónicos antes del aterrizaje. Siempre hay caras largas y malas contestaciones.

El otro día un hombre me dijo que sólo cuestionaba las reglas nacionales porque él era argentino. Eso le parecía lo correcto, porque él se había licenciado de argentino. Y que, en cambio, cuando viajaba por otras empresas, simplemente, respetaba las otras culturas. Parafraseando, la realidad es que este señor cuando volaba por ejemplo, por KLM, no se comportaba de la misma manera. El tema no es esta persona, sino las miles de parecidas con las que hay que lidiar a diario. Y hoy exploté. No me parece justo. Es como quien es amable con todo el mundo menos con su familia. Como si la cercanía y la confianza fuesen parámetros socialmente aceptados para abandonar la cordialidad. Y yo creo que si una persona obra de esa manera, en el fondo, no es una persona de bien.

Me gustaría contarles acerca del universo burocrático que existe alrededor de este rubro: entidades nacionales e internacionales que regulan los estándares tanto humanos como tecnológicos. Inspecciones anuales, trimestrales, mensuales y diarias, capacitaciones, reglamentaciones, certificaciones, habilitaciones… Entonces, por favor les pido, traten de comprender que no se trata de culturas, sino de una sola: la de la aviación. Si están los carteles encendidos, posiblemente vaya a haber turbulencia en cualquier momento (y eso no es algo que encendamos las azafatas, sino los pilotos). No se imaginan cómo ha cambiado la atmósfera en los últimos años debido al calentamiento global. Las tormentas son cada vez más fuertes y se precipitan de la nada. Tripulantes que vuelan hace 30 o 40 años están muy asombrados de este fenómeno. Los partes meteorológicos no tienen más de una hora de vigencia. Buenos Aires es famosa en la jerga mundial de los pilotos por la intensidad de sus tormentas eléctricas. No pretendo asustarlos contándoles esto, todo lo contrario: deseo que tomen conciencia. Si un tripulante argentino les pide que se sienten no es solamente por su seguridad, o porque nos daría pena que se lastimen. Es porque sabemos lo traicionero que es nuestro clima y porque, además, nosotros somos legalmente responsables del bienestar físico de todos los pasajeros. Y no queremos que, por su desacato, se caigan y encima lastimen a otra persona. En otras palabras: estamos obligados a cuidarlos. Ese es nuestro rol principal, para eso estamos ahí. Y, además, no queremos tener complicaciones arriba ni abajo de un avión. Un medio que, ya de por sí, es un lugar adverso. Allí arriba queremos que todo sea lo más ameno posible.

Cuando estamos en el cielo, a 12.000 metros de altura y volando a 900 km/h, no hay tiempo de andar cuestionando. Si se quiere viajar en avión, entonces se tienen que respetar las consignas de seguridad, hacer lo que se les dice, tratar de pasarla lo mejor posible, descansar lo más que se pueda, leer un libro, usar sus tabletas o computadoras, ver una película, repasar las vacaciones y, al margen de todo esto, ser conscientes y sentirse bendecidos de que el avión vuela exitosamente y no se está cayendo al carajo. Esa es la verdad, lamentablemente. ¿Acaso nadie valora lo mágico de volar?

No hay derecho de quejarse de cosas, simplemente, porque es una linea aérea nacional, de querer corromper los estándares de seguridad, ni de cuestionar la cultura de trabajo de una empresa, ni de los empleados. Y menos que menos, por creer que nos están pagando el sueldo. Eso es algo verdaderamente horrible para decir, y tener que escuchar. No se puede ser irrespetuoso, ofensivo, grosero, tan sólo porque compartimos una nacionalidad.

Esta empresa, con más o menos recursos económicos que otras, sigue estando entre las más seguras del mundo. Y ese es el fruto del esfuerzo de los empleados, entonces, no vayan en contra de nuestra ideología. Aceptémonos y valorémonos: somos lo que somos, lo mejor que podemos ser, en relación a los niveles de circunstancia. Somos una empresa en manos del estado de un país tercermundista y que, a pesar de eso, es una de las más seguras del mundo. No se puede pedir más que lo más importante: la seguridad.

