Cultura

Vivir al límite

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22/01/2014

Vivir al límite

Roberto Arlt se convirtió, con el paso del tiempo, en uno de los escritores más importantes e influyentes de la historia de la literatura argentina. Sus narraciones repletas de usanzas coloquiales típicas del hombre porteño de la época revelan, desde la utilización experimental de esa jerga callejera, un mundo ruin y peligroso, en el cual el alter ego del autor acostumbra a sobrevivir siempre al límite de la ley.

Por Martín Delfino

"Ser olvidado cuando muera, esto sí que es horrible. (...) Sin embargo algún día moriré y

los trenes seguirán caminando y la gente irá al teatro como siempre, y yo estaré muerto,

 bien muerto, muerto para toda la vida". - Roberto Arlt. “El juguete rabioso” (1926) -

Las palabras inestables y crudas que conforman los escritos de Arlt (1900-1942) hablan por si solas. Tal vez como nadie en nuestras letras supo expresar, desde esas líneas, el verosímil de la experiencia de vivir al límite. Conocer y disfrutar de sus textos implican a la vez para el lector tener que convivir con un ser atormentado, desesperanzado y primitivamente existencialista. Los personajes que dan vida, acción y movimiento a sus historias se parecen demasiado a la realidad, aunque no precisamente a cualquier realidad.

Tras su muerte aumentó su reconocimiento y es considerado como el primer autor moderno de la República Argentina. Imagen: weblogs.clarin.com

Arlt fue el espejo fiel de una época de reacomodamiento, de búsqueda y conflicto en la historia argentina. Un escritor a destiempo pero que a la vez resulta imposible de entender sin tener noción del contexto y de la vida en la cual experimentó y jugó con sus ideas. Hijo de inmigrantes pobres, debieron desandar el duro camino del exilio y la adopción de una nación incipiente aún como la Argentina, vivencias que harían honda mella en el joven Arlt.

Desde su posición de crítico social, supo desplegar con maestría sus virtudes estilísticas en las famosas aguafuertes porteñas, algunas de las cuales publicó durante su destacada labor como redactor y periodista en la revista Proa. Pero fueron sin dudas sus notables escritos literarios, novelas y cuentos, los que terminaron por encumbrarlo. Con un estilo directo y florido, un realismo y una crudeza propias de un hombre atormentado, Roberto Arlt supo plasmar en libros como El jorobadito, Los lanzallamas, Los siete locos o El juguete rabioso toda su ira social, la búsqueda permanente de verdades absolutas que nunca llegaban y el mundo suburbano de Flores y alrededores como nadie lo retrató jamás.

Sus héroes son siempre antihéroes, hombres tristes pero inexplicablemente ambiciosos, la incesante exploración de Arlt sobre los pensamientos nefastos de sus personajes dan cuenta de un ser en conflicto permanente con el orden social, sin escapatoria pero con la absurda y eterna ilusión de dar el golpe de suerte: ladrones de medio pelo, inventores atormentados, escritores en peligro de ser olvidados y hombres y mujeres sin suerte y con el destino signado por la miseria.

Tampoco escasea el tono paródico: Arlt se ríe de su propia realidad, señalando con una crudeza tan bestial como bella y risueña el estado real de las cosas. Así se enfrentó a algunos de los intelectuales más reconocidos de la época, tomando distancia de los círculos conservadores elitistas y siempre con el interés puesto en acercar las letras a las clases sociales menos pudientes, ridiculizando la idea de “correcta escritura” y rebelándose frente al ideal artístico del momento.

Hombre de palabra, un eterno soñador, fue además inventor y trabajador de mil oficios; de carácter inestable, poca salud y muchas verdades, supo defender con hidalguía los ideales que conoció en las calles porteñas, retratando como nadie la otra realidad, la realidad que sólo el hombre sensible y mundano puede conocer. Sus historias retumban aun en los anales de las letras argentinas y nos permiten sumergirnos en un mundo tan ajeno como cercano a la vez, para llegar a contemplar en todo su esplendor una obra perfecta que retrata como ninguna otra la cara más oscura de nuestra sociedad.