Bienvenidos a bordo

Terror de caer a pique

por Jazmín Slat

18/06/2014

Porque el miedo a volar no es exclusivo de los pasajeros, esta tripulante nos cuenta lo que padeció en una etapa de su vida, cuando ni las estadísticas sobre accidentes aéreos la consolaban y el pensar "¿Y si se cae y nunca llego?" era una constante en su jornada laboral.

Terror de caer a pique

Cábalas, rituales, objetos para la buena suerte, pastillas para la ansiedad y esa tremenda necesidad de dejar de sufrir. Saber que el avión es el medio de transporte más seguro que existe no alcanza para descansar los nervios: la idea de estar suspendidos a 12.000 metros de altura en una gran lata que pesa 400 toneladas y que avanza a casi 1.000 kilómetros por hora puede llegar a ser una fijación que difícilmente permita relajarse y disfrutar el cielo.

Estoy en la puerta del avión recibiendo a todos los pasajeros. Tengo que ser sincera, a veces, es un poco agotador saludar a tantas personas en menos de media hora, que es lo que dura el embarque. Y no simplemente saludar, sino también indicar qué asiento ocupar y qué pasillo tomar para llegar hasta él. Mientras hacemos esto estamos, a su vez, observando quién está nervioso, quién enojado por algo que le pasó en el aeropuerto, o quién está enfermo y quién podría llegar a ser ese médico que ante el malestar de un pasajero necesitaríamos, quién está con los hijos, quién nos podría ayudar en caso de una emergencia, quién posiblemente sea un pasajero problemático, capaz de arengar al resto para amotinarse en caso extremo, o qué parejita va a aprovechar nuestra distracción para meterse a dúo en el toilette. Nada se escapa de nuestros ojos. Y aunque nadie se lo imagine, hacer este escaneo del pasaje forma parte de los rituales de seguridad de un vuelo.

Las personas aprensivas absorben las noticias negativas sobre accidentes y estas quedan fijas en sus cabezas. Algunas recurren a cursos para superar el miedo a volar. | Imagen: runningatdisney.com

De repente ese ser, esa cara, esa persona que hoy es mi amiga. Llorosa y tan asustada, antes de poner un pie en el fuselaje me dice: “Por favor, jurame que este avión no se va a caer”. Te lo juro. “Te juro que este avión no se va a caer y que, si algo malo empezaría a sospechar en este momento, yo sería la primera persona en abandonar esta nave. Dale,  dame la mano, vamos que te acompaño a tu asiento”. Y nos entendimos desde ese momento y para siempre.

Por eso, no se crean que por ser azafata nunca tuve miedo de volar. En una época tuve tanto miedo que pedí licencia médica. Así que, sé muy bien de qué se trata. Volar con miedo es horroroso, y algo que todo lo opaca: a medida que se acerca el viaje, empiezan las dicotomías. Por un lado esa felicidad digna de las vacaciones; por el otro, el enfrentar a ese monstruo gigante al que hay que subir para poder llegar a destino. ¿Y si se cae y nunca llego? Mejor vamos en auto, al menos podemos controlar nosotros mismos la situación y hasta existen más probabilidades de sobrevivir en caso de accidente. La realidad es que, cuando no se puede llegar a todos lados en auto, tomar un avión resulta la única opción. Tomar una pastilla y dormir todo el vuelo puede llegar a ser una buena solución para los que tengan que viajar sí o sí. Tomarla en casa y hacer el check-in y migraciones medio desorientado puede llegar a ser un problema, y la causa de que no nos permitan viajar. ¿Qué hacer entonces?

El día que me puse a llorar después del despegue porque había mucha turbulencia y una pasajera me consolaba desde su asiento; ese día decidí que era momento de volver a tierra firme por tiempo indefinido. Sí, leyeron bien: una pasajera me consolaba desde su asiento. Un papelón.

Yo no podía tomar un ansiolítico: yo tenía que trabajar. Estar lúcida en el momento del despegue para poder abrir la puerta en caso de una evacuación, y estar despierta toda la noche. Yo tenía que consolar a los miedosos.

Ir a un psiquiatra para que me recete alguno de estos medicamentos no estaba entre las opciones. Llorar enfrente de los pasajeros, tampoco.

Entonces sí, otra vez en casa, disfrutando desde mi living todas las tormentas que abundan en Buenos Aires, durmiendo las horas que Dios manda y, por sobre todas las cosas, en paz. Basta de preparar la valija angustiada, de despedirme de Gugue como con el último beso, basta de ir al aeropuerto nerviosa, basta de obligar a mi persona agnóstica a rezar antes de los despegues, basta de manos transpiradas, piernas temblorosas, y de estar con el Jesús en la boca mientras hago el trabajo que yo misma elegí. Ya nada me alcanzaba: ni las estadísticas sobre accidentes aéreos que me enseñaba Gugue que es economista, ni las charlas con pilotos amigos, ni las explicaciones de mi papá que es Ingeniero de Vuelo, ni las cagadas a pedos de mi hermano: “¡Dejate de joder y anda a laburar!”, ni la ayuda psicológica de dos psicólogos, una reflexóloga y una homeópata, ni las cosas que yo misma sé por hacer el trabajo que hago. Ya era tarde para razonar, el miedo se había instalado en mis entrañas.