Todo esto por un lado, y hay muchas cosas para pensar. Pero por el otro, si alguien llegara a comportarse de esa manera porque tiene miedo, entonces podría hablar del tema con nosotros que, seguramente, podríamos transmitirle confianza y trataríamos de ayudarlo. Porque también he observado eso: la mayoría de los pasajeros disruptivos son los que, en realidad, más miedo tienen. Y, entonces, toman alcohol hasta no ser dignos de su comportamiento; o se la pasan todo el vuelo parados, pidiendo cosas, peleando con otros pasajeros y con la tripulación. En fin, molestando. Se comportan de esa manera para poder canalizar su ansiedad. Y eso tampoco está bien. Es muy feo sufrir de pánico, pero no hacer nada al respecto, y luego molestar a la gente que está viajado a su alrededor, es una falta total de consideración. Hay muchas opciones que se podrían tener en cuenta: por ejemplo, ir a ver un médico que le recete alguna pastilla que lo haga estar menos ansioso, menos asustado, y que lo ayude a descansar a bordo. También hacer cursos de meditación, respiración, o alguna otra terapia alternativa. Pero insisto, principalmente, hablar con la tripulación. Pedir ayuda, no imposibles.

Argentino viajero que viajes por tu línea de bandera, por favor te pido que: dejes los temas políticos en el aeropuerto y, en el avión te dediques a disfrutar. Seas consciente de que nosotros, los tripulantes, no tenemos nada que ver con los gerenciamientos. La mayoría de los empleados, trabajamos hace muchos más años que cualquier gobierno en gestión, y estamos muy lejos de poder tomar decisiones importantes. Entiendo que a veces las cosas no salen como uno las planea, pero esas cosas pasan en todas las empresas del mundo, y son parte del privilegio de poder viajar. Entonces, además de sentirte afortunado por estar arriba de un avión, por favor no mezcles, no te enojes, no nos faltes el respeto, no descargues tu frustración estatal hacia quien no corresponde. Porque en 13 horas de vuelo, todas estas emociones se transforman en una bomba de tiempo; y, lo importante de un viaje en avión es la relajación. Somos 300 personas encerradas en un tubo -sin capacidad de escape- como para que el clima se ponga caliente.

Y todos, al final de cuentas, queremos lo mismo: llegar a destino sanos y salvos, y a horario. A cada minuto trabajamos para que eso suceda, aunque no te des cuenta. Además, todos, tripulación y pasajeros, por otro lado, somos vulnerables a la sustentación. ¿Y sabes de que manera influye la sustentación? Bueno, entonces tratemos de pasarla lo mejor posible, como en la vida en general. ¿Por qué desperdiciar los momentos peleando por sandeces? Respetémonos los unos a los otros, hablemos con amor. Todos podríamos estar pasando un mal día, todos estamos lejos de nuestros seres queridos, y cualquiera podría estar más sensible de lo habitual. Yo lo entiendo, lo veo a diario, y también lo sufro. Obliguémonos a, cuando pongamos un pie en el fuselaje, redoblar nuestra apuesta de empatía. Porque la vamos a necesitar. Nunca sabemos quien puede ser esa persona que nos terminaría ayudando si nos descomponemos, nos agarrase un pico de presión alta o baja, un golpe de glucemia, o un infarto. Nadie está exento, y el avión es ese lugar donde afloran todas las miserias humanas. Tiene su razón de ser: es uno de los medios más hostiles del mundo. Por esto mismo te pido, de todo corazón, que vayamos todos para el mismo lado: hacia donde reinan los buenos modales, el respeto y la comprensión hacia el otro. En el avión y, a la vuelta de la esquina, también.

Con amor, Jazmín Slat.