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Viaje a las raíces

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08/06/2015

Viaje a las raíces

Familiares, primos lejanos o, simplemente, un fuerte clan escondido en lo alto de una colina. Si lo medito un rato, puedo llegar a esbozarlo de esta manera: en alguna parte surrealista del mundo, claramente de un incestuoso mundo, existe un pequeñísimo pueblo donde todas las personas tienen el mismo apellido y es, precisamente, el mío.

Por Jazmín Slat

Los 32 años de mi vida pensé que mi apellido era poco común o algo extraño. Sinceramente, conocí a una sola persona llamada así, y que también es tripulante, aunque ya se retiró. Tal será la poca popularidad del nombre -que no es Slat, el cual es un seudónimo, sino otro de origen siciliano- que no hubo un solo día en los 12 años que hace que tengo este trabajo, que no me hayan preguntado si soy la hija. Y lo preguntan a pesar de que él es ñato, pelirrojo y de pecas, y yo morocha con nariz de griega. Algunos días me lo preguntaron en todos los sectores por los que pasé; desde el chofer que me vino a buscar, luego en el despacho en el que nos presentamos antes de ir al avión (quizás ahí, que hay gente de distintos vuelos, me lo pudo haber preguntado más de una persona), después en el avión más de un compañero y, finalmente, el comandante: “¿Sos la hija del Colo?”, “No, no, no y no”. Menos mal que era un tipo querido, ¿o no?

Esta era una posta como tantas otras. El destino, Roma. Así que, dispuesta a volar el doble de horas que otros días, a sufrir más jet lag que en otros países, a practicar un poco el italiano y a comer pasta de la buena, se me ocurrió que tal vez podía hacer algo distinto: alejarme de la urbe y viajar al pueblo de mis bisabuelos paternos. La mejor excusa para seguir conociendo rincones del mundo y justificar en mi hogar la plata invertida en tickets de tren.

Zaccanopoli, ubicado en el territorio de la provincia de Vibo Valentia, en Calabria, se encuentra cuesta arriba en una colina. | Imagen: panoramio.com

Cuando compré el pasaje en Termini con destino a Tropea, nunca imaginé que el viaje tendría tal magnitud. Me llamaba más mi parte trotamundos; había estado en muchas ciudades de Italia, pero nunca en Calabria. Imaginaba los paisajes, las aguas cristalinas del Mar Tirreno en el sur, los recovecos de las ciudades, su gente. Estaba ansiosa, expectante y, cuando el tren finalmente arrancó, todo lo que veían mis ojos tenía las notas de Nino Rota en "El Padrino". Y, con esa música de fondo, empecé a sentirme parte de una película de época: una mujer quizás emparentada con algún capo de La Cosa Nostra o La Camorra, una mujer mitad cómplice, mitad víctima, que trataba de huir a su pueblo natal en busca de protección.

Viajaba de noche porque el trayecto es algo largo, entonces, me acomodé para dormir pensando que a la mañana todo sería completamente diferente y que, además de estar en una ciudad nueva, iba a estar en la tierra de mis antepasados.

A medida que caminaba de la estación al casco histórico, me iba dando cuenta de que Tropea era más bello de lo que me imaginaba: acantilados altos al borde de un mar turquesa, calles elegantes, trattorias y restaurantes con vista al horizonte, una colina verde por detrás. Todo era lindo. La gente, incluso, mucho más amigable que en Roma, deseosa de tratar con turistas y, también, mucho más alegre que en el norte del país. Caminé hacia los puntos principales, saqué bastantes fotos, desayuné en una terraza y empecé con las averiguaciones para ir a Zaccanopoli, el pueblito -muy pequeño y cuesta arriba en la colina- que sería mi destino final.

Para ser sincera, tengo que admitir que no soy de emocionarme con facilidad, así, al instante. Pero cuando puse un pie en esa locura, y tras haber hablado con dos personas que me dijeron que el 70% de la población  -es decir, 420 personas- tenían el apellido de mi bisabuelo, me puse a llorar. Y no solo eso, sino que no podía parar. Y eso fue lo que más me llamó la atención: la conexión con el lugar, que fue como un viaje al centro de mi alma, a recuerdos ancestrales, a mi niñez, a la de mi abuelo, y la de mi papá y mi tía. Al estrecho lazo con mis hermanos, con mi historia. A esa parte que pensaba no estaba tan viva y, sin embargo, estaba más candente que nunca.

En el bar -el único del pueblo- me dieron de comer y no me dejaron pagar nada. Me trataron como a una reina, me acompañaron a la comuna y me ayudaron a comunicarle al oficial los datos que traía de casa: simplemente, nombres completos y fechas precisas. Pudieron darme una copia de las partidas de nacimiento, y no solo eso: me llevaron a las casas donde habían nacido, a la escuela donde habían estudiado, a la iglesia, a la plaza principal…

Caminé con esas personas por las callecitas de Zaccanopoli, por esas mismas donde, seguramente, habían caminado ellos. Donde quizás habían jugado y donde, a lo mejor, habían intercambiado las primeras miradas. Me saqué una foto en las puertas de las casas y se las mandé a mi viejo. Nunca conocí a mi bisabuela pero, en el momento en el que posaba para la foto, sentí que una parte de ella estaba ahí, conmigo. Y me sentí fuerte, y me sentí muy emocionada, y me sentí feliz por poder estar, en ese mismo momento, en esa parte del mundo. Por tener el trabajo que tengo, y por haber tenido la posibilidad de, esta vez, volar hacia las raíces.