Somos Raros

Un pacto para convivir

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27/03/2015

Un pacto para convivir

Compartir el mismo espacio con alguien puede llegar a ser complejo, pero vivir solo también es una aventura que no todos son capaces de emprender y sobrellevar.

Por Bárbara Schtirbu

A mí cuando me preguntan con quién vivo respondo “Conmigo”. Porque vivir solo pesa, pero vivir con uno mismo es un logro. Se aprende a estar en soledad, pero acompañándose. Es raro. Cuesta explicar ese particular estado en el que abunda el silencio y las palabras van por dentro.

"Aprender a vivir con uno mismo cuesta, como con cualquier persona".

No soy de esas que hablan en voz alta y se contestan. No descarto que un día me pase y me empiecen a llamar “la loca del 3ero F”. Por el momento el diálogo es interno y espero que así se quede por unos años.

Vivir con uno es la máxima expresión de honestidad. Está bueno, es sano, pero yo me la paso sincerando emociones:

-Sinceramente no me quiero levantar.

-Sinceramente no me quiero peinar.

-Sinceramente no me quiero bañar.

Y así voy por la vida, cometiendo no menos de cuatro “sincericidios” por semana. Como decidir que no quiero cambiarme y caer en el Chino de la vuelta, en pleno invierno, con una campera arriba del pijama que intento hacer pasar por jogging. Mi última y más reciente aventura: salir a tirar la basura en bombacha y volver corriendo cuando escucho que se acerca el ascensor. Adrenalina pura.

Las visitas

Cuando vivís con vos mismo entrás en un estado de intimidad tan grande que todo lo que se presenta sin aviso es una invasión a la privacidad. Cada vez que aparece una polilla es como si hubiese entrado un chorro. “¡¿Cómo entraste vos?!”. Salgo rajando a buscar el Raid y hago justicia por mano propia.

Igual hay veces que necesito compañía. No es que me lo plantee conscientemente, pero me doy cuenta por cosas chiquitas que hago, como darle charla al fumigador o invitar a entrar a una vaquita de San Antonio. Resulta que hace unos días me aterrizó una en la campera justo cuando estaba llegando a mi casa, y me puse sospechosamente feliz. Después de pedirle los tres deseos, decidí que la iba a llevar a vivir conmigo y que iba a ser mi mascota.

Surgieron preguntas extrañas: ¿Qué se le da de comer a una vaquita de San Antonio? ¿Se le puede hablar a una vaquita de San Antonio? ¿Si intento bañar a una vaquita de San Antonio estoy para internación? La emoción de la convivencia no duró mucho. A los 10 minutos de mostrarle su nuevo hogar, la pisé sin darme cuenta y la hice mierda.

Recriminación automática: “¡Pero la puta madre, Bárbara, si no podés cuidar un bicho de porquería, cómo vas a cuidar a un hijo!

Sé lo que piensan: “Buscate un novio y dejate de joder, hermana”. Pero a un novio no se le puede pedir que nos cumpla tres deseos, y además ocupan demasiado lugar. No tengo espacio.

Vivo en un monoambiente. Lindo, pero a veces siento que estoy en mi cuarto. Tengo la puerta de la vecina tan pegada que cuando sale pienso que va a entrar a decirme que ya está la comida.

Es chiquito y lo quiero mucho. Lo decoré tipo “palermitano”, pero versión a pulmón con algunas cosas encontradas en la calle, y lo preparé estratégicamente para uno: una silla, una almohada, un cuchillo que corta bien, cosa de sugerir “discretamente” que no se les ocurra instalarse (en otra nota ampliaré la fobia al hombre que se queda y no se va).

No compré heladera grande, compré heladerita. Cuando lo cuento la gente me mira con ternura lastimosa: “Ahhh, mirá qué loco, o sea que no tenés freezer”, y me dan una palmadita en la espalda. Yo estoy bien con mi “Whirlpool bajo mesada con congelador”. Aprendí a manejar los espacios tipo “Tetris”. Un mismo tupper puede contener un pedazo de torta de cumpleaños y una milanesa de soja. Si quiero hielo, sólo tengo que acordarme de llenar la cubetera seis meses antes y listo. No es grave.

