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Un kilo por año

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29/06/2015

Un kilo por año

Los kilos también vinieron volando: cinco en total desde que hago vuelos internacionales, es decir, uno por cada nuevo año de despegues y aterrizajes. ¿Alguien más a dieta? ¡Necesito apoyo moral!

Por Jazmín Slat

Y claro, la pasta de Roma, las papas bravas de Madrid, los montaditos de Barcelona, los eternos desayunos en Auckland -que arrancaban a las 5 am debido al insomnio-, los tequeños en Caracas, la comida chatarra de USA… y esa cervecita post vuelo que -según los tripulantes- nos relaja y nos ayuda a dormir mejor.

Ingestas terapéuticas. Excusas que alimentan el autoconvencimiento acerca de que los excesos a la distancia reconfortan el corazón que extraña a Buenos Aires, y nos hacen bien. Pero no, tan solo forman parte de una terapia traicionera que atenta contra la buena figura.

Y, la realidad es que, a mi pesar, toda mi vida es un atentado a la buena figura. Comenzando con el detalle de que vivo con un hombre que necesita comer hasta llenarse y, ahora en mi heladera, mis verduras y las leches de almendras pelean por su lugar con los porroncitos de cerveza y los jugos envasados para tragos. En lo que respecta al trabajo, mi empleador diría que no es así: en todos los vuelos tenemos la posibilidad de consumir yogur, frutas en cantidad y siempre una ensalada, y en todos los hoteles que vamos estamos autorizados a usar el gimnasio y la pileta. Pero claro, cuando en un vuelo a Europa nos quedamos 3 o 4 horas de guardia, en la mitad de la noche (o vaya uno a saber a qué hora y en qué parte del mundo), en nuestra lucha contra el sueño y el paso del tiempo nunca se nos ocurriría comer “una manzanita”. Lamentablemente, esas ganas no pertenecen a las del imaginario colectivo; excepto, al de mis compañeros veganos. Nosotros, el resto, nos desvivimos por otro tipo de entremeses -en cantidad y siempre al alcance de la mano- como cheesecake, milhojas, tiramisú, helado con salsa de chocolate y quesos, cuando sobran de primera clase. En el peor de los casos, cuando el hambre es grande y confuso, quizás unos raviolitos de verdura (sí, aunque sean las 5 am y ya hayamos cenado). Para desayunar, un par de medialunas, tostados, quizás unos huevos revueltos. El yogur con cereales está ultimo en la lista de prioridades.

"Nos desvivimos por entremeses como cheesecake, milhojas, tiramisú, helado con salsa de chocolate y quesos, cuando sobran de primera clase". | Imagen: collectorsweekly.com

Los tripulantes que hacemos vuelos transoceánicos tenemos tanta confusión mental que nunca sabemos qué tenemos ganas de comer ni por qué, tampoco noción de lo que vamos comiendo a lo largo del vuelo, claro está. Una vez, recién llegada de Australia, tuve ganas de desayunar unos ñoquis y, por supuesto, mi novio no lo permitió. Vivir en esa nebulosa no ayuda para nada.

Juro por dios que en ese momento mi cuerpo pedía un plato de pastas y no unas tostadas con mermelada: ¡seguía viviendo 12 horas adelantada y para mí ya era hora de cenar, no de desayunar! El esfuerzo, la resiliencia con la que nos manejamos los tripulantes en el día a día, es algo que al resto de los mortales le costaría entender. No intento martirizarme, solamente pido comprensión extra. Novios, familia, amigos: aterrizar cuesta. Aunque ustedes vean que rara vez paramos la moto, tan solo lo hacemos en el intento de adaptarnos a la vida cotidiana de los que queremos. Ojalá algún día logremos adaptarnos a la nuestra.

Hace varios años dejé de comer carnes rojas, pollo, fiambres y todo lo que se le parezca. Por un breve tiempo, también, pescado. Me acerqué a una alimentación más sana, dejé de comer con sal, eliminé las gaseosas, lo frito, e incorporé alimentos orgánicos y antioxidantes. Ahora estoy mirando con desconfianza a las harinas. No lo hice en el afán de estar más flaca, sino en el de compensar lo dañino de ¿la presurización, radiación, cambios de horarios… y demás? En cuanto a esta pancita, todavía no logro alejarme de los postres ricos y las copas entre amigos. Es que de algo hay que disfrutar, ¿no?