Según los expertos, cuando nos asustamos nos ponemos como niños, hacemos una regresión y necesitamos que un adulto nos tome de la mano y nos diga que todo va a estar bien. | Imagen: turismocasual.com

Volví a volar después de algunos meses, aunque el miedo estuvo latente varios años como una gran molestia que llevaba conmigo a todos lados, ocultándola adentro de mi ser y borrando la mitad de mis sonrisas. De no haber confiado tanto en la empresa que trabajo, ni en su materia humana, hubiera renunciado hace años. Pero confío y la quiero, entonces me quedé. Así que, para qué contarles cuando iba de pasajera en otras líneas aéreas, donde no conocía ni a los pilotos, ni a los mecánicos, ni a las prácticas de seguridad empresarial. Nunca dejé de viajar, porque conocer lugares es lo que más amo de esta vida pero debo admitir que he sufrido muchas horas de estrés por este tema. Pasé por todas las situaciones: inducir mi sueño, gritar, llorar, imaginar que el avión se iba a pique, dejar que una pasajera me leyera la mano y me dijera que iba a vivir 100 años, abrazar al desconocido del asiento de al lado, correr hasta el baño para hacer catarsis y provocar que la tripulación me tenga que llamar la atención… un desastre de pasajera, y de horas voladas muy mal gastadas. Y acá estoy: vivita y coleando escribiendo esto. ¿Valía la pena toda esa pena? Definitivamente NO.

Un día se me fue por completo, y no crean que pasó hace mucho. La verdad es que me desperté y ya no tenía más miedo; y, finalmente, empecé a disfrutar de cada minuto del trabajo que hago. Habrá sido que toda la información que tenía almacenada en la cabeza, de repente, se fusionó con mis neuronas y eso hizo que dejara de tener tantos pensamientos negativos por segundo. No lo sé. Quizás el empezar a entender que nada podemos controlar en esta vida y que lo más sano es relajarse y disfrutar los momentos. O, a lo mejor, haber recurrido a ese budista que me leyó la carta védica (la de las vidas pasadas), y me dijo que en mi vida anterior fui una monja misionera durante la Segunda Guerra Mundial, que ayudé como enfermera en los campos de batalla, y que mi sueño era llegar a América pero que morí antes. Que esa sensación de tragedia la traigo de esa vida, al igual que todos los miedos, de los cuales tenía que aprender a liberarme ya que eran mi karma. Y que renací en esta parte del mundo dado que mi sueño se había visto truncado por una muerte prematura. O, realmente, un día me desperté y dije “basta de sufrir” y así dejé de tener miedo: porque me cansé. Empecé a relajarme y a ser una persona más feliz, capaz de disfrutar de lo que hace.

Volar es algo hermoso, no dejes de apreciarlo, de valorar el privilegio de llegar a destino en pocas horas, de ver al cielo desde arriba, a las nubes desde adentro, y a las estrellas tan de cerca. No malgastes tu tiempo padeciendo, porque de nada sirve: el vuelo no va a ser exitoso porque vos estés asustado y pendiente de cada cosa que escuches, huelas o veas. De eso nos encargamos nosotros. Lo que no se puede controlar, es mejor aprender a regocijar. Como decía Leonado Da Vinci: “Una vez hayas probado el vuelo siempre caminarás por la tierra con la vista mirando el cielo, porque ya has estado allí y allí siempre desearás volver”.

Volar es algo hermoso, no te pierdas el privilegio de llegar a destino en pocas horas, de ver al cielo desde arriba, a las nubes desde adentro, y a las estrellas tan de cerca. | Imagen: lefthandedtoons.com

¿Querés saber más?

En muchas empresas del mundo, existe una oficina llamada “Control y Soporte Técnico de Mantenimiento” , formado por un equipo de gente especializada que trabaja las 24 horas, los 365 días del año. Mi papá es una de esas personas.

Su función es dar soluciones a las novedades técnicas que pueda tener un avión en vuelo o en el exterior. Si el avión está en vuelo y los pilotos detectan una falla, se comunican con este sector y, desde ese momento, luego de determinar y analizar el tipo de falla, se dan instrucciones para su solución, decidiendo, de esta manera, la continuación del vuelo a su destino o, en su defecto, el retorno a la base principal.

De continuar el vuelo, se anticipa al personal de mantenimiento de la escala con qué falla arribará el avión, con el fin de ir preparando todo lo necesario para que se pueda solucionar en el menor tiempo posible y así evitar una  demora o la cancelación del vuelo que tiene que regresar.

Para poder cumplir estos objetivos, se siguen a rajatabla los procedimientos según los manuales del fabricante del avión. Se solicita a los sectores de la empresa que correspondan los repuestos y personal adicional de mantenimiento, como así también asistencia de facilidades aeroportuarias. Esta comunicación que soporta la seguridad a bordo se mantiene en todos los vuelos, en todas sus fases.

Palabra de Comandante

Para aclararnos aun más el panorama de la seguridad en los aviones, el Comandante de vuelos de cabotaje y regional de una línea aérea argentina nos explica lo siguiente: “Las normas generales de instrucción y capacitación en una línea aérea se basan en la necesidad de tener pilotos altamente calificados para dar cumplimiento a la actividad de vuelo prevista por la empresa y a las disposiciones vigentes del ente que regula la aviación a nivel nacional (ANAC).

Con el fin de cumplir con las normas nacionales e internacionales de instrucción, es necesario verificar la idoneidad de las tripulaciones de vuelo en forma periódica, dando lugar a cursos de repaso, verificaciones y prácticas en simuladores de los procedimientos normales, anormales y de emergencia de cada tipo de aeronave que compone una compañía de aviación. Éstas prácticas en simuladores de vuelo contemplan la ejecución de distintas maniobras de emergencia que si bien son estadísticamente de ocurrencia poco probable, contribuyen junto a los exhaustivos programas de mantenimiento de aeronaves a mantener año tras año a la industria aeronáutica como el medio de transporte más seguro.

Cabe destacar que todos estos procesos de instrucción son auditados y evaluados continuamente permitiendo mantener un estándar de calidad en las operaciones y en consecuencia actuando proactivamente en materia de seguridad”.