Turismo

Volar alto: el aeropuerto de Dubái

por Alan Laursen

04/05/2015

Un largo viaje en avión puede ser agotador, y una escala en un aeropuerto por nueve horas para abordar otro suena desgastante. Un poco lo es. Pero todo se vuelve más interesante si esa escala es en la Terminal nº 3 del aeropuerto de Dubái, y más si es por primera vez. Un mundo en sí mismo que tiene todo para dejarte con la boca abierta. Los invito a leer mi experiencia que con sincero gusto comparto con ustedes, lectores de Magna. ¡Vuela alto!

Volar alto: el aeropuerto de Dubái
La impecable imagen de las azafatas de Emirates es un rasgo distintivo de la aerolínea. | Imagen: p1.sfora.pl

Emprender un viaje internacional  por primera vez no es difícil pero tiene sus costados complicados. Hay que informarse sobre lo relativo a migraciones de cada país además de saber qué cosas hay que llevar sí o sí, cuales no conviene y cuales directamente está prohibido tener. También averiguar sobre alojamiento, costumbres y demás datos. Afortunadamente Internet ha facilitado mucho esta tarea y las redes sociales aún más, estableciéndose una especie de red colaborativa de viajeros y aventureros.

Y si se trata del primer viaje al exterior y del primer viaje en avión además, todo toma un sabor interesante. ¡La experiencia fue única! Viajar en avión es una sensación hermosa y poder ver de noche y desde la altura las calles y autopistas iluminadas, las cuadriculas de las ciudades brillando y brindando un espectáculo de luces desde el cielo cuando despegas o aterrizas es muy llamativo. Y de día el mar y algún paisaje desértico o montañoso. La sensación de estar en el aire y a la vez casi sentir que estás viajando en colectivo es muy curiosa. Afortunadamente fue un viaje muy tranquilo y no tuve motivos para asustarme.

La Terminal nº 3 es el segundo edificio más grande del mundo por superficie. Desde su existencia, la capacidad total del aeropuerto aumentó a más de 62 millones de pasajeros. Imagen: cntraveler.com Crónicas de lo increíble

Debo ser sincero: cuando compré el pasaje lo elegí por lo económico, pese a las 34 horas que duraba todo el trayecto hasta mi destino final: la ciudad de Copenhague, Dinamarca. Algún que otro viajero me dijo que era una locura un viaje tan largo, pero bueno, “la macana” ya estaba hecha. Pero sin dudas, no fue una macana y no me arrepiento.

Al volar en la aerolínea de los Emiratos Árabes Unidos -Emirates- mi escala era en Dubái, en donde debí esperar nueve horas. La aerolínea misma fue una verdadera sorpresa por la calidad de la atención. La comida de clase económica un verdadero lujo, con pollo, pescado, pan, ensaladas, quesos untables, dulces, chocolate, y el postre de dátiles que sinceramente está entre las cosas más ricas que he probado. No sólo era de calidad la comida sino también todo el avión, los cubiertos y recipientes y la atención de la tripulación. La comida era abundante y a cada rato pasaban ofreciendo bebidas frías y calientes y algún aperitivo. Un ruso que se sentaba delante de mí les agotó la reserva de vino, estoy seguro. Cada cierto tiempo pasaban con paños húmedos y calientes para que te higienices la cara y las manos.  El detalle de un pequeño neceser con cierre con dentífrico, cepillo, el clásico elemento para taparte los ojos durante el viaje y un par de medias para ponerte así no tener que circular por el avión descalzo, fue el broche de oro. Si esa era la atención en clase económica, vale preguntarse lo que debe ser la de primera (un lujo que seguro es difícil que pueda conocer en carne propia, al menos por ahora).