Tampoco es grave no tener tele, pero eso tampoco lo entienden: “¿En serio no tenés televisor? ¿Y qué hacés entonces a la noche? ¿Sabés quién es Tinelli? ¿Tenés radio al menos?”. A ver, ¡que no vea televisión no significa que viva en un árbol del Amazonas! ¡Qué preguntas boludas! Nada de lo que diga alcanza, aunque les explique que bajo series o pelis para ver en la compu, para muchos no tener un control remoto es sinónimo de depresión y abandono: “Pobre Bárbara, ¿por qué se deja estar así?”.

Los miedos

Cuando vivís solo y en un ambiente surgen miedos lógicos. Y yo ya tengo todas las respuestas:

- ¿Qué hago si un día entran a afanar?

Como no hay chances de esconderme en ninguna habitación (y en la Whirlpool no entro), decido que la única forma de “salvarme” es hacer recapacitar al ladrón. Y en mi cabeza funciona. El tipo entiende, me pide disculpas y se va. A veces hasta bajo a abrirle, nos agregamos a Facebook y un día me invita a salir.

- ¿Qué hago si una noche se me aparece un fantasma?

Después de mearme encima y limpiar, me hago la que no lo veo, lo ignoro, ignoro que se prenden y se apagan las luces y que vuelan libros. Ni lo registro, cosa que se aburra y se vaya.

- ¿Qué hago si hay un incendio?

Lista mental de las cosas más importantes que tengo que llevarme: documentos, plata, perfume importado, cartera de cuero, la minipimer y unos gajitos de potus para meterlos en agua más tarde.

No sé por qué estoy tan segura de que, a pesar de las llamas, el humo negro y las llagas, voy a poder armar una valija. La cuestión es que estar prevenida me deja más tranquila por cualquier futuro incidente. También tengo planes de necesidad y urgencia por si un pibe se quiere quedar:

Mi lista de excusas:

-Mañana me levanto temprano para hacerme análisis de sangre porque ando medio anémica.

-Mi vieja viene mañana temprano a dejarme una tarta de hígado por este tema de la anemia.

-Mañana me levanto temprano para repetirme los estudios porque parece que por la tarta me dio un pico de hierro y ahora tengo de más.

Y ya con eso no insisten.

El temor a las roturas

Mi punto débil: el miedo a que se me descompongan los electrodomésticos. Me angustio porque sé que voy a tener que llamar al servicio técnico y que no van a venir, porque NUNCA VIENEN.

Yo creo que lo que vivís con un técnico es muy parecido al sufrimiento con una pareja: “¿A qué hora venís? Te estoy esperando, me dijiste que venías a las 2, son las 3. Vos sabés que algo se rompió acá, ¿no? Yo no sé si esto tiene arreglo. ¿Estás ahí? ¡Decí algo!”

Se cae Internet y para mí es como si se hubiera caído un familiar. Corro a llamar a Fibertel como si estuviera pidiendo médico a domicilio: “Vengan porque mi módem está mal. Se cayó recién. Dos luces prendidas nada más. ¿Cómo que lo desconecte? Pero está parpadeando, ¿no se puede hacer otra cosa?”. Y ahí lo desenchufo y es como sacarle el respirador.

Cosas que siempre faltan

Un taladro, una pistola para sellar silicona y un hombre que sepa hacerlo. El tercer punto puede ser prescindible porque existen los tutoriales de YouTube, pero por algún motivo todavía no me animo a comprarlos y a aprender a usarlos. Creo que en el fondo eso va a marcar el sin retorno de mi vida “independiente” y ya no va a haber una excusa para la vida en pareja. Mientras sigo llamando al portero o negando que los estantes son importantes para ser feliz.

Aprender a vivir con uno mismo cuesta, como con cualquier persona. Anticipás tus cambios de humor y tratás de darle la vuelta para no engancharte en peleas mentales. Incluso te ignorás cuando arrancan los famosos cuestionamientos a todo. Muchos dicen que no podrían, que no se animan. Para mí está bueno intentarlo.