Pero para ser objetivos, cuando uno lleva una vida desordenada, no hay dieta, ni reflexóloga o astróloga, ni iriólogos, médicos chinos, ni psicólogo, ni suplementos que valgan (aunque siempre ayudan, claro). Ah, sí, sí, los tripulantes tomamos suplementos para todo. Quien descubre alguno nuevo hace circular la recomendación y allí estaremos todos comprando, nos encanta ir a esas casas naturistas de cada ciudad.

Pero seamos sinceros: deberíamos empezar por lograr un buen descanso y hacer deporte con regularidad, las dos claves de una vida sana. Un día comenté en Nueva York que había ido al gimnasio, y una compañera me dijo: “¡¿Estas loca?! En New York se hace pesas con las bolsas del shopping”. Como verán, no soy la única que sufre de estos síntomas, más bien, son el mal generalizado de tantos, pero no de todos: también tenemos maratonistas, triatlonistas, profesores de yoga, veganos, crudiveganos y macrobióticos. Intelectuales sabelotodo, seguidores de Prem Baba y muy pero muy poca gente normal que espero no se sienta ofendida por este post. Yo todavía estoy sin saber cómo clasificarme, aunque normal ya sé que no soy.

Cuando hacía vuelos nacionales, unas mujeres de una tripulación de Internacional al entrar al despacho dijeron entre ellas: “¡ay, pero qué flaquitas las chicas de Cabotaje!”. Y sí: iba a danza clásica seis veces por semana, a la facultad, comía sano y casero, dormía bien y no tomaba alcohol durante la semana. Era una persona normal, con un trabajo casi normal, que intentaba tener una vida normal. Y sé que el resto de mis compañeras hacía lo mismo. Hoy, en cambio, todo es un "viva la pepa": mi trabajo es una locura total, no voy más a danza, dejé la facultad y tampoco hago ningún deporte. Como cualquier cosa a cualquier hora, duermo tremendamente mal, tomo alcohol durante la semana y, debido a los cambios de horario por los que circulo, se podría decir que también brindo a cualquier hora…

Así que sí: hoy siento lo mismo que esas mujeres. El otro día me quise poner el uniforme que usaba en aquella época pero no me entró y me agarró tal depresión que, después de un par de lágrimas y en un momento de lucidez, agarré el telefono y saqué dos turnos: uno con un médico especialista en trastornos del sueño, el otro con un nutricionista. También me anoté en el gimnasio. A ver si en lugar de obsesionarme con el temita, dando lástima por ahí -a mí misma y a todos los que me rodean-, me empiezo a ocupar un poquito. Ahora, mientras escribo esto, estoy en Miami comiendo una manzana verde, tomando agua con limón, y a punto de ir a caminar 40 minutos en la cinta. Sí, la fiesta terminó. Basta con la degustación de comidas típicas que ya no soy una turista, basta de desayunos eternos, de cervecitas reparadoras y de vinitos terapéuticos. Basta de postrecitos quita sueño, de cafecitos por aquí y por allá, basta de insomnio, de sedentarismo, y de compras en exceso. ¡Tutti Game Over!

Y me voy al gimnasio ilusionada, sabiendo que le hago bien a mi cuerpo, que lo cuido, que me cuido. Que el ejercicio no solo me ayuda a bajar los kilitos de más sino, también, a estar más sana, en forma, y a reducir el dolor de piernas (el otro mal de la azafata, después del jet lag). Que con la actividad física estoy generando serotonina y endorfinas, hormonas que me ayudan a tener mejor estado de ánimo, a regular la ingesta de alimentos y a conciliar el sueño. En reducidas palabras: a mejorar mi calidad de vida, todo lo que ando necesitando a estos 32 añitos que, como todas decimos, ¡no vienen solos! Sin dudas la clave será el punto medio, la moderación, acompañada no por un cuerpo de atleta sino por el de alguien en buen estado y con buena salud. ¿Se podrá comer de todo? Yo creo que sí, siempre y cuando mantengamos un equilibrio. Sobre todo, mental. Porque cuando uno anda girando y girando por el mundo, lo que más necesita es tener la cabeza bien puesta.

Esta noche brindo por un mejor estilo de vida, ¡aunque sea con limonada! ¿Te sumás al cambio?