Al llegar al aeropuerto -de noche y medio dormido- pude darme cuenta enseguida de lo que me esperaba en  la Terminal nº 3, en la que debía embarcar para el próximo vuelo a Copenhague. Al pie del avión debimos tomar una especie de colectivo cuadrado y súper moderno en el que los pasajeros iban subiendo cada determinada cantidad a medida que iban llegando más de esos vehículos. Allí solo había unos pocos asientos, la mayoría íbamos parados agarrados de las barras metálicas o de las tiras de silicona que estaban dispuestas en esas mismas barras. Aunque parezca mentira fue muy cómodo viajar así luego de estar horas y horas sentado en el avión. Esos vehículos eran los que nos llevaban a la Terminal nº 3 y la distancia que recorrieron fue tan larga que más o menos me pude dar una idea de las dimensiones del aeropuerto. Calculo que tardamos de 15 a 20 minutos en el recorrido.

Luego de llegar a dicha terminal -el segundo edificio (y la terminal) más grande del mundo en superficie, de uso exclusivo de Emirates y abierta en octubre de 2008- nos hicieron todo el control de equipaje de mano y demás procedimientos de seguridad. Luego al subir las escaleras mecánicas arrancó el espectáculo, en todo sentido.

Por allí circulaba una cantidad enorme de gente, de todas religiones, etnias, colores de piel, orígenes y particularidades. Las vestimentas eran de lo más variadas, desde las más comunes para nosotros los occidentales hasta las más exóticas, siendo las ropas saudíes/árabes/musulmanas las más llamativas. Podía ver desde una mujer tapada con telas de diversos colores y calidades (no conozco nada de telas, pero salta a la vista) delatando su posición social, hasta mujeres cubiertas de negro y con el rostro completamente tapado salvo los ojos. Casi se puede decir que ese lugar es un mundo que tiene un poco de todo el mundo. El hecho de escuchar tanta gente hablando diferentes idiomas puede resultar un tanto abrumador.

La arquitectura del edificio es exquisita y la calidad en la atención también. Es un edificio imponente de varias plantas, con escaleras mecánicas y ascensores por doquier, puestos comerciales de primeras marcas, infinidad de restaurantes, y hasta un hotel. Los baños son impecables, con ducha. Y en varios lados se puede acceder a salas de oración para los musulmanes (algo muy típico en los espacios de este tipo en esos países). Es difícil encontrar las palabras adecuadas para describir lo impactante de todo lo que se ve, de la gran cantidad de detalles arquitectónicos, desde fuentes grandes y llenas de plantas hasta una enorme cascada artificial. Lujos que sólo un país bañado en petróleo puede darse.

Aunque sus precios son más altos que los de otros aeropuertos del mundo. es considerado el mayor en ventas libres de impuestos en el país. | Imagenes: flickr.com/photos/shenghunglin / tinaschoices.tumblr.com

Algo para criticar fue que no había Wi-Fi libre, o al menos no funcionaba. Sólo pude acceder a una red que te permitía 30 minutos de navegación gratuita, algo de lo que en Ezeiza y en Copenhague pude disfrutar a mis anchas. Es algo que me llamó la atención siendo uno de los principales aeropuertos del mundo y por donde más cantidad de gente circula. Otro aspecto que me causó extrañeza -al igual que en Ezeiza- es la poca opción de enchufes para recargar los dispositivos móviles. En esta época en la que vivimos pegados a las tablets, smartphones y notebooks no se puede prescindir de un mejor sistema de recarga de batería. Seguro es algo que se habrá pensado en corregir. Hasta me arriesgo a decir que en Ezeiza era mejor (salvo por el adaptador sencillo y simple que tuve  que comprar y que me “enchufaron” a $75 y que la necesidad me llevó a pagarlo con lágrimas).

Sin dudas haber viajado al exterior y volado por primera vez y que el complemento sea la escala en este aeropuerto hizo que la experiencia fuera aún más rica. Es un lugar fascinante por su tamaño y por la riqueza de todo lo que tiene para ofrecer, no solo económicamente hablando, sino desde lo cultural. Es ahí en donde uno aprende a ver que detrás de todas las culturas, vestimentas, religiones y nacionalidades hay gente que también tiene que viajar, que también tiene alguien a quien visitar, alguien que la espere, alguien que la reciba, alguien de quien despedirse y alguien a quien extrañar. Me queda para un futuro conocer la propia ciudad de Dubái que es impactante ya viéndola a lo lejos desde el aeropuerto. ¡Para otra oportunidad!