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Viaje a las raíces II

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30/11/2015

Viaje a las raíces II

Una escapada a Córdoba, España, que resultó ser un gran aprendizaje.

Por Jazmín Slat

Toda la vida supe que mis raíces eran italianas por parte de mi papá; griegas y españolas por parte de mi mamá. Y así creé mi propio perfil: el Mediterráneo. “Ahhh claro, sí, tenés cara de griega, de turca, de mora, de bailarina de flamenco”. Hace poco conté que me habían preguntado en Nueva York si era de Siria. En Nepal me preguntaron si era india y en el resto del mundo creen que soy italiana. Con un poquito de sangre de aquí y otro poquito de por allá, uno empieza a imaginar a sus antepasados, a querer corroborar parecidos étnicos y espiar un poco sus vidas, viajar al pasado.

Esta vez en Madrid tomé la decisión de afrontar el cansancio del vuelo e ir tras el resto de mis raíces. Saqué un pasaje a Córdoba, de donde era mi bisabuela materna por parte de su papá, reservé un hotel y me quedé a dormir. Cuando llamé a la casa de mis padres para contarles, me pareció raro no escuchar entusiasmada a mi mamá, aunque no le di mucha importancia porque siempre creí que ella se sentía más griega que española. No tenía datos precisos como sí de la familia de mi papá, pero me dediqué a caminar toda la ciudad, visitar la mezquita, sacarle fotos a “los patios” (famosos por sus concursos de flores), probar el típico Salmorejo (una variedad del Gazpacho), y cenar en un tablao al compás de las castañuelas. También me morí de calor. Cuando salí de Madrid con botas de piel, nunca pensé que al bajar del tren me iba a encontrar con semejante cambio climático. Así que, futuros viajeros, tomen nota: en el sur de España hace mucho más calor que en la meseta.

En los patios de Córdoba las flores destacan como elemento decorativo. | Imagen: vitorlazas.hu

Caminé, caminé, caminé, saqué muchas fotos y me sentí cada vez más “local” a medida que transcurrían las horas. La emoción era tanta que quise compartirla con mi mamá y no se me ocurrió nada mejor que mandarle una postal y hacerle un par de regalos típicos. Quería incluirla en la aventura, hacerla partícipe. Otra vez me sentía en las nubes y con el recuerdo a flor de piel de mi bisabuela Celia, a la cual sí pude conocer. Y la llevé conmigo, a todas partes, más viva que nunca.

Quería hablar con mi familia y contarle todo: la majestuosidad arquitectónica de la mezquita, ahora convertida en la Catedral de la Asunción de Nuestra Señora (sí, claro, polémico), la belleza del barrio de la judería, del casco histórico, de ese aire turco que aún se respira, de la paz que se siente al caminar por la rivera del río, la emoción de la noche con sus bares típicos, los bailes y la guitarra flamenca, la magia que flota por doquier… todo era tan encantador que hasta sentí un poco de envidia de mi abuelita por haber nacido en un sitio tan peculiar.

La mezquita-catedral de Córdoba está declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad como parte del centro histórico de la ciudad. | Imagen: forbes.com

Tomé feliz el tren de regreso a Madrid, realmente satisfecha con el plan que había realizado. No aguanté más y la llamé a mi mamá, finalmente iba a poder contarle todo. Y fue como un baldazo de agua helada escuchar: “Jazmín, pero si la abuelita no era de Córdoba, era de Vigo, en Galicia. El norte de España, no el sur…”. ¿Qué? ¿Cómo me había pasado esto? Así, de creer toda una vida en algo que realmente no era así. Evidentemente, había malinterpretado las cosas cuando era chica, o vaya uno a saber por qué tenía esa idea en la cabeza, había crecido con esa creencia y nunca había vuelto a preguntar, a hablar del tema. Tan así como para sentirme parte del sur de España y de esa parte de la historia de la humanidad. Tan así como para haberme visto parecida físicamente a esas mujeres.

A medida que comenzaba a indignarme, mi mamá seguía riéndose, diciéndome que estas cosas me pasan por distraída (tiene razón), por prestar poca atención (también tiene razón), y por ser muy fantasiosa (también). Lo loco era que había creado todo un mundo de genes y de parecidos físicos alrededor de esa fantasía, lo cual me hacía sentir un poco desilusionada con la buena nueva porque ya me había encariñado con otra realidad y me costaba acostumbrarme a esta otra.

Disfrutar de una noche de flamenco es casi obligatorio si se visita Andalucía. | Imagen: micrucerofluvial.com

En medio de las risas, confusión, enojo, vergüenza y lágrimas que no dejé caer, me dí cuenta de dos cosas:

  • De la facilidad con la que las personas creamos realidades alrededor nuestro e inventamos un mundo en torno a ello
  • De lo frágil de todo aquello que damos por hecho

En resumidas palabras, en cualquier momento, cualquiera puede venir y borrarnos todo de un plumazo. Y hete aquí tres moralejas:

  • No hay que aferrarse tanto ni a las cosas, ni a los pensamientos, ni a las personas. Hay que aprender a practicar el desapego, soltar, dejar ir… (y ahora sí ya me estoy pareciendo al Dalai Lama)
  •  Cuando no se está seguro de algo hay que averiguar bien, investigar, corroborar (y no hacer como yo)
  • No confiar tanto en los engaños de la mente. Por ejemplo, mientras que caminaba por Córdoba, mi mente me decía que era muy parecida a las mujeres de ahí, cosa que yo creí y reafirmé. Quizás esto se pueda hacer extensivo a otras situaciones. Por ejemplo, al mundo sentimental y de relaciones interpersonales

También pensé que podía tomar esto como una experiencia más, una para recordar y sonreír, una experiencia de viaje, de esas que me inflan el corazón, y me hacen sentir que estar lejos de mi casa tiene sus recompensas. Una experiencia productiva por donde se la mire. Después de todo, ahora tengo otro plan: conocer Vigo, en Galicia. Señoras y señores… ¡esta aventura todavía no ha llegado a su fin!